Para Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión
Europea para una Transición Limpia, Justa y Competitiva, la Unión Europea
atraviesa "un momento existencial": debe actuar con más rapidez sin
"reducir estándares ambientales y sociales", reforzar su mercado
único y responder a las presiones de EE. UU., Rusia y China sin traicionar sus
valores. En esta conversación con el director y editor de 'Agenda Pública',
Marc López Plana, la número dos de la Comisión Europea advierte de que la
"reducción de dependencias que puede tener Alemania" no debe hacerse
"a costa de la ruptura" del mercado único y defiende que las grandes
tecnológicas "han de cumplir con las reglas europeas".
Por Marc López. Agenda Pública blog. La Unión Europea se
mueve entre una presión exterior inédita y una fragmentación interna que
amenaza su capacidad de respuesta. En una conversación en Bruselas, en el
edificio Berlaymont —sede de la Comisión Europea y donde la vicepresidenta
ejecutiva tiene su despacho— con Marc López Plana, Ribera sitúa el debate en
términos de supervivencia política: conservar los valores fundacionales, evitar
la polarización y ganar agilidad sin convertir la simplificación en
desregulación. Para ella, el problema europeo no es la falta de diagnósticos,
sino la dificultad de actuar como "animal político" en un momento en
el que la prosperidad, el Estado del bienestar y la influencia global
dependen de decisiones más rápidas.

La conversación recorre los grandes frentes del debate
comunitario: competencia, campeones europeos, energía, política industrial,
ayudas de Estado, mercado único y poder de las plataformas digitales. Ribera
defiende una actualización de las reglas de competencia que permita ganar
escala sin dar "cheques en blanco" a las grandes empresas, reivindica
la apuesta española por las renovables y advierte de que Europa no puede
sustituir una dependencia energética por otra digital. Su posición combina
pragmatismo industrial y defensa de estándares: más integración, más
capacidades propias y reglas comunes para que la transformación no fracture el
proyecto europeo.
Es un momento existencial. La Unión Europea tiene que decidir si se aferra a
sus valores fundacionales y a su voluntad de seguir construyendo una verdadera
unión, capaz de generar espacio y dimensión para garantizar la alta calidad de
vida que tiene comprometida con sus ciudadanos en los Tratados; o si, por el
contrario, cae víctima de una polarización creciente y de la búsqueda de chivos
expiatorios en un momento tan convulso.
Evidentemente, las presiones externas generan tensión dentro de Europa. En muy poco
tiempo hemos pasado a una situación en la que nuestro socio principal en la
construcción del multilateralismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial
ya no practica esa relación particular de confianza y, además, dirige una buena
parte de sus ataques hacia la Unión Europea.
A esto se suma un vecino próximo empeñado en una vocación expansiva enormemente
peligrosa y agresiva, y una potencia industrial que crece a velocidad de
vértigo, como China. También están las dificultades para mantener la coherencia
en la defensa de nuestros valores en la escena internacional y para conciliar
nuestra agenda doméstica con nuestra agenda exterior.
"Si nos mantenemos lentos, si traicionamos nuestros
valores y si deshacemos el proyecto europeo, estaremos abocados a una
agonía"
Todo esto es enormemente desafiante. Tenemos las fortalezas,
los valores y las oportunidades para seguir encontrando soluciones, pero si nos
mantenemos lentos, si traicionamos nuestros valores y si deshacemos el proyecto
europeo, estaremos abocados a una agonía y a un cambio importantísimo en el
orden geopolítico, pero también en nuestra capacidad de ofrecer prosperidad,
Estado del bienestar y el modelo de éxito que hoy representa Europa en el
mundo.
Parece difícil conciliar dos realidades: por un lado, una Unión Europea que
necesita estar más unida; por otro, países cada vez más fragmentados
políticamente. España, Italia, Francia o Alemania muestran más dificultades
para formar mayorías y tomar decisiones. Esa fragmentación nacional afecta
después al Consejo Europeo y al Parlamento Europeo.
¿Cómo se liga ese momento complicado de las políticas nacionales con la
necesidad de una mayor unidad europea?
