viernes, 26 de junio de 2026

El respeto es la única vía para salvar la política española

Si el Congreso de los Diputados continúa siendo un espacio polarizante donde no existe el respeto, "la democracia dejará de ser el lugar donde los ciudadanos encuentran sus respuestas". En esta carta del director, Marc López Plana analiza la bronca parlamentaria como síntoma de una degradación que lleva a la pérdida de la "tolerancia mutua" entre adversarios políticos. El problema, sostiene, no es que haya conflicto, sino que la discrepancia haya sido sustituida por la falta de respeto.

Marc López, director de Agenda Pública blog.- El debate del jueves 25 en la carrera de San Jerónimo volvió a ser un despliegue de lo que los británicos, siempre precisos con su flema institucional, denominan unparliamentary language (lenguaje no parlamentario). Gritos cruzados, interrupciones calculadas, descalificaciones ad hominem y una palpable ausencia de ese ingrediente que, aunque a muchos les suene a moralina anticuada, es el verdadero lubricante de cualquier democracia liberal: el respeto.

Los analistas pasamos nuestros días diseccionando las entrañas del poder, y lo que observamos en la política española no es un fenómeno aislado en Occidente, pero sí uno que ha adquirido un cariz especialmente virulento y estéril. La sesión del pasado día 24 no es un caso aislado. Asistimos a la sustitución del debate sobre políticas públicas por el espectáculo de la aniquilación narrativa del adversario.

"Lo que observamos en la política española no es un fenómeno aislado en Occidente, pero sí uno que ha adquirido un cariz especialmente virulento y estéril"

Sin embargo, en medio del ruido, continúan existiendo aspectos importantes que se están dejando de lado. El respeto en política va más allá de las buenas formas o del protocolo. Es el mecanismo de supervivencia de nuestras instituciones. Y, de forma aún más paradójica, es únicamente a través del respeto mutuo como se puede ejercer la discrepancia útil. Esa discrepancia que permite a los ciudadanos distinguir verdaderamente, con claridad cristalina, entre proyectos políticos y modelos de país contrapuestos.

La desaparición de la tolerancia mutua

A fin de dimensionar la gravedad de lo que ya es rutina en nuestro Congreso, podemos volver a Cómo mueren las democracias. En este reconocido libro, los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt alertaron de que el colapso institucional en el siglo XXI rara vez llega mediante tanques tomando las calles o golpes de Estado militares. En cambio, es mucho más común ver una degradación silenciosa, que ocurre cuando se quiebran dos normas democráticas no escritas: la "contención institucional" y, de forma crucial, la "tolerancia mutua".

Esta tolerancia mutua es el acuerdo tácito por el cual los políticos reconocen a sus oponentes ideológicos como rivales legítimos, como compatriotas que también aman a su país, y no como enemigos existenciales a los que hay que destruir o expulsar del sistema. Ayer, en el hemiciclo, vimos a líderes tratarse mutuamente como amenazas para la propia existencia de la nación. Si el adversario es deshumanizado y tachado de "ilegítimo" o "traidor", el terreno está abonado para justificar cualquier exceso.

"Es mucho más común ver una degradación silenciosa, que ocurre cuando se quiebran dos normas democráticas no escritas: la «contención institucional» y la «tolerancia mutua»"

Dicha incivilidad tiene consecuencias ya conocidas -y peligrosas-, puesto que destruye la confianza ciudadana en el Estado. Los votantes observan la bronca y, agotados, se sumen en el cinismo, la apatía o se arrojan a los brazos del populismo antisistema. La filósofa Diana C. Mutz cree que este proceso es el gran motor de la polarización afectiva. En este sentido, ya no discrepamos sobre los tramos del IRPF o la gestión de la sanidad pública; simplemente odiamos visceralmente a quien vota al otro partido. Y el origen de esa ruptura está en la retórica incendiaria de quienes deberían dar ejemplo desde la tribuna de oradores.

El valor de disentir: del insulto a la discrepancia

Frente a este panorama sombrío, sería tentador (y peligroso) caer en la trampa de pensar que la panacea es un consenso absoluto y perpetuo. Nada más lejos de la realidad. Una democracia sana necesita el conflicto. Exige, de hecho, que los proyectos políticos choquen en la arena pública y muestren sus diferencias con absoluta nitidez. Pero hay una distancia abismal entre la discrepancia legítima y el insulto sistemático.

Recientemente, el Foro Next Gen, organizado por Agenda Pública, reunió, entre otros, a dos voces emergentes de la nueva política española: Enma López, del PSOE, y Nacho Catalá, del PP. En un diálogo que debería ser de obligado visionado para los diputados que hoy vociferaban en el Congreso, ambos demostraron que es perfectamente posible mantener posiciones ideológicas radicalmente opuestas sin perder de vista la humanidad del interlocutor. Como señalaba certeramente López, la discrepancia "es súper sana", pero el "insulto por el insulto, donde ya no hay un debate material", no construye más que ruinas.

Ese es el núcleo de nuestro fracaso actual, puesto que, en casos donde desaparece el decoro, vemos que el debate político se vacía de contenido real.

