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martes, 2 de julio de 2019

Israel Pastor: ¿Está la función pública preparada para un sistema político nuevo?

Por Israel Pastor Sainz-Pardo. EsPúblico blog.-  El sistema político actual se caracteriza, según muchos de sus analistas actuales (y en esto sigo al politólogo Pablo Simón), por su volatilidad, fragmentación, la aparición de nuevos partidos, en particular de extrema derecha, y también por la dificultad de formar gobiernos. Y qué decir del que estos sean estables. Esto es lo que Simón llama “la nueva normalidad”. Las recientes experiencias electorales de abril y mayo de 2019 en España han demostrado que esto es así en todos los niveles de gobierno. Por eso, quizás uno de los retos más importantes de las democracias actuales es la estabilidad.

Cabe preguntarse, en coherencia con una cuestión de mayor alcance, acerca de si todas nuestras instituciones políticas siguen estando adaptadas a su tiempo. No en vano, desde la crisis de desafección política del período 2007-2016, se habla con cierta intensidad de reformar la Constitución de 1978. Este desafío es aún mayor en un contexto de inestabilidad generalizada marcado por, al menos, tres factores. El primero serían los rasgos antes mencionados como compartidos por las democracias representativas europeas. El segundo, la incertidumbre del sistema económico global en el que han irrumpido actores nuevos en la era de la cuarta revolución industrial. Y, por último, el rol de los medios de comunicación social que, con la irrupción de las redes sociales por internet, representan una de las variables independientes del sistema más complejas a las que deben hacer frente los gobernantes de hoy. Los bulos, el politainment, la inmediatez, los multicanales o la ferocidad de la comunicación política. Créanme, es un salto enorme pasar de las covachuelas decimonónicas a poder/querer/deber “saber a qué se dedican los políticos en cualquier momento, cosa que puede parecer una manera de confiar en ellos completamente”, en palabras del politólogo británico David Runciman. Pero “eso no es confianza. Es vigilancia (oversight), que es lo opuesto a la confianza” (How democracy ends, pág. 144, traducción mía). En suma, un contexto casi abrupto y, desde luego, insólito para el que cabe preguntarse si la función pública española está capacitada.

Coaliciones
Desde el punto de vista del gobierno, que es la variable del sistema que influye directamente, suele resolverse en los sistemas parlamentarios mediante la creación de un gobierno de coalición. Por definición, este modelo clásico propio del parlamentarismo se conforma con miembros de dos o más partidos políticos, normalmente en torno a un programa político común pactado de antemano. Sin embargo, como un síntoma más, posmoderno quizás, la política española nos ofrece fórmulas innovadoras: gobiernos de “de colaboración” y, sobre todo, el turnismo dentro de una misma legislatura. Es como si los representantes políticos hubiesen caído por fin en la euforia de la lógica pactista del sistema parlamentario. El modelo ha estallado.

Futuro distinto
“Tal vez la única certeza política que tenemos hoy en día es que la política en el futuro será muy diferente de la política en el pasado”, afirma el profesor Innerarity. Traducido en términos burocráticos, adiós a la vieja estabilidad, a la certidumbre, y hola a cambios como los que Pareto llamaba gráficamente “circulación de las élites”. La alta burocracia se desenvuelve mal en entornos cambiantes porque está diseñada para consolidar modelos estables como la monarquía constitucional o el sistema democrático representativo. A un funcionario la revolución le espanta como el agua al gato.

Esta última posibilidad introduce muchas posibilidades para las relaciones con la función pública directiva, siguiendo la ciencia de la administración de Baena. Y por descontado es muy interesante estudiar las posibilidades y disfunciones que generaría en las interacciones interadministrativas. A los efectos de este post, vamos a simplificar esta nueva lógica caleidoscópica y centrarnos en el gobierno de coalición (y entiéndanse las referencias como válidas para cualquier nivel de gobierno y administración, donde existe una experiencia anterior): puede ser mixto, es decir con vicepresidencias y ministerios de varios partidos, o con altos cargos “cremallera”. Es decir, el ministro de un partido, el secretario de Estado de otro y el director general del primero. Esto se traslada al funcionamiento cotidiano de los incontables órganos colegiados del gobierno y ministeriales (de administración digital, publicaciones, personal o, por encima de todas, presupuestarias). Los altos funcionarios deberían convivir y gestionar lealtades cruzadas, intereses e incentivos distintos en los que la distancia política, en la escala del 1 al 10, entre los partidos coaligados. La probabilidad de que apareciera una nueva lógica de unos frente a otros sería muy alta, con la función pública directiva debiendo ser capaz de hacer su papel en un contexto menos claro y, a menudo, contradictorio de politics vs policies.

