lunes, 10 de marzo de 2025

Carles Ramió: Pasiones desatadas y el rol del directivo

 Por Carles Ramió. esPúblico blog.- Una de las actividades más complejas que desarrolla un directivo público es dirigir un equipo humano. La dirección de personas va mucho más allá de las tareas de definir una estrategia inspiradora, organizar el trabajo y desplegar una buena comunicación. También tiene que motivar a su personal. La motivación del personal va mucho más allá de lo que sugieren los manuales de motivación laboral ya que, al final, un directivo acaba asumiendo de facto desde funciones de terapeuta psicológico hasta arrogarse el incierto rol de padre de familia de su equipo de trabajo. En efecto, el estado motivacional de los empleados no siempre depende de ítems vinculados con el trabajo y la organización, sino que intervienen también contingencias de carácter personal.

El ciclo vital de las personas está plagado de situaciones estresantes y dolorosas: embarazos, cuidado de menores, cuidado de los progenitores, divorcios, fallecimientos de seres próximos, etc. La situación anímica de los empleados en este contexto es muy volátil e incide en su rendimiento y en el rol que ejercen en la Administración. Un buen directivo no puede adoptar una posición autista hacia estas dinámicas personales y debe desplegar algunas estrategias, sin excederse, para mitigar el malestar y los coyunturales desajustes de los empleados. El directivo también tiene atender los desencuentros y conflictos entre los propios empleados públicos en el desarrollo de sus respectivas posiciones y en la forma de interpretar los retos y los modelos de gestión. Se trata de unos conflictos inevitables e incluso positivos de cara a una buena gestión pero que deben ser mediados y gestionados par el directivo público para que no escalen a conflictos disfuncionales y paralizantes. Pero lo más sorprendente es que muchas veces, estos conflictos no solo poseen una base profesional sino una netamente personal y subjetiva. Los empleados públicos conviven durante muchos años con unos compañeros con los que establecen lazos de amistad e incluso de carácter sentimental. No tiene las mismas consecuencias ni admite la misma intervención del líder un conflicto meramente profesional que un conflicto entre dos amigos que dejan de serlo o entre una pareja sentimental. Estos escenarios rizan el rizo del rol que debe asumir el directivo público al que de facto le exigen que ejerza el rol de padre/madre de familia (la posición más difícil posible) e incluso que ejerza la función de terapeuta.

Pero recientemente estas complejas funciones tienen mayor dificultad en un contexto en que todas las personas y colectivos se encuentran bendecidos por el empoderamiento (aunque muchas veces no se sabe muy bien en que consiste), donde todos los empleados se sienten llamados a ser el centro de atención en el marco de una nueva cultura en la que predomina el individualismo, una adolescencia permanente, con poco cuidado en no mezclar lo profesional con lo personal, en preocuparse solo por sí mismo, etc. Parece que se está produciendo una relajación social y laboral en que el personal se muestra muy desinhibido y no le importa que se mezclen los problemas y sentimientos personales con los profesionales. La cultura selfi céntrica y voyerista que impregnan las redes sociales parece que ha penetrado en los ámbitos institucionales y administrativos.  

En este marco laboral dominan plenamente las pasiones que generan comportamientos aleatorios y, por tanto, imprescindibles en los que se diluyen las tenues líneas del comportamiento racional. Ahora muchos directivos dedican más tiempo a la gestión de pasiones que a la gestión organizativa y a las estrategias convencionales de motivación. Gestionar pasiones no solo es difícil y arriesgado, sino que es absorbente y erosionante en extremo.

Los empleados tienen un elevado nivel de exigencia hacia sus directivos, pero sin compadecerse por la exigencia en la que trabajan los directivos derivada de su posición estratégica. Además, parece que los directivos públicos pierden la condición de personas ya que nunca pueden fallar. Los directivos como cualquier persona también poseen contextos personales difíciles. Muchas veces no pueden atender los problemas personales propios para dedicarse a los ajenos hasta que, en no pocas ocasiones, todo estalla por los aires.

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