“Los estadistas exitosos se comportan como artesanos que
comprenden su medio”. (Isaiah Berlin, El poder de las ideas. Ensayos
escogidos, Página indómita, 2017, p. 253)
Por Rafael Jiménez Asensio. La Mirada Institucional blog.-
El desinterés por la gestión de una política cada vez más
cosmética
Lo que aquí pretendo exponer es una epidérmica reflexión
sobre dos cuestiones que me preocupan desde hace tiempo. La primera tiene que
ver con la importancia de la gestión a la hora de hacer política, pero
particularmente sobre la necesidad de que, para que una gestión política sea
mínimamente exitosa, requiere basarse sobre una buena gestión pública. Y ello,
aparte de asentarse en unas condiciones específicas de liderazgo político, solo
puede descansar sobre una Administración profesional, efectiva e íntegra. Lejos
estamos de ese ideal.

Es cierto que puede haber construcciones de liderazgos
políticos más o menos sólidos alejados de los problemas terrenales; pero más
temprano que tarde se derrumban como una pirámide de bolas de billar. Una buena
política no puede entenderse si no viene acompañada de una gestión pública
correctamente alineada y con fuertes capacidades ejecutivas que la hagan
operativa. Aun así, erre que erre, la política actual vive inmersa en el
ensimismamiento absoluto de la comunicación como eje que (ingenuamente se
piensa) todo lo cubre, abandonando casi totalmente la gestión como sustrato
nuclear de esa buena política. La burbuja de la comunicación
política está bastardeando esa digna actividad hasta límites insospechados
y convirtiendo a los partidos y, sobre todo, a sus actores (políticos) en
títeres absurdos, papagayos y hasta personajes patéticos, a quienes la
ciudadanía inteligente abandona (incluso ya desprecia) a la primera de cambio,
sobre todo cuando repiten una y otra vez sin salirse del guion los eslóganes o
el “argumentario” político del día cocinado apresuradamente por comunicadores
embozados en gabinetes en la sombra que analizan cotidianamente el contexto político-institucional
como si fuera un mapa de guerra, cuyo objetivo es exterminar al enemigo y ganar
la pírrica batalla cotidiana de la opinión para invertir (o pretender hacerlo)
las volátiles encuestas de opinión. Todo lo más, empujados por sus asesores, ven
únicamente la gestión como medio de ponerse medallas. Los políticos si adoptan
el lenguaje de la gestión es para emitir anuncios a la galería. Error infantil
y cansino.
Siempre echo mano de Isaiah Berlin cuando trato de explicar
qué es un buen político. A mi modo de ver, su enfoque del problema es
insuperable. En uno de sus múltiples estudios (“El juicio político”), el autor
letón destaca que una de las capacidades más importantes que ha de tener el
político de éxito es el saber práctico. A quienes carecen de esa cualidad,
los tacha de ineptos. No vale con ser culto, listo, atractivo, amable o genial,
pues es insuficiente, hay que saber traducir la política en acción, pues como
recordara Hanna Arendt la acción está en el corazón de la actividad política. Aun
así, esa acción debe encuadrarse en los principios y en la ejecución de una
buena gestión pública, que con tanta frecuencia se olvida.
En efecto, donde mejor se manifiesta ese saber práctico del
político es en el ámbito de la traducción de sus políticas en hechos tangibles
y efectivos, que comporten transformaciones y, sobre todo, mejoren la vida de
la gente a quienes pretendidamente gobiernan. Lo demás es coreografía y fuegos
artificiales, que una vez terminados no queda de ellos más que una capa de humo
y cohetes quemados por los suelos.
Además de ese saber práctico, un estadista (o un político
con responsabilidades elevadas) requiere disponer, como también exponía Berlín,
de un especial sentido de la realidad, no disfrazarla constantemente ni
embozarse en un discurso altisonante lleno, según se esté en el gobierno o en
la oposición, de mentiras piadosas o de vaticinios apocalípticos. Y aquí juega
un papel esencial la intuición, pues como exponía este autor el oficio de
estadista consiste en “el arte de gobernar y de transformar las sociedades”, y
el político genial –concluía, a diferencia de quienes son expertos académicos
en tales materias- “no pueden enseñar un conjunto específico de reglas”, ya que
la “experiencia política es más comprensión que conocimiento”, pues en esa
actividad tan volátil y de contornos tan difusos “existe un elemento de
improvisación, de tocar de oído, de ser capaz de valorar la situación, de saber
cuándo saltar y cuándo quedarse quieto” (El sentido de la realidad, Taurus,
2017). Nada de esto se enseña en ningún sitio, salvo en la arena política y en
la práctica política inteligente.
