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lunes, 26 de junio de 2023

LA SENDA NEGACIONISTA (DOS CASOS: CAMBIO CLIMÁTICO Y AGENDA 2030, E INTEGRIDAD INSTITUCIONAL)

 “El poder siempre ha seducido, y la codicia y la estupidez se han señalado desde siempre como plagas endémicas de la sociedad” (p. 62)  (Philipp Blom, El, gran teatro del mundo, Anagrama, 2023).

Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.- Introducción.  Estamos en precampaña electoral, por lo que hablar de estas cosas comporta siempre un riesgo de ser incomprendido, cuando no zarandeado. Pero no hablaré de la campaña, sino de propuestas que aún están circulando (algunas de ellas todavía muy “en bruto”, nunca mejor dicho) en la lenta conformación de los nuevos gobiernos autonómicos y municipales.

Dejaré de lado, pues ya ha sido muy tratado en los medios y en el foro público, la absurda e insultante actitud de negar la violencia de género como expresión “brutal” (también nunca mejor dicho) de una realidad incontestable. Tampoco me voy a sumergir en el proceloso y binario mundo del debate político que se plantea entre las distintas fuerzas políticas en España (si es que tal debate existe en realidad, pues aquí se habla de todo menos de lo que realmente importa; como decía Gracián, “querer hablar y oírse no sale bien”). Prescindiré igualmente de ocurrencias disparatadas como las de suprimir los carriles bici para hacer más fluido el tráfico de vehículos contaminantes o la de establecer una dudosa ecuación «ad personam» entre fiesta de los toros y cultura, ninguneando la extensión de esta última, que al margen de que incluya o no a la primera (materia opinable y sobre la cual no me pronuncio), es infinitamente más rica y resulta manifiestamente absurdo pretender que aquella devore a esta. Y en todo ello prescindiré, además, de tratar “el material humano” que puebla una clase política cada día, para desgracia de todos, más mediocre.

