jueves, 15 de octubre de 2026

El País: Más de setenta economistas progresistas crean una alianza para promover un reparto más justo de la riqueza

 La plataforma ‘Acelerando la prosperidad compartida’ se presentó el martes 13 de octubre en Madrid apadrinada por referentes internacionales como Acemoglu, Zucman o Rodrik

Revista de prensa. Por Belén Carreño. El País.- Cómo hacer que una economía en expansión se cuele en los bolsillos de quien más lo necesita. Solucionar este reto es lo que se han propuesto varias decenas de economistas españoles del espectro progresista, que se han organizado bajo el nombre Acelerando la prosperidad compartida y que se presenta este martes en Madrid. Aunque no descartan seguir ampliando la plataforma, ya han reunido a setenta colegas y han creado un Consejo Científico con figuras tan reseñables como el Nobel de Economía Daron Acemoglu, Dani Rodrik o Gabriel Zucman.

La red nace del liderazgo de la economista catalana Mònica Martínez-Bravo, profesora en el CEMFI tras su salida del Gobierno de Salvador Illa y doctora en Economía en el MIT (Massachusetts), que ha ido sumando a perfiles muy diversos pero que tienen el mismo objetivo: mejorar las herramientas en política pública para conseguir que la prosperidad sea compartida. “La iniciativa busca movilizar la mejor evidencia científica al servicio del debate público con un objetivo explícito: mejorar el bienestar material de la clase trabajadora”, dicen sus impulsores, que se han unido de forma independiente a las instituciones, aunque prevén que dos ministros (Pablo Bustinduy y Carlos Cuerpo) participen en la puesta de largo de la iniciativa.

La dificultad para hacer llegar la riqueza que se genera, cada vez mayor, a todas las capas de la sociedad es una de las preocupaciones más acuciantes de la ciencia económica en los últimos años. Los indicadores tradicionales, como el PIB o el PIB per cápita, se quedan muy cortos para calibrar si el bienestar está llegando de forma justa a los ciudadanos. Que los ciclos de fuerte crecimiento estaban ligados a la desigualdad de rentas es algo que los economistas llevan estudiando desde los años sesenta al percibir que en países emergentes, especialmente en Latinoamérica, esta falta de distribución equitativa paralela a periodos de fuerte expansión económica era una constante.

Pero en los últimos años, el fenómeno se ha extendido a países con economías muy consolidadas, donde las mejoras están siendo capturadas por la cúspide de la escalera de rentas coincidiendo con un vaciamiento de las clases medias que cada vez tienen más problemas para conservar su poder adquisitivo. En este contexto, la presidencia sudafricana del G-20 encargó un panel internacional sobre desigualdad coordinado el Nobel Joseph E. Stiglitz y también han sido múltiples las propuestas para gravar la riqueza. Otros grupos de trabajo van en la misma dirección como el grupo liderado por Naciones Unidas Beyond GDP, que pretende crear nuevos indicadores económicos. También se enmarcaría el Consejo Global para la nueva economía hacia el Bien Común que copresiden Carlos Cuerpo y la economista Mariana Mazzucato, que aglutinará de forma horizontal las iniciativas que resuenen en la academia con casos prácticos para presentar un manual de cómo conseguir esa meta compartida en el último trimestre de 2027.

La crisis de la llamada asequibilidad es el nuevo gran problema de los países occidentales. “La iniciativa conecta el debate español con la frontera del conocimiento económico mundial y aporta a la conversación internacional la experiencia de un país que ha logrado avances notables en empleo y salarios, pero que sigue sufriendo una profunda brecha patrimonial y generacional”, aseguran los autores en declaraciones a EL PAÍS. Su intención, añaden, es tender puentes entre la ciencia económica y la acción política.

Los ponentes que se encargarán de vestir de largo la presentación de la red muestran la diversidad de su base. Estarán Judit Vall, profesora de Economía de la Universitat de Barcelona; Nacho Álvarez, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid y antiguo asesor económico de Podemos y Miguel Almunia, profesor de Economía en CUNEF.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Andrés Morey: La Función Pública en general y la Moralidad

"El saber, el talento y las cualidades, que dan tanto valor al hombre privado, no tienen pues el valor del hombre público en tanto que él las hace en servicio de la cosa pública, y que se fusionan en el interés general"....Bonnin (1829)

Por Andrés Morey. Tu blog de la Adminsitración Pública blog.-  Los que me siguen están viendo mi deriva actual considerando el Derecho por encima de la ley, al ser el que define o recoge los principios básicos, generales y obligados en su cumplimiento, mientras que la ley ha de contenerlos. De ahí la importancia de la Constitución y su cumplimiento y su carácter de Derecho y Organización del Estado. Esta deriva hacía la crítica de  nuestra actividad política apoyada en textos ajenos, clásicos o de buenos juristas, lo es para que se aprecie que más allá del subjetivismo que puede existir, hay una objetividad basada también en la existencia de  esa ciencia clásica, siendo mi opinión y experiencia compartida.