Si recurrimos al viejo concepto del sociólogo estadounidense R. Merton del “veto decisional de la burocracia”, un gobierno de coalición no solo deberá afrontar las habituales resistencias al cambio, fácilmente anticipadas y descontadas por los planificadores políticos, sino la multiplicación de vetos a altos cargos y sus decisiones en una estructura cremallera.

Se viene hablando, mucho y con razón, de la politización de la función pública y también de su fenómeno simultáneo de la funcionarización de la política. De hecho, la obra de Carles Ramió “La extraña pareja”, que creo que sigue recogiendo bien este fenómeno y describe cómo se manifiesta, es el telón de fondo para responder a la pregunta del título. Habría que añadir algunos ingredientes adicionales, no menores, como el diferente estatus jurídico de la función pública respecto del resto del mercado de trabajo actual. O la estabilidad frente a la inestabilidad. El modelo burocrático weberiano da signos de agotamiento y es urgente definir un cambio de modelo o, cuando menos, una actualización que permita a la dirección pública adaptarse a los cambios no ya del sistema político actual, sino de la sociedad en general y los tecnológicos que afectan a la organización del trabajo, en particular. Este hecho representa una brecha entre la clase política, que necesita resultados inmediatos en la democracia mediática, y la dirección pública profesional que carece de “incentivos” (una vez más, siguiendo a Lapuente y Dahlstrom) para ser salir del entorno corporativo. “Permitir una integración de las carreras de políticos y burócratas aumenta, en lugar de disminuir […] porque conduce a una vigilancia laxa del comportamiento capturador de rentas y a una falta de motivación para hacer bien el trabajo y aumentar el rendimiento por medio de innovaciones” (pág. 54). Aunque, en mi opinión, este párrafo, tan expresivo como es, no refleja bien el peso del espíritu de cuerpo y de la cultura administrativa, que habitualmente llamamos sentido de responsabilidad o vocación de servicio público.

El caso paradigmático de las dificultades y la complejidad que este nuevo modelo de gobierno y administración puede suponer en la administración hoy es el rol de los asesores parlamentarios (a menudo personal eventual, pero plenamente mezclados con la alta función pública). La negociación y gestión de enmiendas y transaccionales se convertiría en una verdadera carrera de obstáculos, seguramente mucho más compleja que cuando hemos tenido experiencias de “geometrías variables” en las Cortes en la legislatura de 2008 a 2011.

Clientelismo y politización
Entonces, ¿está la función pública preparada para todo este panorama? Sin duda, la única respuesta posible depende de cómo de profundas seas sus raíces en el “patriotismo constitucional” (Habermas) y en el Estado de Derecho. Para mí este aspecto es esencial. El clientelismo o la politización de los funcionarios, como el exceso de riego de un árbol centenario, pueden dar con sus ramas en el suelo. Pero este post debe acabar bien: esténse tranquilos, los burócratas siguen trabajando mientras usted duerme para que, a pesar de las zozobras del sistema político, las políticas públicas le sigan llegando. En general, de momento su compromiso con el servicio público es tan fuerte que quizás sea la última garantía que le queda al espacio público del estado social y democrático de derecho (Habermas, otra vez) antes de que su “crisis de la mediana edad” (Runciman) acabe con ella. O no.

lunes, 12 de agosto de 2013

Politikon: Siete claves para entender una reforma local

Ecos de la Reforma Local: Siete claves para entender una reforma local

 
1. Las diputaciones y la mano muerta de la Historia
Oates, el primer economista en tratar cual debería ser el tamaño óptimo de la comunidad política – con permiso de Platón – decía que había que considerar dos trade offs. El primero es el equilibrio entre las ganancias de bienestar por economías de escala frente al del mejor ajuste en las preferencias del gasto. Se supone que cuanto más grande la comunidad, más barato marginalmente  dar servicios cuando hay coste fijo pero, al mismo tiempo, peor ajuste entre el gasto que se hace y las preferencias locales – cuantos más seamos, más difícil que todos bien avenidos. El segundo es el equilibrio entre el mejor control o rendición de cuentas que se puede hacer cuando la comunidad es pequeña frente a los  mayores costes que implica tener varios niveles dándote servicios.
Pues bien, aunque este modelo teórico tiene mucho sentido, la racionalidad a la hora de determinar cuántas entidades locales hay en un país tiene una influencia limitada. El legado colonial, la extensión geográfica o la fragmentación étnica o lingüística – en suma, la Historia – tiene un rol fundamental. Por ejemplo, en el capítulo de Gómez-Reino y Martínez-Vázquez se muestra que el número de niveles administrativos de un país tiene mucho que ver con el tamaño. Ahora bien, a nivel local, las preferencias por rendición de cuentas (que tengan poder real los entes locales), hace que haya más municipios y más pequeños. Por último, algo interesante para el caso español, cuantos más niveles de gobierno hay en un país, más fragmentación local.
 
