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miércoles, 26 de junio de 2019

Por qué esta vez España va en serio en la UE

"Una vez que se aseguró la financiación de la UE para las infraestructuras que tanto se necesitaban (España apenas tenía autopistas) y la protección de las zonas rurales, los políticos españoles centraron su agenda exterior en otra parte"

Por Miguel Otero Iglesias e Ignacio Molina. Agenda Pública blog.- Los días en que España desempeñaba un papel secundario en Bruselas están llegando a su fin. Madrid tiene una gran oportunidad para dar forma a las políticas de la UE en los próximos cinco años. Italia y Polonia (por no hablar del Reino Unido, que se está desgarrando por el Brexit) son débiles. El Benelux, y especialmente los Países Bajos, ha perdido su entusiasmo por una Unión cada vez más estrecha. Y la alianza franco-alemana está buscando nuevos socios que aboguen por una mayor cooperación en materia de defensa, migración y el futuro del euro.

Afortunadamente, ese socio está cerca. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se ha convertido en el líder de facto de la socialdemocracia europea, la segunda familia política más numerosa tanto en el Consejo Europeo como en el Parlamento. En el momento en que la UE se embarca en otra legislatura, todo indica que ha aprendido de los errores de sus predecesores y que está decidido a dejar su impronta en el proyecto europeo.

Durante demasiados años, España ha actuado en Bruselas por debajo de su potencial. Esta dinámica se inició en los años 80, cuando el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, introdujo a España en el club europeo acordando que Madrid abriría el mercado español a las grandes empresas de sus vecinos del norte a cambio de un esquema que compensaría a los perdedores de este proceso. Marcó el comienzo de los fondos estructurales y de cohesión de la UE, un gran logro, pero también una maldición.

Una vez que se aseguró la financiación de la UE para las infraestructuras que tanto se necesitaban (España apenas tenía autopistas) y la protección de las zonas rurales, los políticos españoles centraron su agenda exterior en otra parte. Nuestro país se convirtió en un actor reactivo en los asuntos de la UE. Su postura pro-europea le permitía estar siempre a favor de una mayor integración, pero sus objetivos se limitaban a seguir el camino trazado por Berlín y París.

El precio de la pasividad
Este papel pasivo tuvo un precio. Como consecuencia de la crisis de la deuda, España perdió influencia, mientras que otros (Italia y Polonia, pero también pequeños estados miembros como Finlandia, Irlanda y Portugal) empezaron a ocupar más espacio. Sorprendentemente, España incluso perdió su posición permanente en el Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo.

España aprendió por las malas que la debilidad interna la debilitaba a nivel europeo. Y descubrió que ésta es una vía de doble sentido. Si usted es débil en Bruselas, la unidad nacional también sufrirá. El movimiento secesionista catalán es un buen ejemplo de ello.

Más que ningún otro líder español antes que él, Sánchez parece comprender las implicaciones de esta dinámica y, gracias a su conocimiento del funcionamiento de la UE, tiene un plan para romper el círculo vicioso. Su interés por el continente se refleja en su equipo europeo: su ministra de Economía, Nadia Calviño, fue directora general de la Comisión Europea; su ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, fue presidente del Parlamento Europeo; y Luis Planas, su ministro de Agricultura, fue el representante permanente de España en Bruselas. Otros altos cargos son firmes europeístas que entienden el funcionamiento de la maquinaria de la UE.

Por supuesto, los socialistas españoles no están en una posición fácil a nivel nacional: van a tener un Gobierno minoritario y la controvertida cuestión del empuje independentista de Cataluña no desaparecerá en un futuro próximo. Sánchez también se enfrentará a fuertes críticas por llegar a acuerdos con los partidos de izquierda radical e independentista para aprobar ciertas leyes y el Presupuesto.

Sin embargo, lo que le dará al presidente influencia en el escenario europeo es un fuerte consenso pro-europeo entre los españoles. El partido euroescéptico del país, Vox, sufrió una gran derrota en las elecciones europeas del mes pasado con sólo un 6,2% de apoyo, muy por debajo del 34% que el líder de extrema derecha Matteo Salvini obtuvo en Italia o del 30% del jefe del partido del Brexit, Nigel Farage.

Parece que la marea ha cambiado en España. Tanto los actores gubernamentales como los no gubernamentales están decididos a aumentar la influencia del país en los Veintisiete. De hecho, España está empezando a hacer algo que otros ya han descubierto hace tiempo: está construyendo su propia red en la capital europea. Los funcionarios españoles de las instituciones se reúnen periódicamente para compartir y coordinar sus posiciones. También han empezado a consultar sistemáticamente con sus homólogos del Gobierno español, diputados al Parlamento Europeo y empresas multinacionales españolas.

Madrid también está aprendiendo finalmente a practicar el juego de la UE cuando se trata de hacer lobby, a pesar de que la palabra tiene fuertes connotaciones negativas en España. Esto es especialmente importante ahora que parece que Madrid se convertirá en un contribuyente neto al Presupuesto de la UE.

Todas las señales apuntan en la dirección de que España no sólo estará dando forma a la política del bloque, con nombramientos en puestos clave de toma de decisiones de la UE, sino que también trazará el camino cuando se trate de política.

El sherpa de Sánchez, José Manuel Albares, ha dado a conocer recientemente la agenda estratégica de España para la próxima Comisión, que destacan 10 prioridades clave: completar la Unión Monetaria Europea, reforzar las políticas sociales, diseñar una política industrial, profundizar en el mercado único, desarrollar un nuevo acuerdo ecológico, apoyar a las pymes y a las zonas rurales, invertir más en alta tecnología, gestionar de forma inteligente los flujos migratorios, que la UE desempeñe un papel más importante a escala mundial, aumentar el Presupuesto de la UE y lograr una mayor armonización fiscal.