Si tomamos un poco de distancia, algo que siempre conviene ante los grandes
problemas, estamos mucho más cerca de lo que refleja ese gran arco
parlamentario, enormemente diverso, que vemos en nuestros parlamentos
nacionales y en el Parlamento Europeo. Los valores, los principios, el sentido
de Europa y el orgullo de sentirnos europeos siguen estando muy presentes. Eso
ayuda.
Además, el proyecto europeo ha demostrado durante mucho tiempo que, incluso en
situaciones muy complejas, somos capaces de encontrar soluciones creativas para
afrontar unidos nuestras responsabilidades. Quizá el desafío reciente más
terrible fue la invasión de Ucrania por parte de Rusia y el chantaje que vivió
Europa en términos de disponibilidad de materias primas energéticas de primer
nivel. Lo que se buscaba claramente era la fragmentación, y no se consiguió. No
era nada fácil abordar aquella cuestión, y lo hicimos con éxito.
Ahora se han acumulado presiones desde fuera, y eso ha generado el espacio
adecuado para abonar el terreno de los populismos y dar rienda suelta a la
frustración o al miedo que podemos sentir ante la necesidad de ser valientes en
las respuestas.
Por tanto, conviene tener dos cosas presentes. La primera es que, si tomamos
esa distancia, estamos más próximos de lo que creemos. La segunda es que, para
tener éxito en este momento, necesitamos actuar en dos planos diferentes.
"Este es un momento para acordarse de lo que sí
funciona, defenderlo y tener presentes nuestros valores a la hora de modular
las respuestas"
Por un lado, utilizar esa proximidad para las grandes líneas
de la construcción europea y de la respuesta europea. Por otro, ser mucho más
eficaces y mucho más ágiles en las respuestas que impacten en los ciudadanos,
en la acción exterior o en la defensa de ese animal político que la Unión
Europea nunca fue construida para ser.
¿A qué me refiero? Cuando vemos cuáles son los grandes temas, cómo se
simplifica y se es más ágil en la respuesta, de qué forma ganamos
competitividad y seguimos generando riqueza internamente, o cómo ganamos
espacio como potencia intermedia construyendo alianzas actualizadas con
terceros países, sabemos que ahí está el ámbito para encontrar una propuesta
ajustada a los desafíos actuales.
Durante demasiado tiempo hemos dado por hecho que las ventajas iban a
permanecer por sí solas, sin necesidad de cuidarlas, y que por tanto podíamos
concentrarnos únicamente en insultar, afear o subrayar las cosas que no
funcionaban. Este es un momento para acordarse de lo que sí funciona,
defenderlo y tener presentes nuestros valores a la hora de modular las
respuestas.
La Comisión está intentando hacer ese ejercicio, con mucha dificultad a veces,
pero con un compromiso seguro. Si los tiempos tradicionales para encontrar
respuestas eran de dos o tres años antes de contar con una propuesta
legislativa, ahora sabemos que tenemos que ser extraordinariamente ágiles.
Quizá hay que reducir la voluntad regulatoria y actuar dentro de los márgenes
que ya tenemos, que son muchos, muy creativos y que permiten afrontar mejor la
actuación sobre el terreno.
En la comunicación y en la explicación, debemos exigir a nuestros
representantes políticos —a quienes estamos en las instituciones europeas, pero
también a quienes están en la política nacional— que sean mucho más cuidadosos
sobre cómo se explican, cómo critican y cómo proponen.
"No podemos quedarnos en el regate corto de estar
enfadados porque consideramos que hay infinitos motivos para estarlo"
Todo el mundo tiene derecho, y también obligación, de
criticar aquello que no funciona. Sin embargo, este es un momento en el que lo
más importante es construir puentes, sumar esfuerzos y ser eficaces en la
respuesta. No podemos quedarnos en el regate corto de estar enfadados porque
consideramos que hay infinitos motivos para estarlo.
Transformemos ese enfado y ese desagrado en propuestas de solución. La lista de
problemas es relativamente fácil de construir. La responsabilidad de un buen
político es encontrar soluciones a esos problemas.
Simplificar e ir más rápido, ¿puede entrar en
contradicción con la protección de determinados derechos?