" Una democracia sana necesita el conflicto. Exige, de hecho, que los proyectos políticos choquen en la arena pública y muestren sus diferencias con absoluta nitidez"

Otro ejemplo: si un líder acusa a otro de golpista en los primeros treinta segundos de su intervención, ¿cómo se va a llegar a un debate maduro sobre la vivienda o sobre cómo estructurar los fondos europeos? Catalá lo resumió con una madurez inusual en la política actual: "Se pueden tener posiciones enormemente alejadas y que, en todo caso, el debate público te lleve a un acuerdo o a la aceptación de que el otro está ahí".

La falsa comodidad del ruido

¿Por qué hemos llegado a este estado de ebullición permanente en España? Si echamos la vista atrás, durante la Transición, la amenaza existencial —el riesgo real de una involución autoritaria o del colapso de una economía frágil— actuaba como un factor de cohesión. Las diferencias eran abismales, quizá más grandes que hoy día, pero la urgencia histórica obligaba a subordinar la testosterona ideológica a la supervivencia del Estado.

Hoy, al diluirse esa percepción de peligro inminente, parece que la clase dirigente, como sugería el debate de Agenda Pública, prefiere la teatralización: "Quizá ahora nos podamos entretener en insultarnos en un Parlamento en vez de estar sacando adelante leyes básicas para modernizar un país", apuntaba López.

Pero nos equivocamos si creemos que Europa y España no enfrentan hoy urgencias vitales. Atravesamos una revolución tecnológica y digital que reconfigurará el mercado laboral; nos enfrentamos a las convulsiones geopolíticas a las puertas de la Unión y sufrimos una incipiente fractura interna que amenaza con convertirse en un cisma generacional o, bajando al barro de lo material, en una brecha insalvable entre propietarios y no propietarios.

"Nos equivocamos si creemos que Europa y España no enfrentan hoy urgencias vitales. Atravesamos una revolución tecnológica y digital que reconfigurará el mercado laboral"

Para decidir cómo atajar estos desafíos, necesitamos debatir sobre fiscalidad verde, soberanía industrial y Estado del bienestar. Y esos debates exigen finura técnica, datos contrastados y una confrontación de modelos muy definida. El ruido, por el contrario, ensordece las diferencias. Cuando todo es un grito histriónico, el ciudadano es incapaz de discernir qué propone verdaderamente la socialdemocracia frente a la alternativa conservador-liberal. Hay que estar a favor de la discrepancia porque es el combustible nuclear de la política transformadora, pero hay que estar en contra de la polarización estéril al ser simplemente su humo tóxico.

Gobernar el futuro desde la altura moral

Si España quiere ejercer liderazgo en la Europa que viene, su clase política debe madurar a marchas forzadas y abandonar los incentivos tóxicos de la confrontación por la confrontación. La política del agravio continuo, hiperventilada por el ecosistema de las redes sociales, tiene un recorrido táctico muy corto. Puede dar réditos demoscópicos efímeros movilizando a los sectores más hiperventilados, pero erosiona inexorablemente las bases de la gobernabilidad.

Constatamos habitualmente cómo en otros parlamentos del norte de Europa o en Westminster el mantenimiento del decoro actúa como un cortafuegos esencial. Cuando el speaker británico exclama "Order, order!" y obliga a retractarse de un insulto, lo hace porque sabe que la degradación verbal antecede a la parálisis legislativa.

En el Congreso de los Diputados hemos presenciado otro episodio de política de vuelo rasante. Sin embargo, hay motivos para pensar que puede ser diferente. Si líderes de distintos partidos son capaces de reconocerse como adversarios dignos de respeto —como vimos en el Foro Next Gen—, significa que el talento para la alta política sigue existiendo en el país.

Mantener el respeto no es ni debe entenderse como ceder terreno ante el oponente. En realidad, solo aquellos que carecen de argumentos tangibles necesitan elevar la voz. Hagamos de la discrepancia profunda y rigurosa la norma, no la excepción. Porque si la sede de la soberanía nacional renuncia a ser el espacio donde las ideas se combaten pacíficamente, la democracia dejará de ser el lugar donde los ciudadanos encuentran sus respuestas.

Una historia de nuestro tiempo

Pero mucha atención a lo que está viviendo la política británica. Escribía ayer Giovanni Capoccia, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Oxford, que Starmer representa un tipo de político que las democracias liberales europeas de posguerra han producido tradicionalmente y, a menudo, han recompensado: serio, pragmático, institucionalista y comprometido con la reforma gradual. No es un populista carismático. Su atractivo descansaba en buena medida en la competencia y la moderación. Lo que hace políticamente significativa su caída no es que esas cualidades no generaran entusiasmo. Eso ha sido cierto muchas veces. Lo relevante es que cada vez parecen más insuficientes para sostener la autoridad política.

La polarización política, la fragmentación electoral, la campaña permanente, las dinámicas de las redes sociales y el declive de la confianza en las instituciones han hecho que el apoyo político sea más volátil y menos duradero, en el Reino Unido como en otros lugares.

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