Aquí, por supuesto, la cooperación con Alemania y Francia será crucial, pero España también tendrá que encontrar aliados clave entre los estados miembros más pequeños. No tiene nada que ganar si se convierte en una tercera rueda en el eje franco-alemán.

Su objetivo debiera ser crear su propia agenda y desarrollar relaciones en toda la Unión, incluyendo la Comisión Europea y los socios del sur, que constituyen el 40% de la población total de la UE, pero que no tienen suficiente influencia en los pasillos del poder.

Estos países están institucionalizando una asociación para promover las preferencias mediterráneas y contrarrestar otras alianzas regionales como Visegrado o la Liga Hanseática. Mientras que el sur finalmente comienza a organizarse para impulsar su agenda en la UE, España está lista para emerger como su líder.

(Este artículo se publicó originalmente en inglés en ‘Politico Europe’ con el título «The south (of Europe) will rise again». Lo ha traducido Guillermo Sánchez-Herrero)

lunes, 16 de octubre de 2017

Democratización y exhibición de la identidad nacional española

"El proceso de sustitución del nacionalismo español tradicional por otro democrático ha sido más exitoso y consensual de lo que podría parecer a primera vista"

Por Ignacio Molina. Blog Agenda Pública.- Aún no sabemos si estas semanas convulsas serán consideradas en el futuro como parteaguas de nuestra historia reciente. El relato independentista desea subrayar el 1 de octubre como hito en la ruptura entre una gran parte de la sociedad catalana y la idea de España.

Sin embargo, los acontecimientos recientes han sido más complejos y en muchos casos nada favorecedores de la narrativa soberanista. No sólo la huida empresarial o el rechazo europeo e internacional a la secesión unilateral forman también parte de este otoño caliente, sino otros desarrollos políticos visibles en la masiva manifestación del 8 de octubre en Barcelona, la profusión de rojigualdas en los balcones, la audiencia televisiva del discurso del Rey, o la celebración este jueves del Día Nacional.

La bandera nacional
Al margen del impacto de todo esto sobre el procés, surge ahora otra pregunta de fondo interesante: ¿Hasta qué punto estamos asistiendo a un punto crítico que cambie la relación, hasta ahora más bien complicada, que tienen los españoles con su identidad nacional y sus símbolos?

Una investigación del politólogo Jordi Muñoz mostró hace pocos años que el proceso de sustitución del nacionalismo español tradicional por otro democrático ha sido más exitoso y consensual de lo que podría parecer a primera vista. Al margen de las diferencias lógicas entre el modo en que las distintas sensibilidades ideológicas interpretan la nación, la mayor parte de las élites y en torno al 80% de los ciudadanos han ido convergiendo en un patriotismo de adhesión a la Constitución de 1978 y los principios allí consagrados (lo que incluye el reconocimiento de la pluralidad territorial interna aun sin cuestionar el carácter unitario de España).

Al menos hasta 2012, la normalización de los símbolos españoles en determinados ámbitos había avanzado mucho. Piénsese en cómo la inmensa mayoría de los ciudadanos los acepta en las celebraciones deportivas o en las instituciones. No obstante, si bien solo sectores marginales rechazan la bandera en un ayuntamiento o en un éxito de la selección de fútbol, lo cierto es que su exposición en actos políticos y sociales ha seguido siendo muy limitada. El motivo es doble.

El primero está conectado con residuos de connotación negativa que la misma idea de España sigue despertando entre sectores de la izquierda e incluso liberales. No es algo excepcional pues otros países con pasado dictatorial -como Alemania, Italia o Japón- también han experimentado esa incomodidad y, por consiguiente, un uso público comedido de cualquier alarde patriótico. La segunda limitación tiene que ver con la existencia de fuertes identidades alternativas en varias comunidades autónomas que han estado además gobernadas casi ininterrumpidamente por partidos nacionalistas. Tampoco es una particularidad exclusiva de España pues otras democracias –como Bélgica, Canadá o Reino Unido- experimentan una contestación similar a sus símbolos en partes de su territorio.

Pero lo que sí es característico de España es que la debilidad sea doble (ideológica y periférica) y, sobre todo, que en los últimos años ambas se hayan intensificado por la aparición casi simultánea de dos fenómenos políticos que cuestionan radicalmente el lento proceso de reconciliación con la bandera, el himno o el Día Nacional. Por un lado, la aparición de Podemos y su renuncia a la transición democrática como mito fundante de una identidad nacional democrática. Por el otro, y en contraste con lo que últimamente pasa en el País Vasco, la pretensión del nacionalismo catalán de rechazar e incluso expulsar del espacio público cualquier elemento que represente España.

Desafío 

La intensificación del desafío soberanista ha provocado en las últimas semanas una evidente reacción en toda España. Para un gran segmento de la ciudadanía (incluyendo, desde luego, los núcleos urbanos de Cataluña) la situación les anima a dejar de reprimir públicamente un orgullo en el que se combina la reivindicación constitucional con elementos más culturales como el idioma español o la historia común. En la medida que el conflicto siga siendo intenso, esta tendencia puede aumentar y consolidarse en sectores de la sociedad (jóvenes y progresistas) que, tras 40 años de democracia, no entienden la estigmatización de los símbolos de España. Si ese fuera el caso, no deja de ser paradójico que el independentismo haya contribuido a culminar el proceso de hacer atractiva la identidad nacional española hasta el punto de animar a exhibirla como nunca antes se había hecho.