Depende de cómo se haga. He sido muy crítica con algunas de las iniciativas que
se han impulsado porque, si simplificar se equipara a reducir estándares
ambientales y sociales, eso no es simplificar. Eso es desregular y deshacer las
premisas básicas de un proyecto basado en una economía de mercado abierta, con
altos estándares sociales y ambientales.
Ese es nuestro modelo. Es a lo que aspiran los ciudadanos. No creo que nuestras
sociedades democráticas puedan superar una crisis de protección de valores como
la que representaría desregular ambiental y socialmente nuestro modelo.
Ahora bien, claro que hay espacio para la simplificación. Simplificar no
implica quitarnos de encima el paraguas compartido entre los Veintisiete,
porque eso nos llevaría a tener veintisiete regulaciones diferentes.
Simplificar significa preguntarnos de qué forma podemos ser más ágiles en la
respuesta; cómo podemos garantizar que la capacidad de acción de la Comisión o
de financiación de proyectos sea mucho más operativa y rápida; y cómo podemos
acompañar la transformación de nuestras economías.
Simplificar significa que, allí donde identificamos una necesidad —por ejemplo,
electrificar a la mayor velocidad posible nuestro consumo energético final—,
quizá hay que pensar cómo se proporcionan soluciones para que todos los
ciudadanos tengan acceso a algunas respuestas obvias, como las bombas de calor.
"Simplificar no implica quitarnos de encima el paraguas
compartido entre los Veintisiete"
Eso es simplificar: no tener que pasar por un proceso
regulatorio que tarda tres años y luego esperar a la transposición de esas
normas a nivel nacional. Se puede ser mucho más ágil con instrumentos
directamente vinculados a la implementación, a la operatividad o a la
clarificación de un tejido regulatorio que a veces tiene solapamientos,
contradicciones y desarrollos distintos en cada uno de los Estados miembros,
con otros niveles intermedios que también completan su aplicación.
Por tanto, simplificar es pensar cómo construimos un mercado interior, cómo
profundizamos en el levantamiento de nuestras fronteras y cómo facilitamos que
los ciudadanos y las empresas tengan un acceso mucho más ágil a su realidad
diaria, sin reducir los estándares ambientales ni los estándares sociales.
Las tres cosas.
Hay un debate muy importante aquí. No creo que a Europa, a la economía, a las
empresas europeas ni a los consumidores les convenga activar una política de
cheque en blanco en la que las grandes empresas decidan las reglas del mundo o
los intereses que merecen protección.
De hecho, estamos viendo lo contrario: una contestación al sector donde mayor
concentración de poder se está acumulando, que es el ámbito digital. No nos
interesa esa falta de competencia. Limitaría el estímulo a la innovación, a la
mejora y a la capacidad de generar productos y servicios de gran calidad.
Afortunadamente, hoy vivimos en un mundo con muchos más actores, que han ido
desarrollando más capacidades y que están en una posición que les permite dar
saltos muy notables desde el punto de vista de la innovación tecnológica. Si
hay dos vectores importantes en el gran crecimiento de la economía global, son
el verde —las tecnologías limpias— y el digital. Y eso está creciendo de forma
muy importante en muchas economías muy diferentes, que no son únicamente
occidentales.
También hay una voluntad de participación en nuestro mercado interior porque es
un mercado de alta calidad con 450 millones de personas con alta capacidad
adquisitiva en términos comparados.
Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, la construcción de campeones
europeos capaces de competir en mercados globales se enfrenta a una dificultad
que no procede necesariamente de la voluntad de garantizar competencia,
competitividad y estímulo a la innovación. Está mucho más vinculada a la
dificultad de operar a nivel europeo por la fragmentación entre veintisiete
mercados nacionales, que todavía no ha sido superada gracias a la construcción
del mercado interior.
"La construcción de campeones europeos capaces de
competir en mercados globales se enfrenta a la dificultad de operar a nivel
europeo"
Hay sectores particularmente importantes en este ámbito. Nos
falta un mercado único de telecomunicaciones, un mercado único de la energía,
un mercado único de capitales y servicios financieros. Esa fragmentación genera
más costes para las empresas que operan, pero también para los consumidores que
buscan alternativas en otros mercados, ya sea para crecer como empresas o para
no quedar resignados a lo que ofrece su mercado nacional.