Me fijaré telegráficamente, sin embargo, en otra cuestión que ha pasado más bien desapercibida: España –aunque algunos no se lo crean- no es una realidad aislada del mundo circundante; forma parte integrante, como es conocido, de Naciones Unidas, de la Unión Europea, del Consejo de Europa y de la OCDE, por no hablar de otras muchas instituciones internacionales o “regionales”. Y los compromisos adquiridos europea e internacionalmente no se pueden orillar así como así, alegremente. Y quien lo haga, al menos si pretende gobernar, debe ser tachado directamente de irresponsable, y objeto de enmienda absoluta. La seriedad y la responsabilidad son las dos primeras premisas de un buen gobernante.
Negar la Agenda 2030 y el cambio climático
Sorprende así que, tras las aprobación en 2015, de la Resolución de Asamblea General de Naciones Unidas que dio pie a la Agenda 2030, y a sus diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como tras el Acuerdo de París de diciembre de 2015, de compromiso de lucha contra el cambio climático, haya aún quien plantee directa o encubiertamente que la Agenda 2030 es una herramienta inútil y que el cambio climático es un invento disparatado (supongo que estos días de canícula insoportable habrá quienes ya se estén arrepintiendo de tales sandeces). Tras el largo paréntesis de la pandemia, urge reactivar la Agenda 2030, que ha dormido pacientemente olvidada por los gobernantes de turno; pero cuando más necesario es su impulso, hay señales políticas preocupantes que advierten de su ninguneo u olvido futuro. Estamos consumiendo la llamada década de la acción, sin hacer prácticamente nada. Y aún se pretender hacer menos.
También llama la atención que, estando como está el Reino de España en la Unión Europea, se orille la trascendencia que esos temas tienen en nuestro espacio “comunitario”. El 1 de julio comienza la presidencia española del semestre europeo, y los compromisos medioambientales por la sostenibilidad y la transición verde son, sin duda, imprescindibles. Mal comenzamos ese reto si, junto al guirigay de convocar elecciones en tan importante momento y fraccionar la gestión política de la Agenda 2030 en un sinfín de departamentos ministeriales y niveles de gobierno (lo que ha implicado un retraso importante en su puesta en marcha), unimos su estrambótica puesta en cuestión. Buena parte de la política económica y social de la Unión, también la industrial, medioambiental, alimentaria o de salud, está atravesada por el Pacto Verde Europeo de 2019 y todas las estrategias sectoriales que le acompañan. La reducción de los combustibles fósiles, primero al objetivo del 55 por ciento en 2030 y, finalmente, a su sustitución absoluta por energías renovables en 2050, es una de las escasas posibilidades de contribuir desde Europa a que el planeta Tierra no sea en las próximas décadas un lugar inhabitable. La gestión de los fondos europeos extraordinarios o estructurales está estrechamente ligada a la transición verde.
Como expuso Bruno Latour (Dónde aterrizar) y recuerda de nuevo Philippe Blom (Lo que está en juego y El gran teatro del mundo) la idea de que el hombre vive en la Tierra es equivocada; en realidad, junto al resto de seres vivos, habita en una frágil capa o zona crítica, que si no somos incapaces de mantenerla y de construir un relato sobre la necesidad de sobrevivir en ella, la especie humana terminará por extinguirse o vivirá buena parte de ella en unas condiciones extremas. Cuando más hace en falta un relato que refuerce la necesidad de mantener lo existente, terminan algunos por negar la mayor. Deconstruir en este ámbito no es peligroso, es sencillamente un suicidio colectivo. El propio Blom lo deja muy claro en su último libro: «Las perspectivas son más bien apocalípticas». Poca broma sobre esto.
La evidencia científica es muy obvia. Frente a ello se opone una respuesta de negación inmediata, pues el cambio climático es un fenómeno imparable, pero hasta cierto punto silente. Tampoco el tecnooptimismo, como expresa Blom, ayuda nada. Que suban las temperaturas hasta los 45 grados centígrados es excepcional, lo que resulta menos es que las olas de calor inaguantable sean cada vez más intensas y extensas en el tiempo. Que los recursos hídricos sean cada vez más escasos para algunos es una cuestión cíclica; hasta que el paso del tiempo les demuestre lo contrario. Que los incendios de sexta generación o las inundaciones se multipliquen por doquier, es una señal más que evidente de que algo serio está pasando.
En cualquier caso, al margen de afirmaciones o negaciones, no sería mucho pedir que aquellos políticos que asuman responsabilidades gubernamentales cumplan al menos con los compromisos asumidos ante las instituciones europeas e internacionales de las que España forma parte. Tampoco les vamos a exigir que lean sesudos estudios científicos o ensayos solventes sobre la gravedad del problema que tenemos entre manos. Lo deberían hacer; pero comienzo a tener la convicción de que buena parte de nuestra clase política (y así lo acredita) es cada vez más ignorante. Y lo peor: se vanagloria o no se avergüenza de ello. Reconocer la propia ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento.
Despreciar el valor de la integridad en la lucha contra la corrupción
La otra cuestión, también muy grave en sus consecuencias, si bien más intangible, es la negación del valor que la integridad institucional tiene como medio de reforzar la legitimidad del poder y la confianza de la ciudadanía en sus responsables públicos y funcionarios. También sorprende que, en un país en el cual los temas de integridad siempre han sido cínicamente apartados y cuya entrada en la agenda política es muy reciente a empuje de la Comisión y del Derecho de la Unión Europea, se quiera volver ahora a la casilla de salida. He leído recientemente dos noticias que me han llamado la atención, más cuando estamos inmersos en pleno proceso de gestión de fondos europeos; gestión que debe estar imbuida por el principio de protección de los intereses financieros de la Unión frente a la corrupción (artículo 325 TFUE), así como en pleno desarrollo de la Ley 2/2023, que transpuso al ordenamiento español la Directiva (UE) 2019/1937, de protección del denunciante. La primera de ellas tiene que ver con la pretensión de suprimir la Oficina antifraude de les Illes Balears, y la segunda, en la misma línea, aunque menos concretada aún, son algunas noticias filtradas en los medios de eliminar la Agencia Antifraude de la Comunidad Valenciana, que ha sido reconocida por la Comisión Europea como una institución ejemplo de buenas prácticas en la lucha contra la corrupción.
No deja de resultar paradójico que, frente a la proliferación en épocas pretéritas de casos de corrupción en esos territorios, la creación de tales Agencias, junto con otras soluciones institucionales adoptadas (especialmente en la Comunidad Valenciana), haya actuado como medio de reducción de la percepción ciudadana sobre el ítem de corrupción, tal como puso de relieve el importante Índice de Calidad Institucional de los gobiernos regionales elaborado por la Universidad de Gotemburgo en 2021, frente a la situación existente en el Índice anterior de 2017, momento en el que ambas Comunidades Autónomas estaban por debajo de la media europea, umbral que superaron, en el conjunto de ítems (bien es cierto) en ese último análisis. Además, es significativo resaltar que, ello se produce cuando en otras Comunidades Autónomas gobernadas por el partido central en esos pactos se habían impulsado políticas de integridad institucional, ya fuera mediante la creación de una Oficina Antifraude (Andalucía) o a través del fortalecimiento del control de la integridad institucional del sector público por parte del órgano de control externo o Consello de Contas (Galicia). Todo ello, paradójicamente, contrasta con esa vuelta atrás que se anuncia o se pretende predicar en esas Comunidades Autónomas mediterráneas antes citadas. Incomprensible, más aún cuando la protección del denunciante exigida por el Derecho de la Unión Europea requiere autoridades independientes territoriales, algunas como la valenciana con amplia experiencia en este ámbito, que superen las innumerables deficiencias planteadas por los Sistemas Internos de Información (mal) regulados en la Ley 2/2023 y la aún non nata Autoridad independiente nacional de protección del informante, cuya puesta en marcha está prevista para el año 2024. Todavía se está a tiempo de enmendar o evitar que tales dislates se concreten. Quien lidera un gobierno, sea este el que fuere, debe dar muestras de firmeza o el «Gran barullo» galdosiano carcomerá sus frágiles cimientos.
El Consejo de Europa, a través del GRECO (Grupo de Estados contra la Corrupción) ha sacado reiteradamente los colores al Reino de España por la inexistencia o baja calidad de los sistemas de integridad institucional en las instituciones centrales y en la Administración General del Estado. Todavía no se ha sumergido el GRECO, en sus análisis o chequeos periódicos, en el proceloso mundo de las Comunidades Autónomas, quizás olvidando que son las que gestionan una buena parte de los servicios públicos, un 35 por ciento del presupuesto nacional (aunque si eliminamos el sistema de pensiones ese porcentaje se dispara) y el 60 por ciento del empleo público. Los enormes riesgos de incurrir en prácticas irregulares, de fraude o corrupción, son muy elevados, más aún cuando se gestionan ingentes cantidades de recursos financieros extraordinarios y ordinarios procedentes de la UE. Por eso, cualquier debilitamiento, por pequeño que sea, de los mecanismos de integridad institucional, es un incumplimiento grave de nuestros compromisos europeos e internacionales. Y cualquier medida que se adopte en esa dirección sería completamente injustificable a ojos de la Comisión Europea.
En todo caso, no deja de ser muy triste que este país llamado España deba estar siempre siendo supervisado o fiscalizado por organismos europeos o internacionales para garantizar, así, que cumple con los compromisos adquiridos o salvaguardar que lleva a cabo el mantenimiento, mejora o reforma de sus instituciones. En eso, como en tantas otras cosas, sigue siendo España un país preñado de infantilismo y de irresponsabilidad evidente, particularmente en su forma de hacer política. Y ello viene de lejos (*).
(*) Permítanme la licencia de reenviar al lector interesado, en relación con las causas de tal forma de hacer política y a los políticos “menudos” que tuvimos siempre en suerte, a mi reciente libro El legado de Galdós. Los mimbres de la política y su “cuarto oscuro” en España, Catarata, 2023.

