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domingo, 13 de marzo de 2022

Gestión Pública, la gran asignatura pendiente de la política

 “Los estadistas exitosos se comportan como artesanos que comprenden su medio”. (Isaiah Berlin, El poder de las ideas. Ensayos escogidos, Página indómita, 2017, p. 253)

Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.-

El desinterés por la gestión de una política cada vez más cosmética

Lo que aquí pretendo exponer es una epidérmica reflexión sobre dos cuestiones que me preocupan desde hace tiempo. La primera tiene que ver con la importancia de la gestión a la hora de hacer política, pero particularmente sobre la necesidad de que, para que una gestión política sea mínimamente exitosa, requiere basarse sobre una buena gestión pública. Y ello, aparte de asentarse en unas condiciones específicas de liderazgo político, solo puede descansar sobre una Administración profesional, efectiva e íntegra. Lejos estamos de ese ideal.

Es cierto que puede haber construcciones de liderazgos políticos más o menos sólidos alejados de los problemas terrenales; pero más temprano que tarde se derrumban como una pirámide de bolas de billar. Una buena política no puede entenderse si no viene acompañada de una gestión pública correctamente alineada y con fuertes capacidades ejecutivas que la hagan operativa. Aun así, erre que erre, la política actual vive inmersa en el ensimismamiento absoluto de la comunicación como eje que (ingenuamente se piensa) todo lo cubre, abandonando casi totalmente la gestión como sustrato nuclear de esa buena política. La burbuja de la comunicación política está bastardeando esa digna actividad hasta límites insospechados y convirtiendo a los partidos y, sobre todo, a sus actores (políticos) en títeres absurdos, papagayos y hasta personajes patéticos, a quienes la ciudadanía inteligente abandona (incluso ya desprecia) a la primera de cambio, sobre todo cuando repiten una y otra vez sin salirse del guion los eslóganes o el “argumentario” político del día cocinado apresuradamente por comunicadores embozados en gabinetes en la sombra que analizan cotidianamente el contexto político-institucional como si fuera un mapa de guerra, cuyo objetivo es exterminar al enemigo y ganar la pírrica batalla cotidiana de la opinión para invertir (o pretender hacerlo) las volátiles encuestas de opinión. Todo lo más, empujados por sus asesores, ven únicamente la gestión como medio de ponerse medallas. Los políticos si adoptan el lenguaje de la gestión es para emitir anuncios a la galería. Error infantil y cansino.

Siempre echo mano de Isaiah Berlin cuando trato de explicar qué es un buen político. A mi modo de ver, su enfoque del problema es insuperable. En uno de sus múltiples estudios (“El juicio político”), el autor letón destaca que una de las capacidades más importantes que ha de tener el político de éxito es el saber práctico. A quienes carecen de esa cualidad, los tacha de ineptos. No vale con ser culto, listo, atractivo, amable o genial, pues es insuficiente, hay que saber traducir la política en acción, pues como recordara Hanna Arendt la acción está en el corazón de la actividad política. Aun así, esa acción debe encuadrarse en los principios y en la ejecución de una buena gestión pública, que con tanta frecuencia se olvida.

En efecto, donde mejor se manifiesta ese saber práctico del político es en el ámbito de la traducción de sus políticas en hechos tangibles y efectivos, que comporten transformaciones y, sobre todo, mejoren la vida de la gente a quienes pretendidamente gobiernan. Lo demás es coreografía y fuegos artificiales, que una vez terminados no queda de ellos más que una capa de humo y cohetes quemados por los suelos. 

Además de ese saber práctico, un estadista (o un político con responsabilidades elevadas) requiere disponer, como también exponía Berlín, de un especial sentido de la realidad, no disfrazarla constantemente ni embozarse en un discurso altisonante lleno, según se esté en el gobierno o en la oposición, de mentiras piadosas o de vaticinios apocalípticos. Y aquí juega un papel esencial la intuición, pues como exponía este autor el oficio de estadista consiste en “el arte de gobernar y de transformar las sociedades”, y el político genial –concluía, a diferencia de quienes son expertos académicos en tales materias- “no pueden enseñar un conjunto específico de reglas”, ya que la “experiencia política es más comprensión que conocimiento”, pues en esa actividad tan volátil y de contornos tan difusos “existe un elemento de improvisación, de tocar de oído, de ser capaz de valorar la situación, de saber cuándo saltar y cuándo quedarse quieto” (El sentido de la realidad, Taurus, 2017). Nada de esto se enseña en ningún sitio, salvo en la arena política y en la práctica política inteligente.