Ahí es donde tenemos que conciliar de qué forma facilitamos una rápida
integración de estos mercados. Este ha sido uno de los compromisos adquiridos
por la presidenta en su último discurso sobre el estado de la Unión. También
fue el énfasis que pusieron tanto Draghi como Letta en sus informes, y Letta de
nuevo en un encuentro reciente al plantear la idea de One Europe, One
Market [Una Europa, un mercado].
Desde la perspectiva de la competencia, también debemos actualizar la forma en
la que se valoran las ventajas, los inconvenientes y los eventuales daños de
estas operaciones. Si necesitamos innovación, escala y resiliencia en nuestro
mercado interior para dar espacio a que nuestros propios industriales puedan
crecer, hemos de ser conscientes de que en muchos casos los beneficios
asociados a una operación de fusión o adquisición tardan en materializarse.
La protección a los consumidores sigue siendo lo más importante. Sobre los
daños hay certidumbre: podemos identificar cuáles serían de manera inmediata
porque tendrían lugar justo después de la fusión. Las ventajas, en cambio,
pueden tardar tiempo en materializarse.
Lo que hemos querido hacer es pensar de qué forma podemos contribuir,
respetando nuestro propio mandato, a ese esfuerzo por impulsar innovación,
resiliencia, sostenibilidad, tamaño y escalabilidad de nuestras empresas. Y lo
hemos querido hacer de una manera muy transparente: explicando cuáles son los
criterios que consideramos importantes y compartiéndolos de antemano.
También pretendemos establecer desde el primer momento un diálogo que permita
entender mejor las ventajas y los inconvenientes de una operación de estas
características. Eso permite evaluar desde el inicio hasta qué punto son
operaciones solventes y prometedoras desde el punto de vista de los beneficios
a medio plazo, o hasta qué punto existen dificultades que harían insalvable la
operación y nos evitarían a todos el tiempo de esa discusión.
Ahora estamos en plena consulta pública de esas directrices, que creo que son
rompedoras y quizá las más innovadoras que se han publicado y compartido por
parte de cualquier jurisdicción hasta este momento. Ha habido actualizaciones
recientes en Reino Unido y Estados Unidos, y creo que son sumamente
interesantes.
El camino se hace al andar. En este momento tenemos una oportunidad para acabar
de afinar y ajustar. Ha sido un proceso enormemente participativo, en el que
hemos escuchado a todo el mundo. Una parte muy importante de la comunidad
vinculada a la práctica de la competencia —académica, jurídica y empresarial—
ha hecho públicas sus contribuciones y nos ha ayudado a llegar hasta aquí.
Así que necesitamos todo a la vez: escala global, mercado interior y criterios
actualizados para evaluar operaciones procompetitivas y favorables a ganar
escala, respetando el sentido último de nuestra razón de ser.
España ha hecho una apuesta clara por la energía renovable y por tener un
precio de la energía más barato que otros países. En el debate europeo aparecen
tres vectores: la energía barata española, que atrae inversiones pero no
siempre puede llegar al resto de Europa; Francia y su apuesta nuclear; y
Alemania, que atraviesa dificultades económicas, si bien puede seguir recurriendo
a ayudas de Estado. ¿Cómo se hacen compatibles estas
tres realidades dentro de la agenda industrial
europea?
Más allá de comentarios de política nacional que no me corresponden en mi
posición, hay varias reflexiones importantes. La primera es un reproche
retroactivo a quienes pusieron palos en la rueda —y los siguen poniendo— a la
economía verde, a la sostenibilidad y al uso eficiente de los recursos. Un uso
eficiente de los recursos libera dinero para destinarlo a mejoras en formación
y a más innovación.
El ejemplo de algunos bienes de consumo masivo, que pueden ser limpios o no
serlo, pone de manifiesto hasta qué punto los ataques frontales a ese proceso
de transformación, que Europa identificó tempranamente y que ha venido
impulsando desde hace años, han sido un error.
Hace más de veinte años que trabajamos en un proceso para electrificar la
movilidad, sabiendo la importancia que tiene la industria del automóvil en
nuestro continente, tanto en empleos directos como indirectos. Hubo una
oposición feroz a ese proceso de cambio. Incluso algunos, de forma
irresponsable, acusaban a quienes defendíamos un proceso de cambio pautado y de
acompañamiento a la industria de defender posiciones ideologizadas.
