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sábado, 18 de febrero de 2023

Empleo Público

 El elevado porcentaje de envejecimiento del personal de la Administración demanda un plan estratégico para los próximos años

Revista de prensa. El País.- Los últimos datos relativos al empleo público apuntan a uno de los grandes problemas de nuestra Administración, que no es otro que el desafío de estructurar adecuadamente las dotaciones de personal. Las deficiencias en el ámbito sanitario están siendo patentes, con jornadas interminables y escaso tiempo para atender a los pacientes, situación que ha terminado generando un importante conflicto social, y el domingo reunió en Madrid a más de 200.000 manifestantes. Pero no es el único ámbito en el que los recursos humanos del sector público están tensionados. 

La puesta en marcha de los mecanismos del Next Generation ha presionado las capacidades de nuestra Administración, que está encontrando la salida a esta situación a través de encomiendas de gestión a entidades parapúblicas, como sociedades y fundaciones, donde la flexibilidad para contratar personal es mucho mayor. El resultado de este proceso es que hoy la composición del personal de nuestro sector público se inclina hacia la contratación laboral, en detrimento de las plazas de funcionarios. La crisis económica de 2008 y los ajustes posteriores supusieron un fuerte deterioro tanto de las dotaciones como de las condiciones del personal funcionario. Las dificultades posteriores para nuevas plazas y las urgencias de atender a necesidades emergentes han multiplicado las provisiones de personal laboral, que representa ya el 47% de todos los trabajadores de las administraciones públicas.

La diferencia entre personal laboral y personal funcionario no es menor, pues la ley reserva al segundo una serie de responsabilidades y prerrogativas de las que carece el contratado laboral, como, por ejemplo, ejercer funciones directivas en un departamento ministerial, o tramitar y aprobar determinados expedientes. De la misma manera, los procesos de promoción, formación y retribución son distintos, de manera que el funcionario de carrera tiene muchas más posibilidades de movilidad y promoción. En definitiva, una Administración pública que crece por el pilar del personal laboral, y con un fuerte problema de temporalidad que ha sido ya reprobado por la Comisión Europea, es una Administración limitada en sus capacidades humanas a largo plazo.

Urge una reflexión sobre los trabajadores de la Administración. España es el país con el personal público más envejecido de la OCDE, junto con Italia: si en 2015 el porcentaje de empleados con más de 55 años era del 35%, en 2020 este porcentaje creció hasta el 46%. En los próximos 10 años, casi la mitad del personal al servicio de las administraciones públicas se jubilará y nos enfrentaremos a un voluminoso proceso de renovación de funcionarios que iniciaron su carrera con la extensión de los servicios públicos en los ochenta y noventa, y debe hacerlo con unas plantillas menguadas y unos equipos de personal laboral que no pueden acceder a esos mismos puestos. El Ministerio de Hacienda lanzó a finales de enero una ambiciosa convocatoria para cubrir más de 27.000 plazas en la Administración General del Estado. Sea como sea, España debe replantearse, con una actuación estratégica, su modelo de personal al servicio de la Administración para adecuarlo a las necesidades de un sector público capaz de atender a las exigencias del siglo XXI.

viernes, 17 de abril de 2020

Empleo público 2020-2030 (1): Desafíos múltiples en un escenario de crisis (I)

"A menudo los sistemas pueden sostenerse más tiempo de lo que pensamos, pero terminan desplomándose mucho más rápido de lo que imaginamos” (Kenneth Rogoff)

Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.- Si ya las dificultades para articular una política de gestión o transferencia del conocimiento en las Administraciones Públicas son enormes, debido a su particular contexto organizativo, fáctico y cultural, pero especialmente normativo, mucho más lo son cuando se trata de enfrentarse a una salida masiva de personas vía jubilación legal (cuando no voluntaria) y un relevo generacional también intensivo. Esta es una singularidad española: pues en este país las Administraciones Públicas tuvieron una oleada de ingresos en las décadas de los ochenta y noventa, y tendrán otra oleada de salidas en la década de 2020-2030.