La política se ensalza (y los grandes líderes de la historia así lo acreditan) por los hechos o evidencias concretas que hacen progresar a un país y, en especial, a sus gentes, buscando siempre hacerlas –como decía Pepe Mujica- más felices. Y para lograr tales metas quien piense que se pueden alcanzar sin una auténtica capacidad ejecutiva o de gestión de las estructuras y personas que deben poner en marcha semejantes retos, no ha entendido nada y probablemente nunca lo entenderá. Hará, en este caso política circular para ganar la silla y, una vez perdida, volver de nuevo al mismo juego: cómo recuperarla. Los liderazgos y los gobiernos no solo fracasan por malas políticas, sino también por mala gestión o pésima comprensión de lo que la gestión implica para la propia política.

No basta con vender paraísos terrenales que ninguno de nosotros alcanzará a tocar con los dedos (como decía A. Herzen, “un objetivo que es infinitamente remoto no es un objetivo, es sencillamente un engaño”), tampoco es suficiente –según reconocía Berlin- con pretender como talismán mágico buscar siempre la suerte, también es arriesgadísimo jugar la partida a los fallos del adversario político (aunque en ocasiones puedan tener un papel importante de desenlaces electorales. Los comunicadores políticos y expertos en “asuntos públicos” que abundan por doquier siempre tendrán a mano su catálogo de soluciones contextuales para disfrazar la tozuda realidad de quienes realmente nos gobiernan. Tal vez ganen elecciones, aunque a veces ni siquiera eso, pero lo que realmente nunca consiguen es mejorar la vida de los pueblos y sus gentes. Son especialistas consagrados en vender humo (político) para ensalzar liderazgos no pocas veces artificiales e inconsistentes. Y ejemplos de ellos tenemos por doquier; no es menester recordarlos. La política actual está preñada de mediocridad, a veces alarmante.

Una política burocratizada y endogámica

Y de aquí viene la segunda reflexión: en nuestro contexto político la política se ha burocratizado hasta límites insospechados. La política se ha convertido en un trasiego circular cerrado de cargos públicos sin apenas entrada alguna de talento externo. Todos creen servir para todo, lo cual es falso. Además, la política actual es aburridamente previsible. Inclusive, a quienes nos apasiona esa actividad, nos resulta hoy en día insufrible. Falta frescura, hay carencia absoluta de discurso inteligente y propio, todo se reduce a cacarear consignas y a una batalla por el poder estar (las poltronas) o cómo seguir enchufado al Presupuesto. Se trata de una política cada vez más alejada de los problemas reales, con una concepción endogámica, autista y desgajada de su aparato ejecutivo (Administración Pública), con el que no sabe qué hacer realmente, aparte de invadir groseramente un espacio que no le compete, y anular su (cada vez más escasa) efectividad y capacidad de ejecución. Necesita una urgente refundación, y nadie sabe (e intuyo que tampoco se quiere) cómo hacerla.

Quien piense que un estado, un país, un territorio, una ciudad, saldrán adelante solo con políticos que venden imagen, emociones vanas, palabras huecas o que toda su ambición es colonizar espacios institucionales, tiene mucho de ignorante o, lo que es peor, de temerario o de caimán de una política, de quien todo lo ve desde la atalaya sectaria de la victoria absoluta de su líder (o partido) y el arrumbamiento del contrario. Una política que promueve la impotencia de las estructuras gubernamentales y burocráticas profesionales, termina echándose abiertamente en brazos del mercado para que pretendidamente le resuelva lo que ella no sabe cómo ejecutar (porque no sabe cómo dirigir ni reformar sus propias estructuras de gestión), y probablemente el mercado tampoco (lo cual ya es entrar en un bucle de ineficiencia y hasta incluso a veces de corrupción). El gobierno estatal o los territoriales simulan que gobiernan, pero no lo hacen realmente. Han llegado a un punto que ya no saben cómo gestionar, que es tanto como no saber nada de lo que es la política. Y esto es lo que está pasando, y pasará mucho más en los próximos años si nadie lo remedia: la política, con fuertes dosis cruzadas de cosmética y de endogamia autista aderezada de populismo, lleva tiempo burocratizándose y vaciándose de sentido de la realidad; y, por si fuera poco, está conduciendo, además, irresponsablemente a una descapitalización y desprofesionalización de la Administración Pública que se manifiesta también impetuosamente en una ocupación cada vez más grosera de las instituciones y de los niveles directivos o de la alta burocracia por personas inanes sin formación ni competencias efectivas para el liderazgo ejecutivo o (en el mejor de los casos, si es que algo tienen de esto último) sin margen de maniobra para hacer nada, ya que han sido incorporadas (y serán cesadas) por criterios de confianza (política) o de lealtad mal entendida, proceso que viene acompañado por una concepción cada vez más vicarial y adjetiva de una descapitalizada función pública profesional y un arrumbamiento extendidísimo y letal del principio de igualdad, mérito y capacidad en el acceso a la función pública, que también pretende indirectamente de paso beneficiar a los amigos políticos y sindicales incorporados en su momento por el poder de turno. Los efectos inmediatos, pero sobre todo mediatos, si no se atenúa rápidamente esta grave deriva de vaciamiento de las capacidades ejecutivas del Estado en su conjunto, serán irreparables. Y no habrá que esperar mucho para notarlos.