De repente nos encontramos con dos cosas muy significativas. Primera: hay quien
nos ha adelantado. Segunda: dependemos de algo que no tenemos. Dependemos de
combustibles fósiles que no tenemos, cuando sí contamos con la capacidad de
electrificar esos usos finales.
Hay países que tampoco tienen recursos fósiles y han logrado una
electrificación de su uso final de energía por encima del 30% a velocidad de
vértigo. Europa, en cambio, todavía está estancada en torno al 23%. La
movilidad y los usos térmicos siguen dependiendo en gran medida de la
importación de gas y petróleo, algo que dificulta ese proceso de cambio.
"No se trataba solo de tener energía más barata que los
demás, sino de tener energía asequible"
España aprendió bien la lección de hasta qué punto apostar
por algo que sí teníamos y convertirlo en un vector para la construcción de un
ecosistema industrial y de servicios potente era un gran acierto. No se trataba
solo de tener energía más barata que los demás, sino de tener energía
asequible, eliminar costes indeseados por importación, calidad del aire, salud
y dependencias, y generar al mismo tiempo un tejido industrial de bienes de
equipo, instalación y mantenimiento muy atractivo.
Creo que lo hemos hecho bien. Todavía tenemos pendientes arbitrajes procedentes
de decisiones políticas del gobierno anterior, pero hoy España cuenta con una
situación mucho más sólida, solvente y atractiva desde el punto de vista del
despliegue industrial, y mucho más segura para sus consumidores domésticos, que
otros países de la Unión Europea que no han impulsado la transformación con la
misma intensidad.
Hoy sabemos, y desgraciadamente la guerra de Irán lo subraya, que las razones
por las que debemos acelerar nuestro proceso de electrificación, el uso
eficiente de la energía y la construcción de respuestas a partir de los
recursos de los que disponemos no son solo ambientales, de salud pública o
morales, aunque las tres son muy importantes. También son razones de seguridad
de suministro, seguridad económica y seguridad, punto.
No podemos quedar al albur del chantaje de terceros países, de las tensiones
geopolíticas, de los conflictos o de las guerras que han estado vinculadas a la
energía desde el siglo XIX.
Hay otros países en el centro de Europa que han hecho apuestas diferentes.
Francia hizo una apuesta temprana por la nuclear y mantiene esa apuesta para la
siguiente generación. Y hay otros países que han sido motor de la economía
europea durante mucho tiempo y líderes en términos de revolución tecnológica
que viven ahora un momento complicado.
La responsabilidad colectiva de todos es encontrar el acomodo para que todo el
mundo se sienta bien en la oportunidad de seguir construyendo. Eso incluye cómo
se da cobertura a la necesidad de modernización y reducción de dependencias que
puede tener Alemania. Al mismo tiempo, las respuestas a esta necesidad de
adaptación y a esta transformación de nuestro modelo económico como continente
y como mercado único no pueden hacerse a costa de la ruptura de ese mercado
único ni del riesgo de deshacer décadas de construcción de mercado interior.
Por eso, desde un momento temprano de este mandato quisimos reflejar que
nuestra apuesta económica y nuestra vocación industrial como continente están
vinculadas a la industria limpia. Sabemos que esto es una carrera contra el
reloj y que una parte muy importante de los Estados miembros quieren acompañar
el proceso de modernización de su industria.
Ahora bien, si queremos acompañar ese proceso, debemos contar con reglas
comunes. Debemos identificar dónde hay un fallo de mercado que necesita
acompañamiento, saber cuál es el apoyo provisional que se está produciendo en
un sitio u otro y evitar distorsiones, malas prácticas en el uso de los recursos
públicos o desigualdades reales dentro de un nivel equivalente de mercado. Eso
es lo que garantiza una competencia efectiva, transparente y honesta entre los
distintos industriales.
Esta es la realidad que tenemos hoy, con independencia del desafío que todavía
representa para los gobiernos nacionales acomodar estas reglas.