Pero, si a ello unimos el cuadro de la aún incipiente revolución tecnológica, así como nuestro particular retraso, el escenario resultante se complica sobremanera. Y el ingrediente que tal vez convertirá la situación actual en panorama diabólico es, sin duda, la confluencia en estos momentos de una crisis fiscal que, como mínimo, se prolongará algunos años. El Fondo Monetario Internacional pronostica una caída del PIB en el primer semestre de 2020 de más de 8 puntos, lo que resultan ser peores indicadores de los que se dieron en la crisis de 2008 a lo largo de varios años.

Cuando esto se escribe, aún no hay un criterio experto asentado sobre el tipo de crisis económica al que nos enfrentamos y las consecuencias que ella tendrá sobre la economía (aunque todas las hipótesis de trabajo son muy malas o pésimas), limitándose el consenso a que será una crisis de caída profunda, entre el 6-10 por ciento del PIB en 2020 (incluso hay quienes vaticina que la caída será mayor), y que requerirá para afrontarla de inmediato un endeudamiento que puede alcanzar el 110-120 por ciento del PIB, con unas subidas correlativas del déficit público que se puede disparar hasta cifras desconocidas en los últimos años (se habla del 15/16 por ciento del PIB sólo en 2020). Una crisis brutal. No tiene otro calificativo. Mucho más fuerte en sus efectos inmediatos (ya veremos los mediatos) que la de 2008.

A partir de estos consensos frágiles en el diagnóstico, las diferencias se acrecientan. Hay quienes estiman que puede ser una crisis “V”, mientras que hay otros que opinan que será tipo “U”, incluso que en algunos sectores (como el turismo) la crisis puede representarse por una “L”. Sea cual fuere el resultado final, lo que resulta obvio es que será una crisis económica que dejará las arcas públicas exhaustas, con un empobrecimiento colectivo espectacular y un crecimiento del desempleo también desorbitado (por encima del 20 por ciento de la población activa), al margen de la desaparición de parte de la actividad empresarial y un esponjamiento del denso tejido de PYMES, autónomos y profesionales que sostienen buena parte de la economía española. La digitalización intensiva y la automatización serán, tal como decíamos, las respuestas más inmediatas a este escenario ciertamente sombrío, lo que paradójicamente comportará asimismo pérdida de empleos netos. La crisis castigará, por tanto, a tres fuentes principales de empleo y recursos que mueven la economía española: turismo, construcción y servicios.

En ese contexto, los impactos sobre las Administraciones Públicas son obvios, algunos directos y otros indirectos. Los impactos directos tienen que ver con dos premisas. El hundimiento de la economía comporta inevitablemente una caída en picado de ingresos fiscales, por lo que la fuente de financiación principal del sector público en este contexto es el endeudamiento. En esto España no será una excepción, la única singularidad consistirá en que, dada su dependencia económica de tales sectores críticos y dado también el previsible incremento desbordado del desempleo (una tara endémica), los desajustes en nuestro caso serán muy superiores a los de otras economías. Como comentó  el analista bursátil Juan Ignacio Crespo, cada país tendrá su propio calvario. Y, por tanto, a la caída de ingresos se le debe sumar cómo atender esas necesidades sociales (empobrecimiento de la población) que tienen su origen en el hundimiento (total o parcial) de sectores económicos, el crecimiento del desempleo o las innumerables demandas que deberán atenderse en los próximos años en  muy diferentes frentes.

En ese complejo escenario es en el que hay que encuadrar esas jubilaciones masivas (que durante la década de 2020 se irán produciendo), así como el pretendido relevo generacional que se deberá (o se debería) llevar a cabo. Bien es cierto que, como se viene insistiendo en estas páginas, se correrán dos riesgos. El primero de ellos es el más evidente: que las necesidades inaplazables de recursos financieros conlleven un desplazamiento claro de prioridades políticas que, marcadas por el retorno a una ortodoxia presupuestaria, suponga amortizaciones en masa de las vacantes producidas en las organizaciones públicas en los próximos años (al menos, en los dos o tres ejercicios presupuestarios venideros). Si fuera un corto espacio temporal, la cuestión podría tener remedio gradual. Pero se corre el riesgo evidente de que la entropía derivada del complejo contexto se apropie de la siempre frágil agenda política, quebrando la racionalidad y sobre todo nublando la visión estratégica. Dicho de otro modo, que la precipitación por la búsqueda de soluciones (falsamente) inmediatas gane la batalla a la previsión, a la planificación y a la racionalidad. Es un escenario que no puede descartarse. En ese caso, el empleo público saldrá de esta crisis (sea en “V”, “U” o “L”) más devastado aún de lo que está y con un sinfín de problemas no solo no resueltos, sino incrementados. Probablemente, herido de muerte. Cuando se dice (retóricamente) que hace falta más Estado. En verdad, mejor Estado. 

