"El lastre principal que tiene la gestión de los fondos europeos se encuentra precisamente en excesiva burocratización que implica su puesta en marcha y en las enormes limitaciones que ofrece el actual modelo de gestión existente en las Administraciones Públicas españolas"
Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.- Hay señales y voces de alarma que nos indican o advierten
que la gestión de los fondos europeos NGEU va muy lenta. Y ello pasa
factura a la recuperación económica, pero también a ese objetivo más a
medio/largo plazo que era construir las bases de la transformación del modelo
productivo y cambiar, mediante las reformas anunciadas, el marco regulador
fortaleciendo asimismo el futuro del país, haciéndolo más resiliente. El Plan
de Recuperación, Transformación y Resiliencia nos prometía todas esas cosas y
algunas más. España, en pocos años, iba a sufrir un proceso de reseteo que
la harían casi irreconocible, como nos vendía el entonces consejero áulico de
la Presidencia, Iván Redondo.

Sin embargo, el crecimiento anual del PIB (que se calculó en
2/3 puntos anualmente, según las fuentes que se consultaran) por la llegada
del maná europeo está lejos aún de lograrse (en 2021 se ha estimado
que su impacto apenas ha sido del 0,5 % del PIB; bien es cierto que era el año
de arranque y se comenzó en el segundo semestre; pero en 2022 se estima que sea
en torno al 1 por ciento, lo que está muy por debajo de las expectativas
iniciales).
Es cierto que hay miradas o lecturas catastrofistas y otras
muchos más complacientes. Los medios de comunicación, alineados habitualmente
en una u otra trinchera ideológica, pintan el panorama según sus creencias o
sesgos. Lo mismo hacen las fuerzas políticas en disputa. Creo que se impone una
interpretación más sosegada, menos crispada y ciertamente basada en datos
objetivos. Pero no se puede ocultar, pues así lo han reconocido fuentes
políticas, económicas y académicas solventes, que la recuperación (también por
otras causas exógenas por todos conocidas) va lenta. Y no es precisamente,
porque no haya proyectos ni ideas, sino que -como bien ha apuntado uno de los
mejores analistas de la gestión de los fondos europeos, el profesor Manuel Hidalgo-
las causas de esa ralentización del papel motor de los fondos europeos en la
economía hay que buscarlas principalmente en el diseño del modelo de gestión de
los fondos europeos, basado en un sistema burocrático y procedimental que no
está funcionando adecuadamente. Ya lo advirtió ese mismo autor en 2020: si no
hay virtuosismo en la gestión los fondos europeos NGEU pueden acabar
sin absorberse adecuadamente y perder parte de esos recursos sería una enorme
irresponsabilidad. No se puede repetir la baja ejecución de los fondos
tradicionales del Marco Financiero Plurianual 2014-2020, que se estiman en
estos momentos en torno al 40-45 %. De repetirse estos porcentajes con los
fondos NGEU, el fracaso de la recuperación podría arrastrar al fracaso del
país y de sus gentes (así como de las “próximas generaciones”). Además, la
pretensión de que tales recursos tengan una fuerte capilaridad en el
tejido productivo y en la economía real están siendo hasta ahora un pío deseo,
en parte también por la indigestión burocrática existente.
A mi juicio, hay asimismo otras razones menos aireadas que
explican parcialmente el lento proceso de ejecución de los fondos europeos.
Algunas están vinculadas con la política, como son, por ejemplo, la
inexistencia e incapacidad de trenzar pactos transversales, así como la
excesiva y exagerada centralización de la gestión de tales recursos
financieros, que ha limitado los órganos decisores a las estructuras del
Gobierno central, al margen de que muchas de esas intervenciones implicasen a las
competencias autonómicas o locales, y no solo en el plano ejecutivo, sino
también (por lo que afecta a las CCAA) en el ámbito normativo (extensión
de lo básico y correlativa reducción del margen de configuración autonómico).