lunes, 22 de agosto de 2022

2022: EL PACTO VERDE EUROPEO TRES AÑOS DESPUÉS

“La atmósfera se está calentando, y el clima cambia de año en año” (Pacto Verde Europeo)

Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.- No puede ser más certera esa afirmación que aparece en las primeras líneas del Pacto Verde Europeo (2019). El Pacto, hijo de una pesada herencia y un preocupante contexto, de la Agenda 2030 y del Acuerdo de País de 2015, es una mirada estratégica hacia un futuro plagado de desafíos, que pretendía imbuir dosis de optimismo por quien lidera la lucha contra el cambio climático, y que el duro acontecer cotidiano está desmintiendo un día sí y otro también. Es increíble cómo envejecen a velocidad del rayo propuestas sensatas en esta década plagada de incertidumbres y sobresaltos sinfín.

En España, el Pacto Verde es mucho más citado que conocido. Y menos aún aplicado. Siempre en este país ha existido una tendencia general a hacer como que se hace, pero realmente a hacer muy poco o nada. Transformar la economía y la sociedad, tal como pretende el Pacto Verde, en línea con la estrategia de crecimiento y competitividad que alumbra su trazado futuro, no es precisamente un objetivo sencillo de cumplir, sino todo lo contrario. En una reciente Comunicación de la Comisión (Directrices sobre ayudas estables en materia de clima, protección del Medio Ambiente y energía 2022) se reconoce que el reto inversor para llevar a cabo tal transformación es lisa y llanamente estratosférico (más de 500.000 millones de euros hasta 2030). Ahí es nada. Por  mucho que se rieguen de subvenciones y “ayudas” esa pretendida transición hacia el Edén  de la neutralidad climática en lo que a gases de efecto invernadero respecta, el optimismo inicial (con el contexto geopolítico y económico actual) puede convertirse en una decepción relativa o, en el peor de los escenarios, absoluta. Como el mismo Pacto Verde indica, no está sólo en manos de la Unión tal giro; pues el cambio climático es un problema global, en sus causas y consecuencias. Está muy bien convertirse en adalides de la diplomacia ecológica o climática; pero la UE es lo que es en la escena global. Y no irá a más.

Lo cierto es que la sensibilidad ciudadana y política sobre el cambio climático únicamente se advierte cuando las garras del desafío existencial devastan su propio entorno. Y en 2022 muchos países y no pocas personas lo están comprobando en sus propias carnes. Parece obvio constatar ese calentamiento acelerado de la atmósfera y ese cambio climático que cada año (mejor dicho cada verano, por cierto también cada vez más extenso) se hace trágica realidad, por las muertes que comporta, la pérdida de calidad de vida y, especialmente, los devastadores incendios, la escasez de recursos hídricos y la destrucción de los ecosistemas y de la biodiversidad, por no hablar de la afectación directa o indirecta a la economía y al bienestar general. El drama está ya en la puerta de casa. No es sólo una amenaza existencial, es una tozuda realidad presente. Y viene a echar raíces.