También se corre el riesgo, en nada despreciable, de que, frente a los inevitables e inaplazables requerimientos tecnológicos y la inexistencia de personal propio que pueda asumir esas tareas, las administraciones públicas se echen de brazos abiertos al mercado y contraten toda esa actividad creciente y estratégica mediante servicios externos. La dependencia tecnológica del sector público será, por tanto, absoluta, si esto se produjera.

Relevo generacional
Con este marco sumariamente descrito, cabe preguntarse: ¿Cómo llevar a cabo una política de traspaso o transferencia del conocimiento, así como de relevo generacional y hacer frente a las demandas de la revolución tecnológica en el empleo público?, ¿con un escenario en los próximos años de descapitalización intensiva de las administraciones públicas? Las dificultades para hacerlo eran notorias antes de la crisis. Y se acrecientan notablemente después de ella. Recordemos de forma telegráfica algunas de ellas ya tratadas in extenso en páginas anteriores.

-El marco normativo que disponemos en la función pública está obsoleto y, sobre todo, totalmente inadaptado para poder abordar esa nueva realidad. Muchos nudos legales y prejuicios habrán de ser desatados.

-A ello se añade la visión cortoplacista de la política, que hasta la fecha es incapaz de elevarse lo más mínimo más allá de la propia coyuntura inmediata y, todo lo más, hasta el final del mandato (hoy en día, por lo demás, un escenario inexistente, pues ya no hay mandato, solo supervivencia). Hacer política con “luces cortas” impide planificar el futuro mediato y conlleva acumular errores cuya factura se pagará los años siguientes. Sobre este déficit o necesidad de reformas insiste hoy mismo Francisco Longo, en una recomendable entrada. Se trata de abandonar, de una vez por todas, la política sectaria y circular (dicho en términos más vulgares, de “rayas rojas” y de “marear la perdiz”) a la que, por desgracia, nos tienen acostumbrados.

-Si a lo anterior se suma la mirada reactiva (en cuanto exclusivamente endogámica) del sindicalismo del sector público, el cuadro definitivo del problema se cierra. Sobre esta cuestión ya se ha emitido opinión en estas páginas. No es necesario insistir. Cualquier reforma que perturbe el statu quo les incomoda. Y cierran su paso. Al menos hasta ahora, no son amigos de la transformación. Las cuentas públicas son, según su particular forma de observar el mundo, una “caja sin fondo”. Pronto observarán que no es así.

-Además disponemos, como ya se ha resaltado, de una institución del empleo público muy debilitada, y que se ha erosionado más aún en una última década plagada de desconcierto (desorientación), abandono y recortes. La política de función pública lleva prácticamente ausente de la agenda política desde hace más de doce años. Y es algo que estamos pagando caro, por falta de capacidad de gestión efectiva. La política poco inteligente, la que nunca ha visto el problema, lo está padeciendo en sus carnes. Y lo que es peor, sigue sin enterarse. O sin darse por enterada. La política sin buena gestión es vacío.

-La Administración actual continúa siendo un hábitat en el que los juristas colonizan funcionalmente una Administración que tiene al “BOE” como puntal sus políticas, pero cuyo futuro (algo que no termina de interiorizarse) está en la digitalización, en la revolución tecnológica y en la gestión (y protección) de datos. Otro gran agujero negro, como el de la Administración electrónica (digital), que está costando muy caro en estos momentos. Los juristas seguirán siendo necesarios, pero en mucho menor número y con funciones altamente cualificadas, pero no de tramitación. Seguir cargando la nómina pública de juristas tramitadores y de personal administrativo, es un viaje a ninguna parte.