Por lo tanto, aunque en otros países se han fusionados municipios (voluntaria u obligatoriamente) durante las últimas décadas parece que en España las diputaciones provinciales actúan como un freno. Los entes locales no tendrían incentivos para hacerlas porque las diputaciones pueden asumir sus competencias de manera subsidiaria.
 
2. Como en el pueblo ¿En ninguna parte?
Una hipótesis clásica dentro entre los expertos es que cuanto mayor es el tamaño del municipio mejor es la provisión de servicios públicos pero, al mismo tiempo, peor es la calidad de la representación política. Esto último sería así por diferentes razones: Hay más dificultad para controlar al político de manera efectiva, para coordinarse para sancionarlo en las urnas o, dado que en la gran ciudad hay más división y heterogeneidad, es más difícil acomodar las demandas de todos. En el capítulo de Charron, Fernández-Albertos y Lapuente  se afronta la percepción que tienen los ciudadanos sobre la calidad de la representación política y la prestación de servicios. Los hallazgos son, en cierta medida, sorprendentes.
 
Los ciudadanos de los “pueblos” no consideran ni mejor ni peor la calidad de su representación política que los de las ciudades (en promedio) aunque sí es cierto que en las ciudades están algo más divididos en su valoración. Si esto es así uno esperaría que, anulada la idea de que hay peores percepciones de la política en las ciudades, las economías de escala hicieran que se evaluaran como mejores los servicios prestados allí frente a los núcleos pequeños. Pues bien, ocurre justo lo contrario: Se evalúa peor la prestación de servicios en las comunidades grandes que en las pequeñas. La explicación tentativa que se ofrece es que podría ser que los políticos de grandes ciudades tuvieran más incentivos para políticas sectorializadas y menos generalizas que en las pequeñas.
 
Así, parece que el tamaño de la comunidad no afecta a la percepción de la calidad de la representación, luego la gente no se “aliena” políticamente más en las grandes ciudades. Sin embargo, la insatisfacción con la calidad del servicio parece mayor, algo que se entiende visto que las clientelas políticas siempre son más diversas e y ejecutar políticas, más difícil.
 
3. Menos municipios para prevenir la corrupción
¿Qué haya más municipios en un país fomenta la corrupción o la previene? La literatura ha dado argumentos en ambos sentidos. Por ejemplo, cuando existe descentralización se fomenta la competencia entre entidades y se hace más complicada la corrupción al haber más entidades con poder de veto. Del mismo modo, comunidades pequeñas permiten un mejor control de los políticos. Sin embargo, otros han argumentado lo contrario. Que haya muchas entidades locales con poder les da herramientas para utilizar la legislación para beneficiar a los suyos (y limitar la competencia), establecer redes clientelares y escapar del control de los medios de comunicación (que cubren menos las corruptelas locales).
 
La respuesta de entrada es empírica y el capítulo de Nelson la presenta de manera bastante clara. Empleando medidas de corrupción a nivel internacional se señala que cuantas más jurisdicciones locales hay, menos honesto se percibe a los políticos del país. Del mismo modo, parece que cuando hay otras entidades complementarias al municipio también aumenta la percepción de corrupción, aunque la relación es más débil. Finalmente, el número menor de municipios reduce la corrupción con más fuerza en los países desarrollados.
De este modo, aunque no significa que menos entidades locales impliquen mejor calidad en el gobierno, parece que sí fomenta que haya menos corrupción. En todo caso queda pendiente especificar cuál es exactamente el componente que la erosiona.
 
4. ¿Corrupción? ¡Es la autonomía fiscal, estúpido!
Medir la descentralización fiscal no es algo sencillo, igual que no lo es comparar entre países cuando se habla de entidades locales. Del mismo modo, si se quiere conectarlas con la corrupción, sigue existiendo el problema de cómo estimarla. Sin embargo, el capítulo de Fiorino, Galli y Padovano afronta este problema desplegando una gran cantidad de medidas alternativas y controles para hacer un análisis robusto. Cuando se exploran estas dimensiones, el hallazgo es interesante: El principal elemento que lleva una reducción en la corrupción es la descentralización fiscal. Cuanta más autonomía local y financiera tienen las entidades locales de un país, menos corrupción aparece.
 
En cierta medida esta idea complementa y revisa el punto anterior. Tener más entidades locales puede aumentar la corrupción, pero  si se hace este elemento condicional a su nivel de autonomía fiscal, en vez aumentarla la reduce. Por el contrario, el número de niveles administrativos que haya en el país no tiene efecto. De acuerdo con estos resultados se señala que lo más importante para prevenir la corrupción es reducir las financiaciones de “base común”, aumentando la capacidad de los gobiernos locales para auto-financiar sus gastos.
 