El Pacto Verde tiene, en efecto, una mirada sensata sobre cómo hacer frente desde Europa a ese reto global. Desde su aprobación en noviembre de 2019, ha conseguido –lo cual no es poco- hacer efectivos los compromisos escritos de aprobar un abanico de estrategias sectoriales u horizontales, que son documentos sólidos (aunque no exentos de cierta retórica autocomplaciente) para hacer frente a un devastador fenómeno que tiene mil caras, ninguna de ellas precisamente amable. Pero en esos tres años han pasado y están pasando tantas cosas que es difícil armar cabalmente una estrategia de lucha contra el cambio climático ni siquiera a medio plazo. Las dificultades se hacen aún mayores cuando el horizonte es a 2030 o 2050. Los sobresaltos son constantes, más aún en esta dura e incómoda década que además es determinante para cumplir los objetivos marcados.

En efecto, las interesantes líneas de trabajo hacia una energía limpia que comporte el abandono paulatino de los combustibles fósiles  (no se olvide que el consumo de energía representa el 75 % de las emisiones de la UE) se está viniendo abajo por motivos de sobra conocidos. El diagnóstico es muy claro: “Ahorrar más energía y utilizar más energías renovables es un factor clave para el empleo, el crecimiento y la reducción de emisiones”. Los problemas comienzan cuando de la letra se ha de pasar a la acción, más en el actual contexto. La transición “justa” hacia un modelo energético sostenible tiene visos de hacerse cada vez más cuesta arriba. Siempre habrá ganadores y perdedores. Los objetivos a medio plazo (2030, 55 %) y largo plazo (2050) de neutralidad climática están teniendo dificultades adicionales, al menos de forma inmediata. La nueva Ley del Clima Europea fue aprobada en 2021 concretando los retos que se recogerían en la Comunicación Objetivo 55: cumplimiento el objetivo climático hacia la neutralidad climática. Previamente, se diseñó el programa de los fondos Next Generation EU y también se previeron diferentes fondos del Marco Financiero Plurianual 2021-2027 orientados a ese mismo objetivo (transición ecológica), a los que se han añadido recursos adicionales para poder hacer efectiva ese complejo reto dibujado por el Pacto Verde y en sus diferentes Estrategias.

A inicios de 2021, con la premisa de la Comunicación de la Comisión Forjar una Europa resiliente al cambio climático, el Consejo aprobó las Conclusiones relativas a La nueva Estrategia de adaptación del cambio climático en la UE, donde aplaude la línea emprendida por la Comisión. Asimismo, en junio de 2021, se aprobó el crucial Reglamento (UE) 2021/1119, sobre marco para lograr la neutralidad climática (más conocido como Ley del Clima Europea), donde se emplaza a los Estados miembros a diseñar estrategias alineadas con la propia de la UE. Siendo todas ellas iniciativas muy relevantes, como lo es sin duda la aprobación en 2022 del VIII Programa General de Acción de la Unión en materia de Medio Ambiente hasta 2030, da la impresión de que todo ese esfuerzo reflexivo y propositivo no termina de producir efectos tangibles, pues, muy a pesar de las opiniones institucionales, de que los factores extremos son muy frecuentes (incendios, inundaciones, períodos de sequía, etc.), lo cierto es que los denominados “factores de evolución lenta” ya han dejado de ser tales y cada año son más tangibles, mostrando en el verano de 2022 su peor cara.

Se extiende, por consiguiente, una cierta sensación de impotencia. Las políticas que afectan al desarrollo del Pacto Verde Europeo deben tener un enfoque integral y desplegarse en un escenario –como dice el Programa de Medio Ambiente para 2030- altamente descentralizado y de gobernanza multinivel, marcada por un enfoque colaborativo. Y es en este punto donde nuestras debilidades son enormes. Se mostraron plenamente en la crisis Covid19, se están mostrando en la aplicación de la Agenda 2030 y sus diferentes ODS, y si nadie lo remedia se mostrarán también en la puesta en marcha de la estrategia de adaptación al cambio climático.

Somos –como indica la propia Comisión- la última generación que aún puede actuar a tiempo. Ojala fuera cierta esa afirmación, pero cada año que pasa el temor de que estemos perdiendo el tren se acrecienta. La década de la acción a favor de la Agenda 2030, y en particular de su ODS 13, la estamos quemando sin apenas realizaciones efectivas. La propia Comisión reconoce dramáticamente que “lo que logremos en el próximo decenio determinará el futuro de nuestros hijos”. No cabe insistir que estamos jugando, nunca peor dicho tras un verano dramático, con fuego. El tiempo se agota y las posibilidades de reacción se encogen. Mientras tanto, algo muy serio lleva tiempo pasando en este planeta, y sólo nos percibimos de ello cuando las siempre olvidadas amenazas “teóricas” de lo siempre incómodos científicos entran en nuestras vidas y perturban nuestra existencia hasta hacerla insufrible o, ciertamente, mucho más inhabitable que antaño. Tan duro contexto existencial, que irá in crescendo en los próximos años, no se resuelve ni con propuestas contingentes ni menos aún con retórica o gestos vacuos.  No es, aunque haya sensibilidades diferenciadas, un problema de izquierdas ni derechas, como bien apuntó en su día Bruno Latour. Al final todos están o estarán emplazados a resolverlo. Y habrá soluciones integrales o no habrá nada. La política tiene ante sí un reto mayúsculo. ¿Sabrá enfrentarse a semejante desafío? Pronto saldremos de dudas. Si en esto tampoco pactan ni trabajan de consuno, nada habrá que hacer. Convendrá que, si fracasan, se lo expliquen a las “próximas generaciones”. Y, de hacerlo, estas no lo entenderían.