-Se puede llevar a cabo un ejercicio de prospectiva y formular algunas hipótesis, y en ese horizonte no es exagerado afirmar que en el plazo de pocos años sobrarán decenas de miles, cuando no centenares de miles, de dotaciones de puestos de trabajo que actualmente desempeñan funciones de tramitación administrativa, que serán de inmediato o de forma más mediata automatizadas. No hay alternativa, por mucho que se pretenda distraer su llegada. Negar el problema, como si no existiera, tampoco es solución. Lo dramático es que la crisis puede acelerar este proceso (amortizaciones), pero sin hacerlo racional (transformación de nuevos perfiles de puestos). Ajuste salvaje, se le llama. No lo descarten.

-Y, en fin, algo ya reiterado también en este texto. Si la política no toma en serio a la función pública, es muy difícil que ésta pueda despegar. Tampoco aquélla, Así, abandonadas a su propia suerte, las unidades de recursos humanos del sector público (donde las hay) se dedican preferentemente a hacer administración de personal (a realizar tareas muchas veces propias de una gestoría administrativa de personal), no llevan a cabo apenas funciones de planificación u organización como tampoco gestión de recursos humanos, salvo en su dimensión meramente formal, pero no hay una apuesta seria por una gestión de la diferencia basada en la evaluación del desempeño. Es la única vía. Nadie quiere tomar decisiones molestas. Y sin medir resultados (“todo el mundo es bueno”), el igualitarismo barato anega la función pública y la convierte en inútil. Una burocracia formal que se recrea a sí misma. Hay excepciones, pero son muy pocas. La política de gestión de personas está prácticamente ausente en los distintos niveles de gobierno. Hasta hoy, nos les interesa. Veremos mañana.

Ese contexto, resumido sumariamente, es en el que se debe encuadrar una compleja política de renovación generacional y de adaptación a la revolución tecnológica como consecuencia de las jubilaciones en masa.  Ese proceso debería implicar una sustitución ordenada del conocimiento perdido (gestión y transferencia del conocimiento) en aquellos casos que sea necesario, así como una adecuación o adaptación acelerada de las estructuras de empleo público a la imparable revolución tecnológica, en la que la Administración Pública lleva un retraso espectacular. Y todo ello, condimentado a última hora  (o condicionado, mejor dicho), por la enorme crisis económica y fiscal que nos espera. ¿Cómo cuadrar cabalmente ese complejo escenario? A dar respuesta a esta cuestión, dedicaremos la siguiente entrada.

[1].- Esta entrada y la que se publicará como continuación incorporan algunas ideas (con aportaciones puntuales “más ligeras”) de la parte final de un artículo que se publicará próximamente en el Anuario de Derecho Municipal 2019 editado por el Instituto de Derecho Local de la Universidad Autónoma de Madrid y por Marcial Pons, que lleva por título “El (inaplazable) relevo generacional en las Administraciones Públicas: desafíos en un entorno de revolución tecnológica y de crisis fiscal como consecuencia de la pandemia de 2020”. Este origen es el que explica que, por lo que afecta al empleo público, se traten específicamente cuatro tipo de problemas: jubilaciones masivas de empleados públicos, relevo generacional, impactos de la revolución tecnológica y los previsibles condicionamientos derivados de la crisis fiscal como consecuencia del COVID-19 para afrontar tales retos. Agradezco al profesor Francisco Velasco Caballero, la invitación cursada para redactar este artículo, aunque el impacto de la emergencia sanitaria y sus secuelas fiscales, haya empañado la redacción final de este trabajo, que se ha debido de reconstruir en buena parte.

lunes, 28 de enero de 2019

Dos razones para no alarmase ante las jubilaciones masivas en la Administración Pública


Por Jesús Martínez. Trabajo colaborativo blog.- Recomendación previa a la lectura: (Este post debe leerse con atención. El título no debe inducir a error. No niego la gravedad de la salida masiva de profesionales en los próximos años. Pero esta gravedad vendrá por la perdida de efectivos ( o su no reposición por otros perfiles mas ajustados a las nuevas necesidades) que no por fuga de talento. Ese efecto es el que minimizo de forma consciente. Es como si pretendiéramos que con una hipotética ( e imposible, por otra  parte), prohibición de jubilaciones, mejoraría la Administración Pública. Y lo fundamento en dos tipos de variables: la motivacional y la de la gestión (informal) del conocimiento. La entrada ha de leerse , por tanto, únicamente en clave de gestión del conocimiento. La imagen alude a ello).