En efecto, el PRTR fue configurado desde sus orígenes no como un plan de
Estado, sino de Gobierno. Y con la finalidad instrumental de reforzar más el
poder de éste que fortalecer aquél. Las reformas sólo se aprueban desde el
centro y por los órganos generales del Estado, lo que termina
absorbiendo o dejando sin apenas espacio configurador a los poderes públicos
territoriales, que se transforman en meros apéndices tentaculares (una suerte
de “administración periférica autonómica”) del Gobierno central y de la
Administración General del Estado. El problema de esa fuerte recentralización
es que tiene también implicaciones políticas serias: con el PRTR se pretendía
-aspecto que aún sigue siendo esencial- reforzar la imagen de la Presidencia
del Gobierno como figura que reparte el maná europeo y que, por
tanto, encarna políticamente la recuperación. Y ese punto también está
fallando. No obstante, cabe presumir que el segundo semestre de 2022 y el
primer semestre de 2023 la máquina de distribución de fondos europeos se pondrá
a pleno rendimiento: no se puede llegar al segundo semestre de 2023 (semestre
de la presidencia española de la UE y, en principio, elecciones legislativas)
sin los deberes hechos.
Pero, a mi juicio, además de un modelo equivocado de
Gobernanza, fuertemente centralizado y también, paradójicamente, fragmentado
departamentalmente, sin apenas estructuras organizativas transversales, el
lastre principal que tiene la gestión de los fondos europeos se encuentra
precisamente en excesiva burocratización que implica su puesta en marcha y en
las enormes limitaciones que ofrece el actual modelo de gestión existente en
las Administraciones Públicas españolas. En un inevitable ejercicio de
simplificación de un problema mucho más complejo, que he tratado en algunos
artículos, las señales de desfondamiento en la gestión de los fondos
europeos en nuestro sector público se advierten en los siguientes puntos:
1.- La Administración General del Estado se ha echado tras
sus espaldas un pesado fardo de gestión para el que, objetivamente, no estaba
preparada para asumir de forma efectiva. Allí residen las entidades decisoras
(fruto de la centralización), pero también buena parte de las entidades
ejecutoras, al menos de primer grado. Demasiada gestión para una maquinaria
burocrática que, por su diseño finalista y por el reparto interno de
competencias, ha dejado de ser (o debería haber dejado de ser, salvo en ámbitos
puntuales) una Administración ejecutiva. Los PERTE se han ido alumbrando,
pero aún están lejos de jugar ese papel tractor que se les presumía. Con enorme
opacidad, algunas tensiones territoriales y pocos resultados hasta la fecha. El
talento interno que iba a nutrir las unidades administrativas provisionales
ministeriales para gestionar fondos europeos no sé si lo han descubierto. Más me
temo que los funcionarios habrán añadido a su trabajo habitual la sobrecarga de
la gestión y seguimiento de los fondos europeos. Las Subsecretarías se han
convertido en las responsables de que esta prioridad funcione, lo que está
debilitando otras tareas habituales propias del back office y, más
concretamente, la necesaria planificación estratégica de sus recursos propios
no orientados a la gestión de los fondos europeos. La esquizofrenia
administrativa (o el dualismo que comporta la gestión ordinaria y la gestión de
los fondos europeos) sigue sin resolverse.
2.- Aun así, siendo la AGE el motor o palanca que debe
permitir que los fondos europeos circulen con celeridad y efectividad, parte de
esos recursos se están canalizando a las CCAA por diferentes vías, pero
principalmente por medio de las conferencias sectoriales. Todo eso requiere su
liturgia y sus pactos. La transparencia nunca ha sido hasta ahora la fortaleza
en la construcción el PRTR ni tampoco en la adjudicación y gestión de esos
recursos. El proceso de capilaridad territorial de los fondos está siendo
también lento. Y ello retrasa su impacto sobre la economía. Pero la anunciada
llegada de tales recursos financieros a las entidades locales está siendo,
mucho más aún que en el caso anterior, más limitada. En 2021, como ha estudiado
también Manuel Hidalgo, era prácticamente irrisoria. Sin duda, ese proceso se
acelerará en los próximos meses. Pero, ello ha dado lugar a que exista una
percepción -al igual que sucede en el mundo empresarial y en el tejido
productivo- de que tales recursos nunca llegan. La inversión, hasta la fecha,
se está centrando en infraestructuras y obras. Más “ladrillo; menos innovación.