La (eterna) receta: resituar la política supone reforzarla y exige profesionalizar la gestión.   

En consecuencia, no hay otra solución cabal que reforzar la gestión y la profesionalización de la Administración Pública para hacer buena política, lo que comporta (tarea hercúlea) resituar a la política en su esfera natural propia y en el ejercicio de sus verdaderas y transcendentales funciones en el marco de un Estado social y democrático de Derecho que, a diferencia de las democracias  más avanzadas, en España nunca hemos sabido construir de modo efectivo a lo largo de la historia de este país. Todo se ha quedado en formas vacuas. El desnivel que ofrece España en este punto, frente a las democracias avanzadas, es desgarrador. Muy superior ya al que Julián Marías situaba en una generación. Estamos anclados en patologías decimonónicas.

De no hacerse así, las consecuencias –como decía- serán visibles a corto plazo: el proceso de recuperación y transformación del país, puede sufrir un fiasco gravísimo, pues se habrá perdido un tren que nunca más volverá. Habrá algunos recursos para hoy, y hambre para mañana. La política se mostrará (ya lo está haciendo) cada vez más impotente y la Administración Pública menos efectiva, hasta resultar decorativa formalmente la primera y (casi) prescindible la segunda, salvo para pagar nóminas, contratar intensiva y externamente sus servicios y evitar que la tasa de desempleados se dispare más. Y la pretendida resiliencia se convertirá en un queso gruyere. Más aún con el letal escenario geoestratégico, económico, social y sobre todo humanitario que la invasión/guerra de Ucrania por parte de la Rusia del despiadado Putin está provocando, cuyos reales efectos están aún por manifestarse, pero que serán muy graves.

Si nada de esto les hace reaccionar,  se constataría finalmente que nuestros políticos ni tienen saber práctico, ni sentido de realidad, pero tampoco intuición, amén de que se han convertido, apenas sin advertirlo o darse cuenta, en meros burócratas de la política a quienes solo les interesa subjetivamente mantener su zona de confort y objetivamente el poder sectario de su partido o tribu y cómo distribuir prebendas a su clientela, con indiferencia casi absoluta a lo que pase con este país y con sus gentes. Con estos mimbres, fiar la recuperación en los años de crisis que ya se avecinan a la suerte es una auténtica frivolidad, por ser suave en el juicio.

martes, 3 de febrero de 2015

La Reforma del Sistema de Acreditación del Profesorado Universitario

 "La publicidad de los currículum y un control a posteriori más riguroso podría ser una alternativa mucho más eficiente"
Blog Nada es Gratis. Manuel Bagues.- Uno de los problemas más complejos de la universidad española es la endogamia. Ni siquiera Podemos, que tiene soluciones mágicas para la pobreza, el desempleo o la deuda pública, parece haber encontrado  la solución para nuestras universidades, y eso que las conocen de primera mano. 
 
Universidad de Vigo
Para intentar corregir el problema de la endogamia en España en su día se apostó por un sistema de controles externo, la habilitación/acreditación, con el que se pretende asegurar que los candidatos a una determinada plaza reúnen unos niveles mínimos de calidad académica. Tras siete polémicos años de rodaje del sistema de acreditación, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) ha anunciado la introducción a partir de esta primavera de una importante reforma.
 
