Si el Congreso de los Diputados continúa siendo un
espacio polarizante donde no existe el respeto, "la democracia dejará de
ser el lugar donde los ciudadanos encuentran sus respuestas". En esta
carta del director, Marc López Plana analiza la bronca parlamentaria como
síntoma de una degradación que lleva a la pérdida de la "tolerancia
mutua" entre adversarios políticos. El problema, sostiene, no es que haya
conflicto, sino que la discrepancia haya sido sustituida por la falta de
respeto.
Marc López, director de Agenda Pública blog.- El debate del jueves 25 en la carrera de San Jerónimo
volvió a ser un despliegue de lo que los británicos, siempre precisos con
su flema institucional, denominan unparliamentary language (lenguaje
no parlamentario). Gritos cruzados, interrupciones calculadas,
descalificaciones ad hominem y una palpable ausencia de ese
ingrediente que, aunque a muchos les suene a moralina anticuada, es el
verdadero lubricante de cualquier democracia liberal: el respeto.
Los analistas pasamos nuestros días diseccionando las entrañas del poder, y lo
que observamos en la política española no es un fenómeno aislado en
Occidente, pero sí uno que ha adquirido un cariz especialmente virulento y
estéril. La sesión del pasado día 24 no es un caso aislado. Asistimos a la
sustitución del debate sobre políticas públicas por el espectáculo de la
aniquilación narrativa del adversario.
"Lo que observamos en la política española no es un
fenómeno aislado en Occidente, pero sí uno que ha adquirido un cariz
especialmente virulento y estéril"
Sin embargo, en medio del ruido, continúan existiendo
aspectos importantes que se están dejando de lado. El respeto en política
va más allá de las buenas formas o del protocolo. Es el mecanismo de
supervivencia de nuestras instituciones. Y, de forma aún más paradójica, es
únicamente a través del respeto mutuo como se puede ejercer la
discrepancia útil. Esa discrepancia que permite a los ciudadanos distinguir
verdaderamente, con claridad cristalina, entre proyectos políticos y
modelos de país contrapuestos.
La desaparición de la tolerancia mutua
A fin de dimensionar la gravedad de lo que ya es rutina en
nuestro Congreso, podemos volver a Cómo mueren las democracias. En este
reconocido libro, los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt
alertaron de que el colapso institucional en el siglo XXI rara vez llega
mediante tanques tomando las calles o golpes de Estado militares. En cambio, es
mucho más común ver una degradación silenciosa, que ocurre cuando se
quiebran dos normas democráticas no escritas: la "contención
institucional" y, de forma crucial, la "tolerancia mutua".
Esta tolerancia mutua es el acuerdo tácito por el cual los políticos reconocen
a sus oponentes ideológicos como rivales legítimos, como compatriotas que
también aman a su país, y no como enemigos existenciales a los que hay que
destruir o expulsar del sistema. Ayer, en el hemiciclo, vimos a líderes
tratarse mutuamente como amenazas para la propia existencia de la nación.
Si el adversario es deshumanizado y tachado de "ilegítimo" o
"traidor", el terreno está abonado para justificar cualquier
exceso.
"Es mucho más
común ver una degradación silenciosa, que ocurre cuando se quiebran dos normas
democráticas no escritas: la «contención institucional» y la «tolerancia
mutua»"
Dicha incivilidad tiene consecuencias ya conocidas -y peligrosas-, puesto que destruye la
confianza ciudadana en el Estado. Los votantes observan la bronca y, agotados,
se sumen en el cinismo, la apatía o se arrojan a los brazos del populismo
antisistema. La filósofa Diana C. Mutz cree que este proceso es el gran motor
de la polarización afectiva. En este sentido, ya no discrepamos sobre los
tramos del IRPF o la gestión de la sanidad pública; simplemente odiamos
visceralmente a quien vota al otro partido. Y el origen de esa ruptura está
en la retórica incendiaria de quienes deberían dar ejemplo desde la
tribuna de oradores.
El valor de disentir: del insulto a la discrepancia
Frente a este panorama sombrío, sería tentador (y peligroso)
caer en la trampa de pensar que la panacea es un consenso absoluto y
perpetuo. Nada más lejos de la realidad. Una democracia sana necesita el
conflicto. Exige, de hecho, que los proyectos políticos choquen en la
arena pública y muestren sus diferencias con absoluta nitidez. Pero hay
una distancia abismal entre la discrepancia legítima y el insulto
sistemático.
Recientemente, el Foro Next Gen, organizado por Agenda Pública, reunió,
entre otros, a dos voces emergentes de la nueva política española: Enma
López, del PSOE, y Nacho Catalá, del PP. En
un diálogo que debería ser de obligado visionado para los
diputados que hoy vociferaban en el Congreso, ambos demostraron
que es perfectamente posible mantener posiciones ideológicas radicalmente
opuestas sin perder de vista la humanidad del interlocutor. Como señalaba
certeramente López, la discrepancia "es súper sana", pero el
"insulto por el insulto, donde ya no hay un debate material", no
construye más que ruinas.
Ese es el núcleo de nuestro fracaso actual, puesto que, en casos donde
desaparece el decoro, vemos que el debate político se vacía de contenido real.