3.- Probablemente, una de las causas que entorpece y
dificulta la circulación de esos fondos es que el modelo descansa
principalmente sobre los convenios administrativos y sobre la convocatoria de
procesos de subvenciones de concurrencia competitiva, generalmente. También,
sin duda, interviene en última escala la contratación pública o la solución del
uso de medios propios. Hay aquí, como es obvio, procedimientos administrativos,
plazos, trámites, informes, propuestas de resolución y, en última instancia la
formalización definitiva. Pero también hay controles internos, más acentuados
por la obligación derivada del Derecho europeo y concretada en la Orden HFP
1030/2021 de proteger los intereses financieros de la UE frente a las
irregularidades, fraude, corrupción, conflictos de intereses o la doble
financiación. Por mucho que se hayan pretendido acortar determinados plazos,
simplificar trámites o eludir determinadas exigencias, tal como previó en su
día el RDL 36/2020, lo cierto es que la Administración Pública tiene que
cumplir las exigencias legales y reglamentarias y es, en general, lenta en su
ejecución, debido no solo a exigencias legales (que también), sino sobre todo a
problemas estructurales, que son muchos y generalmente sin solución a corto
plazo.
4.- En efecto, la gestión de fondos europeos sólo puede
funcionar cabalmente en el marco de un modelo organizativo que se base en
misiones, proyectos o programas, y que supere la tradicional concepción
(herencia del Antiguo Régimen y del primer Estado liberal) de los departamentos
(ministeriales, consejerías o áreas). Y sobre esto apenas se ha avanzado. Las
unidades administrativas provisionales fueron una solución organizativa propia
del RDL 36/2020, que luego copiaron, con su particular impronta de isomorfismo,
algunas Comunidades Autónomas. Pero esa solución organizativa, aunque suponga
algún avance, sigue hipotecada por el modelo matriz. Nadie puede obviar que los
proyectos de inversión tienen en su mayor parte enfoque transversal, más cuando
afectan a ejes tan atravesados por esa perspectiva como son las transiciones
verde, energética, digital o la propia cohesión social o territorial. Además,
ello requiere adoptar una mirada de Gobernanza multinivel, que solo tímidamente
(de forma institucionalizada tradicional) se está aplicando. Hay un largo
trecho de aprendizaje organizativo que aún no se ha sabido transitar. Tiempo
habrá para ello.
5.- Sin embargo, donde la gestión de fondos europeos puede
fracasar estrepitosamente es en lo que respecta al modelo de recursos humanos
existente en las Administraciones Públicas. No me extenderé sobre este punto,
pero hay un conjunto de puntos críticos que no parece se puedan resolver a
corto plazo, ni siquiera a medio, pues no se advierte ni voluntad política ni
un proyecto estratégico coherente y bien diseñado. Citaré solo algunos. El
primero de ellos es el profundo relevo generacional, hasta ahora absolutamente
descuidado por la práctica totalidad de las organizaciones públicas: asumir los
retos que el PRTR comporta, representa disponer por parte de las AAPP de
perfiles profesionales muy distintos a los que hoy en día tiene o ser devoradas
y capturadas por las empresas punteras del mercado y por las grandes
consultoras. El segundo, corolario del anterior, es que buena parte de los
recursos humanos existentes en el sector público tiene edades avanzadas, en
muchos casos perfiles obsoletos y, en no pocos también, están de salida (el
proyecto de la recuperación y de la resiliencia les llega tarde); y, por
consiguiente, su implicación dependerá muy y mucho de su vocación de servicio.