Mis 86 años de vida y 44 de actividad administrativa, desde la gestión pura y dura, gobernación y orden público, formulación de políticas públicas y 30 de enseñanza, me permiten desconfiar de los actuales políticos y del orden establecido en torno al Derecho  por ellos, así como de su saber, su dependencia, su afán de poder y no de servicio, enriquecimiento y dictadura, no de saneamiento sino disfrazada de "progresismo". Veo tan importante el cambiar lo actual que no he caído en el típico "para lo que me queda de estar en el convento....." y he huido de la comodidad, volví al blog y escribo a riesgo de perder seguidores y obligado a exponer mi experiencia y verdad, sin que ello signifique que nuevos hechos me muestren nuevos conocimientos y opinión.

Por eso, hoy he repasado algunos textos y he ido a un clásico en mi poder: Abrégé des "principes d'administration" edición de 1829 de Bonnin. Y tengo tanto subrayado o entrecomillado, que es difícil escoger, más allá, que tal como nuestro Olivan, se insiste en la importancia de la Administración en el gobierno. Pero escojo aquello que en el sentido  general es común a los tres poderes y se refieren a la función pública.

Por ejemplo, después de decir que cualquiera que sean la cualidades para la confianza pública dice, (traduzco) : "Es preciso conocer ante todo, la naturaleza de sus obligaciones respecto de los ciudadanos, y de imbuirse  del carácter del cual está revestido, sin el cual no se será nunca magistrado del pueblo. Las funciones son la ejecución de las leyes y el bienestar común; la característica es ser el hombre de todos, es decir, que se debe ante todo a la cosa pública"

Un poco más adelante: "Los empleos no son en absoluto el patrimonio de aquellos que los ejercen, ni un de medio de acrecer su fortuna"

Ya finalizando el libro primero escojo dos párrafos separados por otro también significativo:

"El saber, el talento y las cualidades, que dan tanto valor al hombre privado, no tienen pues el valor del hombre público en tanto que él las hace en servicio de la cosa pública, y que se fusionan en el interés general"....

" La justicia es necesaria en el hombre público porque el poder que tiene, y la autoridad que ejerce, le otorgan ya bastantes potestades sobre los hombres, y que el hombre injusto es a la vez cobarde y criminal. Pero con la justicia y la moderación, tendrá todas las cualidades que  conforman las virtudes del hombre público y del ciudadano".

Más de dos siglos separan estos textos y el libro de Bonnin de nuestra actualidad y se ha aprendid o en realidad, las cualidades que no ha de tener un gobierno y sus miembros de partidos políticos, su avaricia de poder y riqueza es lo se nos muestra. 

La corrupción ha creado un seria desconfianza sobre el hombre público y afecta a muchos valores y principios y descompone las instituciones y, consecuentemente, al Estado. Tanta inmoralidad es inimaginable que no se aprecie, si no se ha manejado previamente el conocimiento y la personalidad o se han creado dependencias que son vitales y condicionan el voto, por un sistema de expolio de las funciones púbicas, desaparición del mérito y capacidad y subversión de los procedimientos selectivos y también de provisión de puestos y un poder constitucional contaminado y al servicio del partido en el poder que los ha designado. Un problema grave de solución larga y nada fácil que se acompañará de un cúmulo de dificultades por aquellos que fuera del poder tratarán de obstruir la eficacia de cualquier reforma perseguida, si no resulta que, aún con un cambio se siga pretendiendo seguir el sistema corrompido, en consecuencia con perros de distinto collar.

miércoles, 7 de octubre de 2026

La cola «invisible»: transparencia, control y rendición de cuentas en las listas de espera sanitarias

 Con carácter general, la única información que recibe es una mera comunicación verbal: «Ya le llamarán por teléfono»

Por Miguel Angel Blanes. Fundación HayDerecho blog.-   Los medios de comunicación se han hecho eco de la presunta manipulación de las listas de espera del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Según estas noticias, el médico denunciante detectó que se había rebajado la prioridad de unos pacientes para ser operados con el objetivo de maquillar dichas listas. Siempre según esta denuncia, las personas afectadas pasaron de estar clasificadas como de prioridad «preferente», con obligación de ser operados en un plazo máximo de 90 días, a ser considerados como de prioridad «normal», donde la obligación se extiende hasta los 180 días.