Podría empezar y, quizás, acabar este post, con una frase: “la Administración lo aguanta todo”. En todo caso, podría añadir algo más: si estamos siendo capaces de subsistir a los cambios (cada vez más frecuentes) de ciclo político  sin blindajes como la  Dirección Pública Profesional , o la carrera horizontal ( muy necesaria para contrarrestar la -también cada vez más frecuente- fuga/robo de  talento),  no nos vamos a preocupar por la retirada de conocimiento de  las personas que se jubilan. (Nota: léase con un poco de ironía;).

De todas maneras -y ya entrando en serio-, quiero reflexionar en esta entrada sobre si estamos siendo alarmistas con la retirada/jubilación de profesionales (sean de mucha o poca especialización), aunque en los próximos años sean masivas.  Creo que nos conviene un punto de vista más matizado y centrar el debate más en la dimensión necesaria de la Administración del futuro -y su ajuste en base a nuevos perfiles competenciales-, que por un pretendido caos generado por la retirada de este conocimiento. Y lo digo desde el punto de vista de la necesaria gestión (o no) del conocimiento implicado.

Otra puntualización previa: en este post -ya aviso-, seré (en ausencia de más investigación solvente) subjetivo, e iré (aparentemente) en contra de la línea de pensamiento pesimista incluso propagada por mí mismo-, que se ha instalado en el debate acerca de las jubilaciones masivas. Día sí y día también nos hemos convencido de que estamos ante una gran catástrofe sino establecemos acciones inmediatas y contundentes.

No negaré que existe una gran oportunidad de renovar la Administración Pública (de abajo a arriba) mediante la actualización/reinvención de los procesos de incorporación de nuevo personal. Como es una tesis muy bien explicada poCarlos Ramio y Miquel Salvador recientemente, y muy bien documentada y fundamentada por Mikel Gorriti, no redundaré en ella. Si acaso, añadiré que la evidencia más reciente nos viene demostrando que la función pública es atractiva para una parte de los jóvenes que valoran como principal factor del empleo público su estabilidad. En cambio, para otro tipo de jóvenes (me temo que más numerosos), solo estarían interesados por la función pública si la percibieran asociada a sus valores fundacionales de servicio (y no tanto como organizaciones burocratizadas). Como demuestra este estudio holandés, este tipo de perfiles optan más por enrolarse en ONGs.

Con lo cual, ante procesos de selección no renovados y sin sex-appeal para estos jóvenes más comprometidos, solo vamos a seducir (aunque cambiemos las pruebas de entrada (¡desengañémonos!) a los perfiles tradicionales.

Pero no quiero desviarme. Lo que quería explicar en esta entrada es que el peligro viene más por la no reposición de efectivos mediante una planificación inteligente, que por los efectos de una pretendida mala gestión de la edad. A menudo se reclaman de forma urgente programas de gestión del conocimiento ante la retirada masiva de los profesionales, sobre todo aquellos en los que están en posiciones de alta especialización. Y ésto es lo que quiero matizar.

En mi experiencia en una organización que podemos considerar de tamaño mediano grande (unas 14000 personas y con especialidades profesionales de todo tipo, incluidas las de un gran desgaste profesional), en los últimos años ya se viene produciendo esta retirada progresiva de profesionales. Pero, no hemos asistido a ningún drama por jubilación. Ningún servicio se ha paralizado,  ni se han reducido prestaciones en cantidad o en calidad. Sí que es verdad que muchos profesionales han incrementado su carga de trabajo al no haber existido reposición en la misma medida que el abandono. Pero la salida de lo que Mikel Gorriti llama conocimiento intuitivoaún no se ha notado. (Véase nota final)

Haciendo un análisis en más profundidad encuentro dos factores que matizan este tipo de pronósticos alarmistas que (yo me incluyo) hemos creado.