 

 

domingo, 17 de julio de 2022

España abrasada (Las timoratas reacciones ante el cambio climático)

 “Ante trastornos de semejante magnitud, una sociedad sólo puede reaccionar constructivamente o limitarse a padecerlos” (Philippe Blom, Lo que está en juego, Anagrama, 2021, p. 187)

Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.- Hace casi un año, tras unos episodios climatológicos extremos y algunos incendios desbocados (de “sexta” generación), Phillip Blom escribió un impactante artículo en el diario El País: “2021, un verano sin esperanza” (https://elpais.com/opinion/2021-08-15/2021-un-verano-sin-esperanza.html.).


Allí reflexionaba sobre la aceleración de los letales efectos del cambio climático y la impotencia absoluta de la política nacional e internacional para hacer frente a ese fenómeno global. 2022, en su primer mes estival, apunta peor.

En efecto, hemos llenado el mundo de la política mundial, europea o nacional, de eslóganes e ideas fuerza muy bonitos, pero bastante vacuos, tales como “no dejar a nadie atrás”, Europa o España Verde, sostenibilidad medioambiental, salvar el planeta, los ODS de la Agenda 2030, economía circular, contaminación cero, y un largo etcétera; mientras que día tras día, mes tras mes y año tras año, España es menos verde, menos sostenible, se están quedando atrás innumerables ciudadanos, la huella de carbono no cesa y la transición ecológica es mucho más dura y difícil de lo que nos habían contado los complacientes discursos europeos, nacionales, autonómico o locales. La sostenibilidad es una idea que, de gastada, corre el riesgo de quemarse también. Como también decía Blom, “el lavado de imagen ecologista se ha convertido en una industria lucrativa”.

La política está mostrando, efectivamente, unas elevadas dosis de inefectividad y una evidente demostración de impotencia para resolver o siquiera sea atenuar los zarpazos cada vez más intensos del cambio climático sobre una España literalmente abrasada por temperaturas insufribles, pero también por incendios año tras año, cuando no –yéndonos al otro extremo- por inundaciones por doquier. La situación empeora por momentos. 2022 está siendo insufrible. Las olas de calor se anticipan en el tiempo y duran más; se eternizan, para desconsuelo de una desarmada ciudadanía, que padece como puede sus consecuencias.

Frente a un fenómeno aparentemente silente, pero ya evidente, la política, en efecto, ofrece un abanico de soluciones plasmadas en declaraciones de intenciones que nunca se cumplen. El contexto manda, y el actual marco sanitario, económico, térmico y geopolítico no ayuda precisamente. En el reciente debate sobre el estado de la nación, el cambio climático y sus efectos sobre España no han merecido apenas atención alguna, al margen de puntuales propuestas de resolución que se ligaban directa o indirectamente a este fenómeno. El aire acondicionado del Congreso de los Diputados, de sus vehículos, despachos o domicilios, han hecho olvidar fácilmente a los políticos cómo afrontan el común de los mortales esas olas de calor, esos incendios o las innumerables consecuencias que tales fenómenos provocan. Sólo quienes están en primera línea de fuego o especialmente afectados, se involucran. Y los padecen. No queda otra. Pero ya es tarde, el mal está hecho.

España en los próximos años (no hay que esperar, como luego diré, al 2050) padecerá en su mayor parte unos efectos todavía más devastadores como resultado del cambio climático. Y de esta tendencia, con impronta desigual, prácticamente ningún territorio se librará. El fenómeno es muy diferente al de la España vaciada, aunque allí se recrudezca por el abandono de montes y bosques, consecuencia del evidente fracaso de las políticas de prevención en el análisis de riesgos medioambientales y de incendios. La España abrasada más tarde o temprano afectará a todo el territorio. Ninguno quedará al margen, por mucho que la comparación siempre a algunos alivie, al esgrimir que quienes tengan temperaturas estivales de más de 50 grados no será lo mismo que quienes padezcan 40 grados. En fin, consuelo de tontos. Los recursos hídricos escasearán. Y el turismo terminará “aterrizando” en zonas más habitables. Este mismo verano da lástima observar cómo no pocos turistas padecen las altas temperaturas en su ansiado e idílico viaje estival. Sólo hay que ver sus caras.

