Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo utilizaron el Foro La
Toja para fijar dos diagnósticos contrapuestos del momento político. El
presidente sitúa el origen del desorden en la erosión de las reglas
internacionales y económicas; el líder del PP, en el deterioro institucional y
la gestión interna de España.
Por Marc López. Agenda Pública.- Foro La Toja había elegido para su edición de
2026 un lema deliberadamente internacional: "Un mundo en desorden".
Pedro Sánchez decidió tomárselo literalmente. Alberto Núñez Feijóo, en cambio,
comenzó prácticamente explicando por qué no pensaba hacerlo. "Con el
panorama doméstico que tenemos, quizás antes de ordenar el mundo convendría echar
un vistazo en casa", dijo el líder del Partido Popular. Esa diferencia
contiene una parte importante de la distancia política entre los dos
principales dirigentes españoles. Y, sobre todo, dos interpretaciones
radicalmente distintas del momento que atraviesa España.
Las dos intervenciones perseguían objetivos diferentes. Sánchez trató de
insertar la política española dentro de las grandes transformaciones
internacionales. Feijóo quiso sacar al Gobierno de ese escenario y obligarlo a
responder por su gestión doméstica. Al presidente le interesa un campo de juego
amplio: Ucrania, Gaza, Ceuta, China, cambio climático, inteligencia artificial,
energía, desigualdad o vivienda pueden presentarse como manifestaciones de un
mismo problema, el que aparece cuando desaparecen las reglas y el poder queda
en manos del más fuerte. El líder del PP llevó la discusión a otro terreno. Presupuestos,
decretos leyes, deuda, inflación, vivienda, jueces y calidad institucional
sustentan su argumento de que, antes de pretender gobernar el desorden mundial,
España debe resolver el suyo. La Toja asistió así a una disputa por determinar
cuál debe ser la pregunta política de los próximos meses.
El hilo de la intervención de Sánchez fue una idea que
explica bastante bien la evolución de su discurso político: la izquierda
también debe hablar de orden. Pero debe hacerlo apropiándose del concepto y modificando su
significado. El orden, argumentó, consiste en establecer reglas que impidan
al más poderoso imponer unilateralmente sus condiciones. Esa definición le
permite pasar del derecho internacional a los derechos laborales, de Ucrania a
la regulación económica o de las grandes tecnológicas a la vivienda. La lógica
se mantiene: cuando faltan reglas, gana quien dispone de más poder.
El marco le resulta especialmente útil porque conecta política exterior e
interior. La ruptura de las reglas internacionales explica la invasión rusa de
Ucrania y la guerra en Irán. Las desigualdades globales aparecen como
catalizador de los flujos migratorios hacia Europa. Una mayor dependencia
energética refuerza los argumentos para acelerar la transición ecológica. Y las
dificultades de acceso a la vivienda justifican una intervención pública que
corrija el desequilibrio entre quienes disponen de recursos y quienes carecen
de ellos. Incluso Ceuta entró en esa arquitectura discursiva: ningún muro,
sostuvo Sánchez, puede contener indefinidamente la desesperación de quienes
buscan una vida mejor.
Feijóo partió de otro lugar. El problema fundamental de España, según su
discurso, está en el incumplimiento o deterioro de las reglas nacionales. Su
aproximación a La Toja y a la estrategia popular pasa por la normalidad
institucional. Presupuestos, Parlamento, Consejo de Ministros, Poder Judicial y
límites al decreto ley aparecieron durante la intervención
como partes de una misma acusación política: a su juicio, el Gobierno ha
convertido lo excepcional en habitual y ha subordinado las instituciones a las
necesidades de supervivencia del Ejecutivo.
De ahí salió la
propuesta institucional más concreta de su intervención: buscar una fórmula
legal para que, después de una primera prórroga presupuestaria, la incapacidad
de aprobar nuevas cuentas conduzca a la disolución de las Cortes y a
elecciones. Más allá de su eventual viabilidad jurídica, la medida permite
entender bien el marco político del líder del PP. La flexibilidad parlamentaria
que el Gobierno asume como consecuencia de una época de fragmentación se convierte, en el relato popular,
en una anomalía. Feijóo pretende que la ausencia de determinados instrumentos
de gobierno funcione como prueba de agotamiento político. Esa distancia se hizo
todavía más visible al llegar a la vivienda.
Sánchez ha convertido la crisis habitacional en una cuestión que pretende situar por
encima de las fronteras partidistas. En La Toja llegó a definir el acceso a una
vivienda como una cuestión de "pura humanidad" al reclamar
apoyos para sus decretos. La elección de palabras es significativa. La
discusión deja de girar únicamente alrededor de oferta, regulación, fiscalidad
o seguridad jurídica y adquiere una dimensión moral y generacional. Al
plantearlo así, la presión sobre el PP y Junts se traslada también a la
explicación de su voto: cómo justificar el rechazo cuando el acceso a la
vivienda constituye una de las principales preocupaciones de buena parte de la
sociedad.