" Una
democracia sana necesita el conflicto. Exige, de hecho, que los proyectos políticos
choquen en la arena pública y muestren sus diferencias con absoluta
nitidez"
Otro ejemplo: si un líder acusa a otro de golpista en los
primeros treinta segundos de su intervención, ¿cómo se va a llegar a un
debate maduro sobre la vivienda o sobre cómo estructurar los fondos europeos? Catalá
lo resumió con una madurez inusual en la política actual: "Se pueden tener
posiciones enormemente alejadas y que, en todo caso, el debate público te
lleve a un acuerdo o a la aceptación de que el otro está ahí".
La falsa comodidad del ruido
¿Por qué hemos llegado a este estado de ebullición
permanente en España? Si echamos la vista atrás, durante la Transición, la
amenaza existencial —el riesgo real de una involución autoritaria o del colapso
de una economía frágil— actuaba como un factor de cohesión. Las diferencias
eran abismales, quizá más grandes que hoy día, pero la urgencia histórica
obligaba a subordinar la testosterona ideológica a la supervivencia del
Estado.
Hoy, al diluirse esa percepción de peligro inminente, parece que la clase
dirigente, como sugería el debate de Agenda Pública, prefiere la
teatralización: "Quizá ahora nos podamos entretener en insultarnos en un
Parlamento en vez de estar sacando adelante leyes básicas para modernizar un
país", apuntaba López.
Pero nos equivocamos si creemos que Europa y España no enfrentan hoy urgencias
vitales. Atravesamos una revolución tecnológica y digital que
reconfigurará el mercado laboral; nos enfrentamos a las convulsiones
geopolíticas a las puertas de la Unión y sufrimos una incipiente fractura
interna que amenaza con convertirse en un cisma generacional o, bajando al
barro de lo material, en una brecha insalvable entre propietarios y no
propietarios.
"Nos equivocamos si creemos que Europa y España no
enfrentan hoy urgencias vitales. Atravesamos una revolución tecnológica y
digital que reconfigurará el mercado laboral"
Para decidir cómo atajar estos desafíos, necesitamos debatir
sobre fiscalidad verde, soberanía industrial y Estado del bienestar. Y esos
debates exigen finura técnica, datos contrastados y una confrontación de
modelos muy definida. El ruido, por el contrario, ensordece las diferencias.
Cuando todo es un grito histriónico, el ciudadano es incapaz de discernir qué
propone verdaderamente la socialdemocracia frente a la alternativa
conservador-liberal. Hay que estar a favor de la discrepancia porque es el
combustible nuclear de la política transformadora, pero hay que estar en contra
de la polarización estéril al ser simplemente su humo tóxico.
Gobernar el futuro desde la altura moral
Si España quiere ejercer liderazgo en la Europa que
viene, su clase política debe madurar a marchas forzadas y abandonar
los incentivos tóxicos de la confrontación por la confrontación. La política
del agravio continuo, hiperventilada por el ecosistema de las redes sociales,
tiene un recorrido táctico muy corto. Puede dar réditos demoscópicos
efímeros movilizando a los sectores más hiperventilados, pero erosiona
inexorablemente las bases de la gobernabilidad.
Constatamos habitualmente cómo en otros parlamentos del norte de Europa o en
Westminster el mantenimiento del decoro actúa como un cortafuegos esencial.
Cuando el speaker británico exclama "Order, order!" y
obliga a retractarse de un insulto, lo hace porque sabe que la degradación
verbal antecede a la parálisis legislativa.
En el Congreso de los Diputados hemos presenciado otro episodio de política de
vuelo rasante. Sin embargo, hay motivos para pensar que puede ser diferente. Si
líderes de distintos partidos son capaces de reconocerse como adversarios
dignos de respeto —como vimos en el Foro Next Gen—, significa que el
talento para la alta política sigue existiendo en el país.
Mantener el respeto no es ni debe entenderse como ceder terreno ante el
oponente. En realidad, solo aquellos que carecen de argumentos tangibles
necesitan elevar la voz. Hagamos de la discrepancia profunda y rigurosa la
norma, no la excepción. Porque si la sede de la soberanía nacional renuncia a
ser el espacio donde las ideas se combaten pacíficamente, la democracia
dejará de ser el lugar donde los ciudadanos encuentran sus respuestas.
Una historia de nuestro tiempo
Pero mucha atención a lo que está viviendo la política
británica. Escribía ayer Giovanni Capoccia, profesor de Ciencia Política de la
Universidad de Oxford, que Starmer representa un tipo de político que las
democracias liberales europeas de posguerra han producido tradicionalmente y,
a menudo, han recompensado: serio, pragmático, institucionalista y comprometido
con la reforma gradual. No es un populista carismático. Su atractivo descansaba
en buena medida en la competencia y la moderación. Lo que hace políticamente
significativa su caída no es que esas cualidades no generaran entusiasmo. Eso
ha sido cierto muchas veces. Lo relevante es que cada vez parecen más
insuficientes para sostener la autoridad política.
La polarización política, la fragmentación electoral, la
campaña permanente, las dinámicas de las redes sociales y el declive de la
confianza en las instituciones han hecho que el apoyo político sea más volátil
y menos duradero, en el Reino Unido como en otros lugares.
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