Si la política no está teniendo capacidad de enfrentarse realmente a este problema, al margen de los instrumentos retóricos tan queridos por una comunicación de mentiras, la Administración tampoco ofrece instrumentos de gestión que puedan dar soluciones adecuadas para atenuar los efectos de tales olas de calor. El recurso a las “recomendaciones” es escasamente efectivo. Si no hay capacidad política, tampoco la hay ejecutiva. El enfoque preventivo de las políticas (tanto en materia de protección civil, salud pública, consumo energético y alimentario responsable, movilidad sostenible, comportamientos adecuados en el monte, etc.) es escaso, tardío, aislado sectorialmente, con recursos financieros y humanos limitadísimos, y carente de una visión holística e integral, fragmentado por unas administraciones territoriales que funcionan como compartimentos estanco frente a un problema que no conoce fronteras, ni límites nacionales, autonómicos o locales. Un complejo mosaico de competencias no facilita la tarea. También en cada Administración las responsabilidades se encuentran atomizadas en silos departamentales (cuando no de DDGG) que se ocupan cada uno de ellos de un fragmento del problema (protección civil, seguridad, salud pública, consumo, energía, movilidad, agricultura y alimentación, etc.). Está claro que, con los mimbres arcaicos de hacer política y de gestionar la Administración Pública, enfrentarse a problemas de las magnitudes que comporta el cambio climático es prácticamente imposible. Sin otra visión más integral, transversal o propia de misiones o proyectos compartidos, con liderazgos ejecutivos reforzados por las situaciones de emergencia, nada se podrá conseguir. Todo lo más sobrellevar el problema.

El nuevo régimen climático, del que hablara Bruno Latour en 2017, ya está aquí, en plena efervescencia. Y nos ha cogido sin haber hecho apenas los deberes de la Agenda 2030, con sus ODS olvidados o utilizados como adorno de documentos, discursos, normas y políticas, sin efectividad alguna. La década de la acción de la Agenda 2030 (2021-2030) está consumiendo su primer tercio sin que apenas nada se haya hecho. Un balance hasta ahora paupérrimo. La pandemia atrasó su puesta en marcha. Pero, la recuperación, asentada en esos pilares que dibujó el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia y el PRTR español, se ahoga en decenas de miles de acciones micro cuarteadas a las que es francamente difícil buscarles un hilo conductor que promueva en verdad el cambio de modelo productivo y energético que enderece la sostenibilidad medioambiental y la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles, hoy en día prácticamente imposible de revertir. Cunde el pesimismo.

Mientras tanto, la ciudadanía tampoco se caracteriza precisamente por encarar el problema con conciencia efectiva, responsabilidad y tesón. Hay un núcleo ciudadano activo y limitado; pero la mayoría sobrevive al problema y lo olvida en cuanto la crisis pasa. La España abrasada se padece como una suerte de mal bíblico, en la que su población se busca la vida para salir lo menos damnificada posible de una situación en muchos casos insostenible. Los medios de comunicación construyen reportajes banales con opiniones ciudadanas a cual más estúpida sobre cómo combatir los calores extremos. En esta sociedad individualista y consumista, egoísta hasta el infinito y solidaria solo de boquilla, lo importante es vivir el día a día. A nadie (o a muy pocos) le importa el futuro, mucho más abrasador e inhabitable de lo que ahora sólo se anuncia. No quieren oír malas noticias, tampoco que nadie les cuente que tendrán que adoptar sacrificios sinfín (vivir peor y con muchas menos comodidades que las actuales) si quieren contribuir a que esto pueda tener algún remedio por pequeño que sea, y no dejar un mundo inhabitable a las próximas generaciones, como todo apunta. Nos estamos cargando, antes de construirlo, el “pacto intergeneracional”, uno de los pilares del nuevo contrato social que defendiera Minouche Shafik. Luego no pidamos que las generaciones jóvenes y las futuras sean solidarias con las más mayores: les estamos endosando un mundo inhóspito, además –singularidad hispánica- una deuda astronómica de todas nuestras alegrías presentes que deberán pagar las generaciones venideras en el futuro. Disfrutamos nuestro bienestar inmediato, para generar su malestar futuro. Si se rompe más el equilibrio intergeneracional, la sociedad española se fracturará sin remedio. Y hay culpables.

En un documento prospectivo aireado en su momento y olvidado de inmediato en la gestión política cotidiana, Estrategia España 2050, ya se hacía hincapié en que las temperaturas que tendrá España en 2050 serían muy elevadas: Madrid, por ejemplo, tendría la temperatura media que hoy en día tiene Marrakech y Barcelona la de Túnez. La desertización crecerá, la deforestación, fruto asimismo de los incendios, también; la biodiversidad está en entredicho; mientras que los recursos hídricos serán muy escasos, si bien las inundaciones crecerán por esporádicas lluvias torrenciales. Más de 20.000 personas morirán anualmente por las temperaturas extremas. Ya están empezando a morir, también los animales. Todo esto lo sabemos, pero nada hacemos. Probablemente, esa mirada prospectiva, tal como avanzan las temperaturas, la crisis climática y el duro contexto geopolítico, se quede muy corta. Si seguimos así, ya hay quien afirma que ese escenario infernal se podrá producir en poco más de una década. Lo padecerán quienes ahora lo ignoran. Y se preguntarán, ¿qué ha pasado?

Me desconcierta e irrita ese afán de la política por meter debajo de la alfombra unos problemas que son sencillamente inocultables. Esa pretensión de esconder la realidad futura con golosinas para el presente, es la viva muestra de una política irresponsable que solo busca contentar puntualmente a una ciudadanía, también inmadura y amante de la subvención, con regalos inmediatos de estrecho cálculo electoral, sin otro objeto último que garantizar su propia supervivencia existencial. Blom es muy duro con los políticos, los tacha de timoratos y arrugados. Sin coraje político el cambio climático seguirá su curso inapelable. Sin unas dosis necesarias de regreso (la modernidad, tras la globalización, está condenada; como sentencia Latour), y no de progreso de pancarta, no se detendrá la huella climática.