Feijóo rechazó ese desplazamiento y mantuvo el problema en el terreno
económico. España ha incrementado su población en varios millones de habitantes
mientras construía insuficientes viviendas, generando, según su diagnóstico,
una crisis de oferta que la regulación no puede solucionar. Frente a los dos
decretos del Gobierno, condensó la respuesta en una frase: "El problema de
la vivienda se resuelve construyendo vivienda". La discusión queda
planteada desde dos puntos de partida distintos: la protección de quienes
tienen dificultades para acceder a una casa y la necesidad de aumentar la
oferta, la inversión y la seguridad jurídica.
También resulta reveladora la selección de temas. Sánchez
dedicó una parte sustancial de su intervención a Europa. Defendió una relación
abierta pero más equilibrada con China, una mayor autonomía estratégica, un presupuesto comunitario más
ambicioso y el Tratado de Amistad con Francia, cuya ratificación ha
quedado atrapada en la confrontación política española. Habló además de
inteligencia artificial como una cuestión de poder democrático: la tecnología,
sostuvo, no es neutral y las empresas que la desarrollan no pueden determinar
por sí mismas sus límites.
En el discurso de Feijóo, Europa y el mundo quedaron sobre todo como telón de
fondo del argumento doméstico. La influencia exterior, sostuvo, depende primero
de la credibilidad interior: calidad institucional, estabilidad democrática y
fortaleza económica. Hay política exterior, pero ocupa otro lugar en la
jerarquía. Sánchez recurre a Europa para explicar parte de lo que ocurre en
España; Feijóo presenta el funcionamiento de España como requisito para poder
desempeñar un papel relevante en Europa.
Ni siquiera comparten el tiempo político desde el que hablan. El presidente del
Gobierno construye un relato de continuidad. Los acontecimientos aparentemente
inconexos forman parte, en su discurso, de una transformación histórica que
obliga a mantener los escudos sociales, profundizar la transición energética,
regular la inteligencia artificial, intervenir en vivienda y reforzar Europa.
Su argumento económico -España creciendo y creando empleo en un contexto
europeo difícil- le sirve para presentar esa continuidad como prueba de
resiliencia.
La intervención del líder de la oposición mira hacia una ruptura. Feijóo habló
de una "encrucijada de modelos": uno que denomina populista y otro
que define como reformista. A partir de ahí encadenó críticas sobre impuestos,
deuda, inflación, salarios, infraestructuras y vivienda. El objetivo era situar
el momento político cerca del final de un ciclo y presentar lo que venga
después como una tarea de reconstrucción.
Por eso los discursos de La Toja importan más por su estructura que por
cualquiera de sus propuestas aisladas. España entra en una fase en la que
Gobierno y oposición ya no discuten únicamente sobre quién gestiona mejor unos
problemas compartidos. Antes incluso de llegar a las soluciones, discrepan
sobre el diagnóstico.
En el relato de Sánchez, España está demostrando capacidad
para gobernar en una época extraordinariamente fragmentada y proteger a la
sociedad frente a shocks que vienen de fuera. El riesgo que identifica es que
el desorden global -militar, económico, climático o
tecnológico- termine imponiendo la ley del más fuerte. El diagnóstico de Feijóo
empieza dentro de las fronteras españolas: una forma de gobernar que considera
institucionalmente degradada, económicamente equivocada y políticamente
agotada.
Hay, aun así, una palabra que atraviesa las dos intervenciones: reglas. Sánchez
las reclama frente a Rusia, los desequilibrios del mercado, las grandes
compañías tecnológicas y la concentración de poder económico. Feijóo las exige
en el funcionamiento del Gobierno y las concreta en presupuestos,
procedimientos parlamentarios, separación de poderes y límites al uso del
decreto ley. Los dos buscan ocupar el espacio de la estabilidad, aunque sitúan
el origen del desorden en lugares distintos.
Ahí quedó probablemente la principal disputa de La Toja: decidir dónde está hoy
el desorden que España debe resolver primero. Sánchez mira hacia un mundo en el
que las viejas reglas están desapareciendo y reclama un Estado y una Europa suficientemente
fuertes para proteger a los ciudadanos. Feijóo dirige la atención hacia Madrid
y sostiene que cualquier ambición exterior pierde credibilidad mientras no se
recomponga el funcionamiento interno del país.
Son, además, discursos pensados para momentos políticos
diferentes. Sánchez intentó demostrar que todavía queda agenda por desarrollar;
pronunció su intervención antes de conocer que decaerían los decretos de
vivienda. Feijóo buscó instalar otra pregunta: si debe seguir siendo este
Gobierno quien la desarrolle. Lo hizo, además, sabiendo que Sánchez se está
planteando convocar elecciones. Esa diferencia ayuda a entender, más que
cualquier cifra o reproche concreto pronunciado en La Toja, el terreno sobre el
que Gobierno y oposición están planteando el tramo político que tienen por
delante.
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