En consecuencia, para reducir la corrupción se apunta como necesario dar autonomía fiscal a los municipios, hacerlos mayores de edad para controlar sus propias finanzas de tal modo que la corrupción recaiga sobre los bolsillos sus votantes. Corresponsabilidad.
 
5. Las fusiones municipales voluntarias pueden hacerse bien
Un capítulo del libro, el de Dafflon, se centra en el caso de las fusiones municipales que se acometieron en Suiza intentando extraer lecciones generalizables. Los argumentos para la fusión municipal son conocidos; incrementos en eficiencia para dar servicios, simplificación administrativa, control político, más poderes financieros y autonomía en los poderes de decisión. El reto es cómo lograr que entidades locales accedan a acometerlas de manera voluntaria, en caso de ser deseables.
 
Del caso de Suiza, país conocido por su importante descentralización, se pueden extraer muchas lecciones. Primero, que son posibles, pero necesitan que haya un fuerte compromiso político del nivel superior. Segundo, que un plan no se puede limitar a una evaluación económica, sino también institucional y democrática. Tercero, que es fundamental poner un plan territorial tentativo sobre la mesa, una base para la discusión. Cuarto, que hay que consultar al nivel local, ya que al fin y al cabo son los que la implementarán. Y finalmente que hace falta apoyo técnico y financiero durante las fusiones, así como incentivos incondicionales, pero sobre la base de unos criterios explícitos y claros ex ante.
 
Por lo tanto, un plan voluntario requiere un diseño bien planificado, que considere más dimensiones que la económica, dotado financieramente y  con un compromiso político firme. Os invito a que identifiquéis alguno de estos elementos en la reforma local presentada por el gobierno.
 
6. Cooperación sí, pero que sea entre iguales
Una alternativa a la fusión es la cooperación entre municipios para prestar determinados servicios. Estas medidas no solo aumentan las economías de escala, también permiten internalizar externalidades como “los efectos frontera” en la provisión de servicios. En un capítulo del libro de se analiza estos mecanismos para el caso de Brasil y España. De Mello y Lago Peñas detectan que en general estos mecanismos de cooperación logran estos efectos beneficiosos para la gestión municipal.
 
Uno de los hallazgos interesantes es la existencia de una mayor participación, con el desarrollo de redes de políticas, cuando existe una cooperación entre iguales – intermunicipal, por ejemplo. Sin embargo, cuando la colaboración es vertical, ésta se erosiona. De hecho, como se señala, Alemania, Bélgica, Finlandia o Países Bajos tienden a evitar cooperación vertical y fomentar la horizontal ya que saben que pueden cortocircuitar iniciativas innovadoras a nivel local.
Así, la moraleja sería que tendiendo a cooperar entre entidades locales, es mejor que lo hagan entre iguales a que lo hagan con una entidad de rango territorial superior. Si con la reforma propuesta los municipios quedan bajo el control de diputaciones provinciales para muchos servicios, parece que se va hacia atrás en este sentido.
 
7.  Privatización sin competencia no sirve de nada
¿Puede ser la privatización una salida para servicios más eficientes? En muchos casos no. Como se apunta en el capítulo de Warner, la sustitución de monopolios naturales públicos por privados no implica ahorro y no permite la introducción de competencia. Esto es especialmente así en los municipios pequeños, los cuales tienen más problemas para atraer suministradores de servicios. Por otra parte, en las áreas densamente pobladas la fragmentación de jurisdicciones y la incapacidad para coordinarse financieramente provoca problemas similares.
 
Lo que se plantea en el capítulo  es la necesidad de alcanzar acuerdos de cooperación, ya sean voluntarios u obligados, que permita alcanzar las escalas mínimas para la entrada de más competencia en la provisión de servicios. Solo de esta manera se permitiría que los municipios pequeños pudieran ser más atractivos y explorar los beneficios de la innovación en la prestación, del mismo modo que las áreas metropolitanas pudieran aprovechar su poder en economías de escala/ densidad al superar su fragmentación jurisdiccional.
 
Por lo tanto, mientras que no se afronte la organización de los municipios pequeños y más poblados de España, cualquier medida que vaya encaminada a privatización de servicios difícilmente supondrá un ahorro o una mejora en la calidad de los mismos.
 
En resumen
Afrontar la reforma local de un país es un tema muy complejo que toca muchas más dimensiones que la económica. Cuando se trata el tamaño de la comunidad política no hablamos solo de eficiencia; el tema también es sensible desde la perspectiva política y democrática. Creo que el gobierno no ha dado demasiadas muestras de ser receptivo a este hecho ni tampoco una excesiva ambición en sus planteamientos. En cualquier caso creo que este libro, que os invito a que leías, da algunas claves interesantes sobre hacia dónde debería ir una buena reforma local en España. Esperemos que alguien allí arriba le eche una ojeada.