Esto ya no da más de sí, aunque se intente hasta el último suspiro. Tal vez haya que comenzar a decirle a la población que toca hacer sacrificios, vivir peor. No queda otra. ¿Quién se atreve? De nuestros políticos actuales, ninguno. Lo demás es puro espejismo, que pronto se borrará cuando las altas temperaturas, los problemas abastecimiento de agua y alimentos, las lluvias torrenciales, las inundaciones o, por solo exponer algunos problemas, los devastadores incendios, vayan creciendo. Nada bueno se avecina. Y la naturaleza, siempre sabia, nos lo viene anunciando, como recogiera en su día Miguel Delibes. Aun así, somos incapaces de adoptar medida alguna, salvo reconocer que este calor es insoportable y que los incendios son de sexta generación, o que los recursos hídricos se agotan. Algo estamos haciendo muy mal, y al parecer a nadie importa. Como una vez más afirmó Blom, “si las sociedades se niegan a pensar en el futuro, es porque todo irá a peor”. Por esa senda caminamos.

lunes, 18 de marzo de 2019

La política ante el nuevo régimen climático (A Propósito del libro de Bruno Latour, “Dónde aterrizar, cómo orientarse en política”, TAURUS, 2019)

Otro post de Rafael Jiménez Asensio (VozPopuli). Votar enelecciones múltiples. La ‘alta política’ puede terminar devorando a la política de proximidad’. Para evitar ese atropello la receta es diversificarel voto de acuerdo con cada escrutinio

“La creciente desigualdad, ‘la ola de populismo’ y la crisis migratoria deben ser asumidas como tres respuestas, comprensibles aunque ineficaces, ante la tremenda reacción del suelo a los estragos que la globalización le ha hecho padecer” (p. 37)

“El vacío de la política sería incomprensible sin tener en cuenta que la situación carece de todo precedente. Es desconcertante” (p. 69)

Por Rafael Jiménez Asensio.- La Mirada Institucional blog.-  La celebración de la oportuna iniciativa estudiantil denominada Fridays for future en defensa del planeta, por cierto con escasa (aunque esperanzadora) repercusión todavía en España, ha venido acompañada de reportajes y análisis sobre tan trascendental cuestión, pero –salvo error u omisión por mi parte- no he visto referencia alguna a la profunda reflexión que sobre ese fenómeno representa la obra de este ensayista, antropólogo, filósofo y sociólogo francés que es Latour.

En su reciente libro, difundido en castellano a partir de febrero de 2019, el autor acuña la expresión nuevo régimen climático para situar al lector sobre lo que es la nueva era que, en esta materia, se abre a partir de un acontecimiento histórico preciso: el acuerdo sobre el clima realizado el 12 de diciembre de 2015 en París, donde –según sus propias palabras- “los países firmantes comprendieron con horror que si llevaran a cabo sus respectivos planes de modernización, no habría un planeta compatible con sus expectativas de desarrollo. Necesitarían varios planetas, pero solo tienen uno”.

Angustia
Como también reconoce Latour, la sensación de angustia comienza a ser profunda “porque empezamos a sentir que el suelo desaparece bajo nuestros pies”. La humanidad migra buscando territorios por redescubrir y reocupar. La paradoja es que no se trata de nuevos descubrimientos de tierras ignotas (como se hizo en la etapa de la colonización), sino de ir allí dónde ya residen personas, entrar en su hábitat y compartir su espacio. El Nuevo Mundo es realmente el Viejo. Los viejos países antes colonizados llaman a la puerta de los colonizadores o, en su defecto, buscan el paraguas de los países “desarrollados” en los que la vida es, al menos en apariencia, más amable. En poco más de cinco siglos cómo han cambiado las cosas.

La tesis del libro citado es muy clara: “Migraciones, explosión de las desigualdades y nuevo régimen climático son, entonces, la misma amenaza”. Y de ella surge la tentación populista: “Levantemos fronteras estancas y así nos libraremos de ser invadidos”. Convergen, en este caso, dos tendencias muy claras: el “negacionismo climático” (o el “relativismo del cambio climático”, todavía muy presente) y la construcción de “fortalezas doradas”. Vanos empeños. Esos tres fenómenos citados producen otra consecuencia: no se trata tanto de actuar como de huir: buscar dónde aterrizar. Unos (el 1 por ciento, o los más ricos) hacia el exilio dorado; otros levantando muros, y los más miserables tomando la vía del exilio.

La tensión Global/Local se impone. Ante el empuje de la modernización, la población se refugia en lo local (en su propio Estado, en su país, nación, región o ciudad). Es la paradoja de la modernización: resucita lo más antiguo en su imposible combate con lo global. Algunas realidades políticas se deshilachan. En otros casos, el retorno a lo local se intenta compatibilizar falsamente con lo global: no se trata –parafraseando a Marx del camino de la tragedia hacia la farsa, sino más bien de una bufonada trágica. El desconcierto emerge.