Aunque todavía no se conocen los detalles definitivos, la ANECA ha avanzado en diversos foros sus principales aspectos (borrador del real decreto, presentación y video). Las evaluaciones, que hasta ahora estaban organizadas en cinco macro-ramas, pasan a estar estructuradas en ámbitos más específicos. Por ejemplo, en el caso de los economistas, pasaríamos de ser evaluados por una macro-comisión de Ciencias Sociales y Jurídicas a una comisión que únicamente incluiría las áreas afines: Economía Aplicada, Fundamentos de Análisis Económico, Historia Económica, Métodos Cuantitativos, Marketing, Finanzas y Contabilidad, y Organización de Empresas. En principio esta nueva configuración debería permitir que las evaluaciones fueran más precisas y más ajustadas a la idiosincracia de cada área disciplinaria. También se cambia la estructura de la evaluación, que estaba organizada en un rígido sistema de puntos por subáreas estancas y se introduce en su lugar un sistema más flexible que permite la diversidad de perfiles.
 
Por ejemplo, como se señalaba en el (aparentemente malogrado) Informe de la Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español, con el actual sistema un premio Nobel podría no conseguir la acreditación para Catedrático al carecer de puntos de gestión o no haber dado las suficientes horas de docencia. Las nuevas normas de compensación permitirían compensar esa menor experiencia docente con una excelente trayectoria investigadora. También parece positiva la idea de dar más peso en los baremos a la investigación, en detrimento de la gestión, la transferencia y la actividad profesional, aunque en la práctica la efectividad de estos cambios dependerá en gran medida de las exigencias de cada comisión. Por último, entre otras medidas, se promete introducir más transparencia, que hasta el momento era muy limitada. En el futuro las comisiones publicarán los criterios de evaluación utilizados en cada ámbito.
 
Es positivo que el sistema de acreditación se reforme periódicamente. La eficiencia de cualquier sistema de evaluación depende en gran parte de su dinamismo y de su capacidad para corregir las (inevitables) deficiencias que se detecten. Aún así hay muchos aspectos del sistema que siguen siendo cuestionables. El nivel de transparencia sigue siendo limitado y contrasta con las prácticas que se siguen en los países nórdicos o, más recientemente, en Italia. La experiencia de la Abilitazione Scientifica Nazionale es muy ilustrativa. Al inicio del proceso, los tribunales italianos publican online sus criterios de evaluación. Más adelante, también se pone a disposición del público los currículum de todos los candidatos y los textos de todas las evaluaciones donde el tribunal justifica cada decisión.
 
Favoritismo
Un estudio que estoy realizando actualmente sobre este proceso conjuntamente con Mauro Sylos-Labini y Natalia Zinovyeva muestra que el grado de favoritismo observado en la Abilitazione ha sido sorprendentemente bajo para los estándares de la Europa meridional. Aprovechando que los miembros de los tribunales de evaluación son elegidos a través de un sorteo aleatorio, comparamos las posibilidades de éxito de unos 70,000 candidatos preinscritos en función de si un colega de su universidad o un coautor resulta elegido por sorteo como miembro del tribunal. La presencia de estas conexiones en el tribunal aumenta su tasa de éxito en cerca de un 12% (4 puntos porcentuales, del 34 al 38%). Esta cifra es muy inferior al sesgo que observábamos en un estudio muy similar que realizamos de las Pruebas de Habilitación celebradas en España entre 2002 y 2006. Analizando las evaluaciones recibidas por los cerca de 30,000 participantes en estas pruebas, en este caso la presencia (también decidida por sorteo) en el tribunal de un coautor o un colega aumentaba la probabilidad de ser habilitado en más de un 50% (unos 6 puntos porcentuales, del 9 al 15%).
 

Favoritismo en las pruebas de habilitación: España (2002-2006) e Italia (2012-2014)
Favoritismo en las pruebas de habilitación: España (2002-2006) e Italia (2012-2014)

 
No podemos descartar que la diferencia entre el grado de favoritismo observado en la Abilitazione italiana y la Habilitación española se deba a otros factores, por ejemplo a la mayor trascendencia que tenía el resultado de la evaluación en el caso español, pero aún así los resultados son muy sugestivos y son consistentes con la idea de que los evaluadores son más objetivos cuando hay luz y taquígrafos. Nos habría encantando realizar un estudio similar del sistema de Acreditación español introducido en 2007, pero la opacidad del sistema por desgracia lo impide.
 
La transparencia también tiene costes. Puede inducir a que los evaluadores utilicen únicamente “hard information” y renuncien a valiosa “soft information” que no puede ser publicitada (por ejemplo, cual ha sido la contribución de cada co-autor en un artículo). También es probable que conlleve un aumento en la litigiosidad. En Italia se han presentado cerca de 3000 recursos y se han desatado interminables discusiones públicas sobre las evaluaciones realizadas en algunos campos (e.g.: la comisión de Historia Económica únicamente consideró las publicaciones no co-autoradas). Pero en su conjunto, mi impresión general es que la transparencia introduce una rendición de cuentas muy necesaria para el sistema.
 