"La Comisión también tiene una responsabilidad como
guardiana de los Tratados, que incluye eventualmente la apertura de
procedimientos de infracción o sanción"
Y, de nuevo, en torno a cuál es el papel de la Comisión o
cómo simplificamos, creo que nuestra obligación en este momento difícil es
facilitar ese proceso de cambio. No basta con decir "usted así no
puede", aunque eso sea importante y forme parte de las conclusiones que
aparecen una y otra vez. La Comisión también tiene una responsabilidad como
guardiana de los Tratados, que incluye eventualmente la apertura de
procedimientos de infracción o sanción.
Pero hay una dimensión que cobra ahora particular relevancia: ser facilitadores
de ese cambio, respetando los tratados. Por eso, esa apertura a encontrar
respuestas lo más sencillas posibles es capital.
Hay un debate creciente sobre las grandes tecnológicas. Se ha hablado, por ejemplo,
del acceso de los menores a las redes sociales. Pero también está la cuestión
de cómo actúan empresas no europeas en un mercado como el europeo, con sus
propias normas. Al mismo tiempo, parece que el Gobierno estadounidense quiere
utilizar estas empresas en su relación con la Unión Europea para conseguir una
mayor flexibilidad normativa. ¿Cómo se garantiza que compañías con una fuerza
económica superior a la de muchos países respeten las normas europeas?
Este es un ámbito sumamente interesante en el que debemos ser muy rápidos, por
muchas razones. Cuando observamos los diferenciales de competitividad entre la
economía estadounidense y la europea, no están en la industria o en los
servicios con carácter general. Están fundamentalmente en dos tipos de
servicios: digitales y financieros. Ahí sí hay una brecha de competitividad que
introduce también un elemento de productividad distinta en la economía.
En el resto, en la industria básica, seguimos siendo mucho más competitivos en
términos de calidad, retribución y satisfacción para los trabajadores. Por
tanto, sabemos claramente dónde tenemos que hacer una apuesta muy notable como
continente y como potencia económica.
"Estamos ante una transformación profunda del modelo
económico, de la productividad, de las relaciones sociales y de la forma en que
nos llega la información"
Europa tiene una gran cantidad de startups,
conocimiento, desarrollo cuántico y computación que puede llegar a convertirse
en servicios digitales. Sin embargo, en el crecimiento de esos servicios
digitales y de esas empresas, la dificultad para encontrar instrumentos
financieros que les permitan escalar y la rapidez con la que otros actores han
crecido enormemente hacen que muchas desaparezcan o sean absorbidas. Estamos
intentando resolver esto con todo nuestro paquete de desarrollo digital, que
tiene un componente industrial y económico notable.
Teníamos Skype y la compró Microsoft. Teníamos WhatsApp y la compró Facebook.
También teníamos Booking... Hemos visto cómo muchas empresas han ido
desapareciendo o quedando integradas en grandes grupos.
Respecto a la digitalización de la economía y a la realidad digital, estamos
ante una transformación profunda del modelo económico, de la productividad, de
las relaciones sociales y de la forma en la que nos llega, interpretamos o
percibimos la información, la publicidad o la prestación de servicios, con
eventuales riesgos de sesgo.
El primer dato importante es que el crecimiento de estas empresas se ha
producido en un contexto de consentimiento tácito, de falta de gobernanza y de
ausencia de sometimiento a reglas más allá de las que ellas mismas se
impusieran. La reacción llegó tarde, fundamentalmente a través de las normas de
competencia, tanto en la jurisdicción estadounidense como en la nuestra.
Reaccionar a posteriori siempre es más complicado, pero contamos con
herramientas potentes: la Digital Markets Act y la Digital Services Act, que
creo que son más eficaces y más rápidas que los mecanismos antitrust
tradicionales.
Estas empresas, que han sido enormemente exitosas, tienen más del 30% de su
volumen de negocio y de sus resultados en el mercado europeo. Por tanto, les
importa y han de cumplir con las reglas europeas. Uno cumple con las reglas del
sitio donde opera, no con las del país donde tiene su sede principal.
Esto ocurre en todas partes, con independencia de la nacionalidad. Los patrones
de calidad o de protección de la salud en el mercado de aceite de oliva de
Estados Unidos los cumplen las empresas, con independencia de que el aceite se
produzca en Italia, Grecia o España. Pues esto es equivalente. Los patrones de
funcionamiento en los mercados digitales europeos han de cumplir con las reglas
del mercado digital europeo.