El tercero, en nada menor, particularmente en las administraciones
territoriales, es el elevadísimo porcentaje de temporalidad que tienen, y por
tanto que tales organizaciones estarán inmersas en los próximos tres años
(críticos en la recuperación) en unos procesos de estabilización que consumirán
buena parte de sus energías y tendrán a ese personal obsesionado con cuál será
el desenlace de tales procesos, que presumiblemente se judicializarán y
ofrecerán resultados inciertos: un contexto poco apropiado para remar en la
buena gestión de los asuntos cotidianos, pero menos aún en los extraordinarios
(como son la gestión de los fondos europeos). El cuarto, tiene que ver con los
recursos internos que cada organización pública tiene para asumir esas tareas
extraordinarias de gestión de fondos europeos que se prolongará, al menos en lo
que afecta a los NGEU, hasta 2026; pero que tendrá continuidad o coexistencia
con los fondos del Marco Financiero Plurianual 21-27, y con otros que ya está
preparando la UE ante la situación de crisis energética: el personal al
servicio de las organizaciones públicas tiene funciones y tareas asignadas, por
lo que las derivadas de la gestión de los fondos europeos son un plus (piénsese
en el presumible colapso de los servicios de contratación púbica o de gestión
económico-financiera) o, todo lo más, representan una adscripción provisional,
lo que hace presumir la necesidad, siquiera sea temporal, de nuevos efectivos y
el engorde de nuevo de la temporalidad, amén de la necesidad de formar a un
personal que, por lo común, de esto sabe muy poco o sencillamente nada. El
quinto procede de la proliferación de la modalidad del teletrabajo, que ahora
de forma contingente también se quiere aplicar como cauce de ahorro energético,
puesto que, si no se fijan bien objetivos y no se lleva a cabo un correcto
seguimiento y evaluación de los resultados de gestión, tales cometidos se
podrán diluir, y si algo exige la gestión de fondos europeos (dentro de esa
lógica del principio de compromiso con el cumplimiento) es celeridad y
efectividad en su ejecución, siempre bajo la lógica de la probidad y del
cumplimiento de objetivos en el marco de la legalidad. En fin, habría muchos
más (déficit de una dirección pública profesional por proyectos, carencia de un
modelo de evaluación del desempeño y de gestión de la diferencia, rigidez y
obsolescencia de las relaciones de puestos de trabajo para cumplir tales retos,
etc.), pero basta con los puntos expuestos.
España (rectius, el Gobierno central) va a solicitar 71.000
millones € más de financiación vía préstamo del Mecanismo de Recuperación y
Resiliencia que se suman a los 69.500 millones de € ya reconocidos del actual
PRTR. La Vicepresidencia primera ha retrasado esa solicitud, según se ha dicho
oficialmente, porque está pendiente de las decisiones que adopte el Banco
Central Europeo (tipos de interés, compra de deuda pública, etc.). En esa
demora también puede haber un reconocimiento tácito de que la digestión de los
fondos europeos está siendo más lenta de lo inicialmente previsto. En todo
caso, el proceso (sí o sí) se acelerará en los próximos meses. No queda otra
políticamente hablando, otra cosa es el incremento de riesgos que comporta
acelerar tanto este proceso. Y el reto de la absorción efectiva de los fondos
europeos estará en las manos de cada nivel de gobierno y de sus propias
Administraciones Públicas. Para lo cual sería necesario impulsar planes de
choque urgentes que implicasen mejoras organizativas y de gestión de personal que
eviten un desfondamiento de la gestión de tales fondos europeos. La dicotomía
es clara: transformación versus transformismo. Hay algunas
Administraciones Públicas que, bien lideradas, lo lograrán o, al menos,
paliarán el desastre. Otras, por el contrario, fracasarán. Habrá quien
comprometa, ejecute y liquide adecuadamente todos o buena parte de los recursos
recibidos, también sin medidas correctoras, lo que revertirá en el país,
territorio o ciudad, así como en su población; pero también habrá
organizaciones públicas que se quedarán lejos de sus objetivos, y las
consecuencias se sus malos resultados los pagarán muy caro su ciudadanía,
territorio y economía. Esa será la gran diferencia que existirá entre hacer las
cosas bien o llevarlas a cabo de forma no efectiva, improvisada o chapucera.
Que de todo habrá. También corrupción. Pero eso para otro día.