La política se ensalza (y los grandes líderes de la historia
así lo acreditan) por los hechos o evidencias concretas que hacen progresar a
un país y, en especial, a sus gentes, buscando siempre hacerlas –como decía
Pepe Mujica- más felices. Y para lograr tales metas quien piense que se pueden
alcanzar sin una auténtica capacidad ejecutiva o de gestión de las estructuras
y personas que deben poner en marcha semejantes retos, no ha entendido nada y
probablemente nunca lo entenderá. Hará, en este caso política
circular para ganar la silla y, una vez perdida, volver de nuevo al mismo
juego: cómo recuperarla. Los liderazgos y los gobiernos no solo fracasan por
malas políticas, sino también por mala gestión o pésima comprensión de lo que
la gestión implica para la propia política.
No basta con vender paraísos terrenales que ninguno de
nosotros alcanzará a tocar con los dedos (como decía A. Herzen, “un objetivo
que es infinitamente remoto no es un objetivo, es sencillamente un engaño”),
tampoco es suficiente –según reconocía Berlin- con pretender como talismán
mágico buscar siempre la suerte, también es arriesgadísimo jugar la
partida a los fallos del adversario político (aunque en ocasiones puedan tener
un papel importante de desenlaces electorales. Los comunicadores políticos y
expertos en “asuntos públicos” que abundan por doquier siempre tendrán a mano
su catálogo de soluciones contextuales para disfrazar la tozuda realidad de
quienes realmente nos gobiernan. Tal vez ganen elecciones, aunque a veces ni
siquiera eso, pero lo que realmente nunca consiguen es mejorar la vida de los
pueblos y sus gentes. Son especialistas consagrados en vender humo (político) para
ensalzar liderazgos no pocas veces artificiales e inconsistentes. Y ejemplos de
ellos tenemos por doquier; no es menester recordarlos. La política actual está
preñada de mediocridad, a veces alarmante.
Una política burocratizada y endogámica
Y de aquí viene la segunda reflexión: en nuestro contexto
político la política se ha burocratizado hasta límites
insospechados. La política se ha convertido en un trasiego circular cerrado de
cargos públicos sin apenas entrada alguna de talento externo. Todos creen servir
para todo, lo cual es falso. Además, la política actual es aburridamente
previsible. Inclusive, a quienes nos apasiona esa actividad, nos resulta hoy en
día insufrible. Falta frescura, hay carencia absoluta de discurso inteligente y
propio, todo se reduce a cacarear consignas y a una batalla por el poder estar (las
poltronas) o cómo seguir enchufado al Presupuesto. Se trata de una política
cada vez más alejada de los problemas reales, con una concepción endogámica,
autista y desgajada de su aparato ejecutivo (Administración Pública), con el
que no sabe qué hacer realmente, aparte de invadir groseramente un espacio que
no le compete, y anular su (cada vez más escasa) efectividad y capacidad de
ejecución. Necesita una urgente refundación, y nadie sabe (e intuyo que tampoco
se quiere) cómo hacerla.