La tensión Izquierda/Derecha se ve absolutamente superada por otra: Modernización/Ecología. Sin embargo, a juicio de Bruno Latour, la ecología como movimiento político ha fracasado por completo, sin que ello lo palie un reverdecer puntual de ese tipo de partidos en algunos países de Europa occidental (a su juicio, tal vez exagerado, “las formaciones verdes siguen siendo marginales en todas partes”). El problema de fondo es que tales fuerzas ecológicas han pretendido jugar siempre en el terreno de la Izquierda (animada esta siempre por la cuestión social, así como por “el progreso” o la Modernización), mientras que ahora el problema futuro es muy otro: transformar la rígida visión Izquierda/Derecha en el nuevo vector Moderno/Terrestre. Una operación de enorme dificultad, pues como reitera una y otra vez el autor “es poco probable que alguien pueda ser movilizado con la propuesta de retroceder”. Pero, hay que intentarlo. No existe otra alternativa. Y en ese empeño cualquier alianza política es válida: “Debemos aprender a reconocer un conjunto de nuevas posiciones, antes de que los militantes del extremo Moderno acaben con todo”.

Se trata, por tanto, de una lucha existencial, pero no por salvar al planeta Tierra, sino por salvar a la humanidad. La nueva cuestión “geo-social” será determinante en el siglo XXI. Se impone, así, un nuevo régimen (político) climático que condicionará la vida futura de la humanidad. Y no a muy largo plazo. En efecto, Bruno Latour utiliza la noción científica de “Zonas críticas” para identificar lo que realmente hay que salvar. No se trata del planeta, pues este continuará, aunque lo humano desaparezca. La construcción del polo “Terrestre” la realiza el autor limitándola “a una minúscula zona de pocos kilómetros de grosor entre la atmósfera y las rocas madre. Una película, un barniz, una piel, unas capas infinitamente plegadas”. Es lo que sobre todo y ante todo se debe preservar: nuestro hábitat. Pero ya no debemos hablar tanto de humanos, sino de terrestres. Es una cuestión más de civilización que de economía, si bien la transición será, una vez más, compleja. La economía sigue mandando.

La tensión ya está clara: “Aferrarse al suelo, por un lado; mundializarse, por el otro”. Lo Local rompe esa perspectiva y equivoca el foco del problema, pero cada vez tiene más predicamento en las sociedades occidentales, preñadas de populismo (levantar muros y cerrar fronteras está de moda, y tiene muchos seguidores). Tanto lo Global como lo Local promueven una imagen equivocada de lo que realmente acaece. Como expresa inigualablemente el autor galo: “Es por falta de territorio que el pueblo termina por faltar”. Y concluye: “El polo de atracción Terrestre puede devolver el sentido y dirección a la política, encargada de prevenir la catástrofe que desencadenaría la fuga hacia lo Local y el desmantelamiento del llamado orden mundial”. El libro termina con una exquisita reflexión personal del autor sobre Europa como “suelo habitable” y todas las contradicciones que encierra el choque de la mundialización y las migraciones: “Nosotros vinimos a vuestro territorio sin consultaros, vosotros vendréis al nuestro sin consultarnos. Toma y daca”. Sin embargo, Europa –a pesar de sus innegables dificultades actuales como proyecto político- sigue siendo nuestra última esperanza. Al menos, así lo expresa Latour.

Plúmbea y desmovilizadora campaña electoral
En fin, sumidos como estamos en una plúmbea y desmovilizadora campaña electoral, bien harían las fuerzas políticas en liza por introducir racionalmente en el debate este enorme problema que tendrá muy serias y relativamente inmediatas consecuencias futuras sobre amplias zonas del territorio español, en la triple y estrecha dimensión expuesta: desigualdad, migraciones y cambio climático. Pero la sensibilidad “verde” o “ecológica” nunca fue nuestro fuerte como medio de expresión política, sino claramente anecdótica o periférica. Y esa enorme carencia sigue existiendo. Tal vez la lectura de esta estimulante obra de Bruno Latour nos pueda servir para abrir los ojos, al menos a algunas personas. 

Aunque no cabe llamarse a engaño: al común de los votantes, este tipo de mensajes nunca les han calado, pues los efectos del cambio climático eran poco perceptibles a corto plazo o incluso negados. No obstante, en poco tiempo veremos cómo ese disputado suelo europeo, también español, será muy disputado. De hecho ya lo es. Muchos quieren y querrán aterrizar en él. Pues amplias zonas de esa fina capa terrestre se transformarán (ya lo están siendo) en lugares inhóspitos. Por ello me sigue sorprendiendo la estulticia humana cuando se afirma una y otra vez que está haciendo un tiempo espléndido en pleno mes de febrero o marzo donde los termómetros se disparan a valores propios de los meses de mayo o junio, y la lluvia no hace acto de presencia. Quizás no somos conscientes de esa estrecha relación entre desigualdad, migraciones y cambio climático. Hasta que nos estalle en las narices.