Esto debe estar fuera de toda duda. Es nuestra obligación hacia nuestros
consumidores y hacia nuestro mercado. También es nuestra obligación intentar
que la relación con el resto de vigilantes de esos mercados en otras
jurisdicciones sea lo más fluida posible, porque cuanto más compatible y congruente
sea, mejor.
En el fondo, la preocupación de un ciudadano medio estadounidense respecto al
uso no consentido de imágenes de sus hijos o a la introducción de elementos de
adicción en un algoritmo es muy parecida a la preocupación de un ciudadano medio
europeo. Y el pronunciamiento de un tribunal estadounidense puede ser muy
parecido al que hubiera podido tener un tribunal europeo.
No estamos hablando de cosas tan diferentes. Pero sí estamos abordando una
realidad que ha crecido al margen de la regulación porque no hubo cortapisas
regulatorias a ese crecimiento. Siempre es más difícil introducir después este
tipo de límites.
Asimismo, hay un consenso justo en el momento en que estamos asistiendo al
crecimiento exponencial de nuevas realidades digitales. El contenido creado a
partir de fuentes sintéticas, sin intervención humana, ya forma parte de
nuestra realidad digital diaria. La inteligencia artificial crece a un ritmo
exponencial y ya se aplica en términos de defensa, agresión, vigilancia social
y limitación de derechos.
Esto plantea problemas sumamente importantes. ¿Cuál es el código ético que hay
detrás? ¿Cuál es la realidad en términos de transparencia o responsabilidad?
¿De qué forma podemos asegurar que se emplea para bien, para las personas, y
que mantiene una vocación centrada en el bienestar humano?
"¿Son los gobiernos democráticos quienes tienen el
poder o son quienes han configurado un entramado de dependencias tan
importante?"
También plantea un desafío sobre quién tiene realmente el poder.
¿Son los gobiernos democráticos quienes tienen el poder o son quienes han
configurado un entramado de dependencias tan importante? Porque, evidentemente,
estas herramientas son útiles y han aportado muchas cosas positivas, pero
también colocan a determinados actores en una posición de poder al margen de
las realidades nacionales. Hoy nos preguntamos cómo es posible declarar una
especie de muerte civil por falta de acceso a servicios digitales que forman
parte de nuestro día a día: cuentas bancarias, transferencias, reservas de
hoteles. Ha ocurrido con jueces del Tribunal Penal Internacional y con
funcionarios de Naciones Unidas. Como diríamos popularmente, para muestra, un
botón.
¿Cómo es posible identificar digitalmente a alguien y perseguirlo hasta la
muerte? ¿Cómo es posible utilizar herramientas de inteligencia artificial como
arma de guerra? ¿Cómo es posible que el propietario de una empresa advierta:
"Hemos desarrollado una herramienta que tenemos que frenar, porque sabemos
que es capaz de identificar debilidades y utilizarlas"?
Nuestro tráfico aéreo, nuestro tráfico financiero y buena parte de nuestra
realidad son ya virtuales. También lo son los servicios de salud pública, los
datos de los ciudadanos, los resultados electorales y la información que nos
llega. Por tanto, claro que tenemos un desafío generacional importantísimo.
No podemos sucumbir a ningún tipo de tentación, presión o chantaje respecto a
nuestra obligación como europeos de desarrollar capacidades industriales
propias para no depender de terceros. No podemos vernos abocados a afrontar un
chantaje parecido al que vivimos no hace tanto tiempo con los bienes
energéticos. Al mismo tiempo, debemos pensar qué tipo de gobernanza y garantías
queremos para asegurarnos de que nuestro progreso sigue vinculado al progreso
de las personas.
Este es uno de los desafíos más importantes que tenemos por delante. A esto no
podemos renunciar. Estamos haciendo un esfuerzo notable y mi convicción es que,
además de notable y transversal, tiene que ser un esfuerzo rápido, muy rápido,
basado en valores y en la identificación anticipada de riesgos que no queremos
afrontar a medio plazo.
Pero insisto: en muchos de estos elementos, nuestras preocupaciones podrían
coincidir con las preocupaciones de una parte muy importante del resto de las
personas del mundo.