Quien piense que un estado, un país, un territorio, una
ciudad, saldrán adelante solo con políticos que venden imagen, emociones vanas,
palabras huecas o que toda su ambición es colonizar espacios institucionales,
tiene mucho de ignorante o, lo que es peor, de temerario o de caimán de una
política, de quien todo lo ve desde la atalaya sectaria de la victoria absoluta
de su líder (o partido) y el arrumbamiento del contrario. Una política que
promueve la impotencia de las estructuras gubernamentales y burocráticas
profesionales, termina echándose abiertamente en brazos del mercado para que
pretendidamente le resuelva lo que ella no sabe cómo ejecutar (porque no sabe
cómo dirigir ni reformar sus propias estructuras de gestión), y probablemente
el mercado tampoco (lo cual ya es entrar en un bucle de ineficiencia y hasta
incluso a veces de corrupción). El gobierno estatal o los territoriales simulan que
gobiernan, pero no lo hacen realmente. Han llegado a un punto que ya no saben
cómo gestionar, que es tanto como no saber nada de lo que es la política. Y
esto es lo que está pasando, y pasará mucho más en los próximos años si nadie
lo remedia: la política, con fuertes dosis cruzadas de cosmética y de
endogamia autista aderezada de populismo, lleva tiempo burocratizándose y
vaciándose de sentido de la realidad; y, por si fuera poco, está conduciendo,
además, irresponsablemente a una descapitalización y desprofesionalización de
la Administración Pública que se manifiesta también impetuosamente en una
ocupación cada vez más grosera de las instituciones y de los niveles directivos
o de la alta burocracia por personas inanes sin formación ni competencias
efectivas para el liderazgo ejecutivo o (en el mejor de los casos, si es
que algo tienen de esto último) sin margen de maniobra para hacer nada, ya
que han sido incorporadas (y serán cesadas) por criterios de confianza
(política) o de lealtad mal entendida, proceso que viene acompañado por una
concepción cada vez más vicarial y adjetiva de una descapitalizada función
pública profesional y un arrumbamiento extendidísimo y letal del principio de
igualdad, mérito y capacidad en el acceso a la función pública, que también
pretende indirectamente de paso beneficiar a los amigos políticos y sindicales
incorporados en su momento por el poder de turno. Los efectos inmediatos, pero
sobre todo mediatos, si no se atenúa rápidamente esta grave deriva de vaciamiento
de las capacidades ejecutivas del Estado en su conjunto, serán irreparables. Y no
habrá que esperar mucho para notarlos.
La (eterna) receta: resituar la política supone reforzarla y
exige profesionalizar la gestión.
En consecuencia, no hay otra solución cabal que reforzar la
gestión y la profesionalización de la Administración Pública para hacer buena
política, lo que comporta (tarea hercúlea) resituar a la política en su esfera
natural propia y en el ejercicio de sus verdaderas y transcendentales funciones
en el marco de un Estado social y democrático de Derecho que, a diferencia de
las democracias más avanzadas, en España nunca hemos sabido construir de
modo efectivo a lo largo de la historia de este país. Todo se ha quedado en
formas vacuas. El desnivel que ofrece España en este punto, frente a
las democracias avanzadas, es desgarrador. Muy superior ya al que Julián Marías
situaba en una generación. Estamos anclados en patologías decimonónicas.
De no hacerse así, las consecuencias –como decía- serán
visibles a corto plazo: el proceso de recuperación y transformación del país,
puede sufrir un fiasco gravísimo, pues se habrá perdido un tren que nunca más
volverá. Habrá algunos recursos para hoy, y hambre para mañana. La política se
mostrará (ya lo está haciendo) cada vez más impotente y la Administración
Pública menos efectiva, hasta resultar decorativa formalmente la primera y
(casi) prescindible la segunda, salvo para pagar nóminas, contratar intensiva y
externamente sus servicios y evitar que la tasa de desempleados se dispare más.
Y la pretendida resiliencia se convertirá en un queso gruyere. Más aún con el
letal escenario geoestratégico, económico, social y sobre todo humanitario que
la invasión/guerra de Ucrania por parte de la Rusia del despiadado Putin está
provocando, cuyos reales efectos están aún por manifestarse, pero que serán muy
graves.
Si nada de esto les hace reaccionar, se constataría
finalmente que nuestros políticos ni tienen saber práctico, ni sentido de
realidad, pero tampoco intuición, amén de que se han convertido, apenas sin
advertirlo o darse cuenta, en meros burócratas de la política a
quienes solo les interesa subjetivamente mantener su zona de confort y
objetivamente el poder sectario de su partido o tribu y cómo distribuir
prebendas a su clientela, con indiferencia casi absoluta a lo que pase con este
país y con sus gentes. Con estos mimbres, fiar la recuperación en los años de
crisis que ya se avecinan a la suerte es una auténtica frivolidad,
por ser suave en el juicio.