Hay otros problemas del sistema de acreditación que la reforma aparentemente no aborda. Se genera un ingente y costoso papeleo administrativo. En la era de internet cuesta creer que sea necesario un papel firmado y sellado para documentar la asistencia a una conferencia. La publicidad de los currículum y un control a posteriori más riguroso podría ser una alternativa mucho más eficiente. También genera dudas la evaluación de la docencia. Es peligroso dar un peso elevado a una dimensión que la comisión evaluadora, que ni siquiera interactúa con el candidato, observa de manera muy poco precisa. Muy a menudo los méritos docentes son valorados de manera lineal en función de los años que el candidato ha dado clase. Esta es una medida muy dudosa de la calidad docente, dar mal las clases durante muchos años debería ser más bien un demérito. Algo parecido ocurre con los méritos de gestión, tendría quizás más sentido dejar que los valorasen y los premiasen las propias universidades, que en este caso sí tienen la información y los incentivos adecuados. También es importante cómo se determina el número total de acreditados (en la actualidad ilimitado). Si el número de acreditados es excesivo en relación al número de plazas disponibles la acreditación tendrá un efecto muy limitado sobre las decisiones de promoción de las universidades.
 
Escaso  optimismo
No es fácil ser optimista acerca del futuro de la universidad española, una institución experta en que cambie todo para que todo siga igual. La raíz del problema probablemente resida en su gobernanza, que en general no proporciona los incentivos adecuados para contratar a los mejores profesores, en combinación quizás con la ausencia de capital social. El sistema de acreditación es una tarea de Sísifo que tiene los límites intrínsecos a cualquier sistema que aspira a cuantificar la calidad de una manera verificable. Más allá de esta reforma adicional del sistema de acreditación, quizás hubiera sido más conveniente introducir en las universidades españolas un sistema de incentivos que fomentase la meritocracia, vinculando la financiación de los centros a la calidad de la investigación y la docencia. O quizás, como proponía la Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español, un sistema mixto, combinando la vía de la acreditación con más autonomía e incentivos. 
 
Pero en su defecto, y con las debidas cautelas, en mi opinión la reforma parece ir en la dirección correcta, potenciando la calidad en lugar de la cantidad, intentando poner coto a los comportamientos oportunistas no deseables (por ejemplo, la tendencia a la dispersión curricular para arañar puntos en cada subapartado), y prometiendo, aunque tímidamente, un deseable aumento de la transparencia.

martes, 2 de diciembre de 2014

La falta de meritocracia en la universidad

"Hay varios estudios recientes  que documentan una correlación entre la endogamia y una menor productividad científica"
 
Blog Nada es Gratis. Antonio Cabrales.-  Resulta interesante que el mismo día que hablamos de meritocracia y escuela privada, El País nos ha recordado con un excelente reportaje que la universidad también tiene un largo camino que recorrer para que las contrataciones se hagan primando el mérito y la capacidad, y no un sistema feudal en el que un 73% de los profesores han sido estudiantes en la misma institución en la que trabajan.
 
UCM de Madrid
Quería hacer dos observaciones a este respecto:
 
1.- No toda la universidad es culpable de estas malas prácticas. Los dos departamentos de economía en los que he trabajado en España no contrataban a sus doctores si éstos no habían conseguido una plaza permanente en algún otro lugar, y me consta que otros hacen lo mismo, así que nos aplicamos lo que predicamos. No sé si esto funciona igual en otras disciplinas, me encantaría saber que las buenas prácticas son más generales y animarlos para que sigan así.
 
2.- La falta de meritocracia importa. El reportaje atribuye al fenómeno la preocupante falta de universidades españolas en la élite mundial. Sin embargo noten que los departamentos de economía que NO siguen la mala práctica están mucho más arriba en su campo en los rankings (alrededor del 40, ver aquí o aquí) que el puesto 200 que El País atribuye a la Universitat de Barcelona.
 
De forma más general, hay varios estudios recientes, (como éste, o éste) que documentan una correlación entre la endogamia y una menor productividad científica. Y, sí, es verdad, estos estudios no prueban que la endogamia cause la baja productividad. Pero dado que los salarios y las cargas docentes son prácticamente iguales entre universidades, si la endogamia no hace a los profesores menos productivos, ciertamente hace que la selección de los mismos sea bastante deficiente, ¿no?.