"La estrategia de escalabilidad no es una moda de gestión más; es un imperativo de supervivencia para el sector público"
Por Carles Ramió.- esPúblico blog.- Vivimos instalados en la turbulencia. Ya no es una excepción, es el ecosistema natural de nuestras instituciones públicas. Crisis sanitarias, emergencias climáticas, oscilaciones económicas violentas y disrupciones tecnológicas se suceden sin solución de continuidad. Sin embargo, seguimos intentando gestionar esta realidad líquida -y a menudo gaseosa-con unas estructuras administrativas diseñadas en el siglo XIX para un mundo sólido y predecible. El resultado es conocido: la fatiga institucional y la desafección ciudadana.
Par poder afrontar esta situación debemos introducir
un concepto y/o estrategia clave que, a menudo, se ha limitado al ámbito
del software o la ingeniería, pero que es urgente importar a
la ciencia de la administración: la escalabilidad. Pero no
entendida como un crecimiento perpetuo, sino como la capacidad de una «gobernanza
robusta» para respirar; para expandirse y contraerse. Una Administración
capaz de actuar como un acordeón, ajustando sus recursos a las dimensiones y
temporalidades que la realidad impone, sin que el edificio se derrumbe.
Existe un falso dilema en el sector público que
contrapone la seguridad jurídica y la estabilidad institucional con la
innovación y la flexibilidad. La propuesta de la escalabilidad viene a romper
esa dicotomía. Una gobernanza robusta no es aquella que permanece inmutable
como una roca (que acaba erosionándose o partiéndose ante un golpe seco), sino
aquella que, como el bambú o los edificios antisísmicos, tiene la flexibilidad
estructural para moverse con el temblor sin perder su base. Desplegar una estrategia
de escalabilidad implica una gestión inteligente de la contingencia. Significa
tener la cintura suficiente para movilizar, desmovilizar o reasignar recursos
(humanos, económicos y tecnológicos) hacia donde está el incendio, pero —y aquí
reside la clave del éxito— sin dejar desatendidos los servicios basales de la
organización.
Imaginemos una crisis natural. La respuesta instintiva
de una burocracia rígida es lenta: crear comisiones, esperar partidas
presupuestarias estancas y mover personal con calzador. La respuesta de una
administración escalable es orgánica: reasigna dotaciones y procesos de forma
ágil hacia los colectivos vulnerables, apoyándose en una dirección fuerte y en
unidades transversales que actúan como «comandos» de operaciones,
mientras el resto de la maquinaria sigue garantizando el funcionamiento
ordinario de la Administración.
Para que esto no sea ciencia ficción, debemos
intervenir quirúrgicamente en cinco ámbitos críticos que hoy actúan más como
corsés que como facilitadores.
1.- La arquitectura organizativa: Del organigrama
pétreo al Lego institucional. Nuestras estructuras orgánicas sufren de una
rigidez cadavérica. Creamos unidades administrativas que sobreviven décadas a
los problemas que las originaron. La escalabilidad exige una arquitectura
variable. Necesitamos normalizar la creación y supresión de unidades. Debemos
superar la lógica de los «silos» departamentales eternos para apostar
por agrupaciones temporales orientadas a misiones concretas (misiones moonshot o
respuestas a crisis). Esto requiere un diseño organizativo dual: una estructura
base que garantice la estabilidad y seguridad, y una superestructura flexible,
capaz de ensamblarse y desensamblarse según la prioridad política o social del
momento. Si el organigrama no refleja la realidad cambiante, se convierte en un
mapa falso que no sirve para navegar el territorio.
2.- Recursos Humanos: De la propiedad del puesto a la
gestión del talento. Este es, quizás, el punto más doloroso y necesario de la
reforma. Nuestro modelo de función pública es garantista, lo cual es un logro
democrático irrenunciable, pero ha confundido la garantía de derechos con la
inamovilidad funcional y la propiedad patrimonial del puesto de trabajo. La
escalabilidad requiere un modelo de gestión de personas proactivo. No podemos
esperar a que un funcionario decida voluntariamente moverse; necesitamos
mecanismos ágiles de movilidad forzosa (pero incentivada y motivadora) basada
en las necesidades del servicio. Se trata de transitar de un modelo de «privilegios
laborales» a uno de «derechos y deberes profesionales», donde la
flexibilidad, el reciclaje activo y la adaptabilidad sean parte del contrato
social y legal del servidor público. Asimismo, la entrada y salida de talento
externo para contingencias específicas debe dejar de ser una carrera de
obstáculos administrativa para convertirse en una válvula de escape natural
ante picos de demanda.
3.- La gestión económica: El fin de la dictadura del
control ex ante. La seguridad jurídica del gasto público se ha
convertido en la coartada perfecta para la parálisis. Hemos construido un
sistema de desconfianza preventiva donde el control ex ante estrangula
la gestión. La propuesta de escalabilidad aboga por un presupuesto que no sea
una camisa de fuerza detallista, sino una herramienta estratégica. Necesitamos
partidas presupuestarias «bolsa», plurianuales y permeables, que
permitan trasvases rápidos ante necesidades sobrevenidas. Los gestores
económicos y los interventores deben evolucionar de su rol de «guardianes
del no» a «facilitadores del cómo». Esto no implica menos control,
sino un control diferente: más inteligente, basado en datos y focalizado en la
evaluación ex post y en la rendición de cuentas por
resultados, no solo por cumplimiento procedimental.
4.- Tecnología: ¿Innovación o burocracia digital? Es
paradójico —y trágico— observar cómo los departamentos de tecnología, que
deberían ser la punta de lanza de la innovación, han sido colonizados por la
misma cultura burocrática y centralista que asfixia a la organización
analógica. A menudo, la informática en la Administración se utiliza para «cementar»
procedimientos ineficientes, haciéndolos más rápidos, pero igual de rígidos.
Para lograr escalabilidad, la tecnología debe ser un instrumento flexible al
servicio de la gestión, y no al revés. Necesitamos sistemas interoperables y
modulares que permitan configurar nuevos servicios en días, no en años. Si el
área tecnológica sigue obsesionada con la uniformización y el control, se
convertirá en el principal cuello de botella para la adaptación institucional.
5.- La Gobernanza Relacional: Reglas claras para la
colaboración. Finalmente, la Administración escalable asume con humildad que no
puede hacerlo todo sola. La autarquía administrativa es una quimera. La
respuesta a la turbulencia exige incorporar recursos de la sociedad:
colaboración público-privada, tercer sector y voluntariado ciudadano. Sin
embargo, la colaboración no puede ser improvisación. La incorporación de
voluntarios o empresas en momentos de crisis requiere «reglas del juego»
preestablecidas. Necesitamos marcos de referencia estables que definan cómo se
comparten riesgos, recursos y responsabilidades. La confianza es el lubricante
de este motor. Si no hemos trabajado previamente la confianza interpersonal e
interinstitucional con los actores del entorno, cuando llegue la crisis, la
colaboración será torpe y conflictiva. La gobernanza robusta implica mantener «redes
latentes» de colaboración, listas para ser activadas y escaladas cuando la
situación lo requiera.
En definitiva, la estrategia de escalabilidad no es
una moda de gestión más; es un imperativo de supervivencia para el sector
público. Si nuestras instituciones no aprenden a combinar la estabilidad de sus
organizativos clásicos con la flexibilidad operativa de sus recursos, corren el
riesgo de volverse irrelevantes o, peor aún, de ser vistas como un obstáculo
por la ciudadanía a la que sirven.
No hay comentarios:
Publicar un comentario