1- No es la edad, es la motivación
Vengo observando entre colegas y otros profesionales de una cierta edad con los que me relaciono dos tipos de actitudes. Algunos de ellos me dices que están pensando – y haciendo cálculos económicos-, en jubilarse uno o dos años antes de los que les tocaría. En cambio, otros muy enganchados a su trabajo verbalizan grandes ganas de seguir. Creo que este fenómeno no es diferente a los profesionales más jóvenes. Algunos desean cambiar y ubicarse en otros espacios con más y mejores expectativas y, otros, están encantados y disfrutando de su ocupación. Con lo cual, la variable edad, como ya nos dijera Laura Rosillo en múltiples ocasiones, (y lo sistematizan muy bien Ramio y Salvador (2018: 261) no es una variable explicativa. Pasó lo mismo en el ámbito tecnológico, que tardamos demasiados años en desmontar el mito del nativo digital como eficiente en el uso de la tecnología. Aquí igual. La variable principal en el rendimiento es la conexión (motivadora) con el trabajo. O sea, no hay mejor cura de rejuvenecimiento que tener un trabajo en el que te sientas conectado y aportando. La consecuencia obvia es una llamada directa a RRHH a impulsar políticas de personal (soportándose en los cuadros directivos) , que  refuercen  e incrementen la conexión entre el profesional y su puesto de trabajo, ¡en todas las edades!

2- Siempre hay un plan B: la gestión del conocimiento informal
Algunas de las más importantes conclusiones aportadas por los diferentes seminarios que se han realizado sobre gestión del conocimiento y la edad en las Escuelas de Administración Pública desde hace ya más de tres años, recogen que las mejores aportaciones en gestión del conocimiento a nivel internacional se refieren a la necesidad de codificar el conocimiento crítico antes de la salida de los profesionales y ponerlo a disposición de los entrantes (y de toda la organización). Es así como existen múltiples metodologías para establecer protocolos, manuales, guías de traspaso, etcétera. Estas aportaciones han ido creando una metodología específica en el campo de la gestión del conocimiento que recomiendan establecer estas prácticas de forma intencional y tutelada en todas las áreas de negocio. Cuanto más especializado y crítico sea el conocimiento, más necesaria se hace su intervención.

Como no puede ser de otra manera, es muy importante prever la fuga de talento y proceder a su codificación y transferencia a la organización. Pero lo llamativo es que en organizaciones que aún no han dado este paso (y es mi hipótesis), podríamos decir que, de forma informal, se viene estableciendo algún tipo de pacto de traspaso para evitar males mayores.  A veces, de forma muy poco sistematizada; a veces con medios y metodologías muy dispares y muy personales. Es como si existiera un compromiso del que se va (en ocasiones más por su cuenta que corporativo), en dejar bien atado el legado, el cual, entienden, que no debe perderse. Entiendo que es necesario encuadrar este tipo de prácticas informales dentro de políticas corporativas y no dejarlas al criterio de los diferentes profesionales. Pero lo sustantivo es que por estas vías (bien intencionadas e informales) se hace mucho por la retención del conocimiento que, a veces, por grandes propuestas formales de gestión del conocimiento que, si no están bien definidas caen en la artificialidad.

De todas maneras, este mecanismo anterior no es privativo de esta fase previa a la jubilación. Ante bajas, vacaciones, etc., ya está funcionando de facto este relevo entre equipos. O sea, la necesaria polivalencia como seguro ante lo imprevisto.

Nota final: Para Mikel Gorriti, este conocimiento intuitivo   no está vinculado necesariamente a aspectos estrictamente técnicos sino a los “constituyentes de su intuición experta” (Gorriti, 2016); aquello que los funcionarios séniors (por intuición experta o madura, asentada en unos conocimientos y en un saber hacer) realizan de modo casi inconsciente. Se refiere a conocimientos de modelos, patrones, criterios que se activan ante estímulos reconocibles desde dicha experiencia. El conocimiento derivado de la intuición experta permite ver lo que otros no ven o establecer relaciones causales desde su marco de referencia. ( En Ramió y Salvador  2018:  260)