Esta situación pone sobre la mesa diversas preguntas que inquietan al conjunto de la sociedad: ¿es un caso aislado o sucede con frecuencia?; ¿se pueden alterar fácilmente las listas de espera?; ¿los pacientes pueden saber el lugar que ocupan en las mismas?

Todos sabemos que la Constitución Española reconoce el derecho a la protección de la salud (artículo 43) y que todas las personas tenemos derecho, respecto a las distintas administraciones públicas sanitarias (estatal, autonómica y local), a recibir información sobre los servicios sanitarios a los que podemos acceder y sobre los requisitos necesarios para su uso (artículo 10.2 Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad).

Este derecho de información suele respetarse en la práctica, sin plantear graves problemas, en los siguientes casos (artículo 4 Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica):

a) Consentimiento informado: Toda actuación en el ámbito de la sanidad requiere, con carácter general, el previo consentimiento de los pacientes o usuarios. El consentimiento, que debe obtenerse después de que el paciente reciba una información adecuada y se hará por escrito.

b) Historia clínica: las personas usuarias de los servicios de salud tienen derecho a acceder a toda la documentación que forma parte de su historia clínica.

Respecto a la información sobre las listas de espera, el artículo 4.2 del Real Decreto 605/2003, de 23 de mayo, por el que se establecen medidas para el tratamiento homogéneo de la información sobre las listas de espera en el Sistema Nacional de Salud, dispone lo siguiente:

«1. El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud establecerá las características y contenidos de la información general sobre los tiempos de espera de los pacientes en el Sistema Nacional de Salud, asegurando la comparabilidad de los datos entre las comunidades autónomas. El Ministerio de Sanidad y Consumo hará pública, con periodicidad semestral, esta información, referida a los datos existentes a 30 de junio y 31 de diciembre de cada año.

Cada ciudadano tendrá acceso a la información personalizada sobre la espera prevista en relación con su proceso asistencial, que será proporcionada por su servicio de salud.

Sin perjuicio de las políticas de información al ciudadano de cada servicio de salud, las comunidades autónomas harán pública la información sobre listas de espera en consonancia con sus estructuras organizativas».

Aunque la Ley estatal 19/2013, de 9 de diciembre, de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno, no incluye ninguna referencia a las listas de espera, algunas Comunidades Autónomas sí que han contemplado la obligación de publicar en el portal de transparencia información sobre las listas de espera.

Por ejemplo, el artículo 14.3.b.1) de la Ley valenciana 1/2022, de Transparencia y Buen Gobierno, contempla el deber de publicar «información sobre las listas de espera de acceso a los servicios públicos esenciales».

El artículo 17.c) de la Ley madrileña 10/2019, de 10 de abril, de Transparencia y de Participación obliga a publicar la siguiente información:

«Las listas de espera existentes para el acceso a cualquiera de los servicios que preste su Administración pública, sin perjuicio de las singularidades que se puedan establecer en diferentes ámbitos. En el ámbito social, sanitario y educativo la actualización de las listas de espera se realizará semanalmente, informando a los usuarios de los servicios de la situación en la que se encuentra su petición, sin perjuicio de que la información agregada del número de personas y tiempo de espera sea público de forma abierta para cualquier ciudadano».

El artículo 19.2 j) de la Ley foral de Navarra 5/2018, de 17 de mayo, de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno, impone la obligación de publicar en el portal de transparencia la siguiente información:

«Las listas de espera anonimizadas para el acceso a los servicios públicos».

Y, por último, el artículo 23.c) de la Ley canaria 12/2014, de 26 de diciembre, de transparencia y de acceso a la información pública, también recoge esta obligación:

«Las listas de espera existentes para el acceso a los servicios».

Por lo tanto, en los distintos sistemas de salud, nacional y autonómicos, se publican datos globales, generales y agregados sobre el número de pacientes que se encuentran en lista de espera, por especialidades, hospitales, departamentos o áreas de salud, etc. y los tiempos medios de espera existentes.

Esta información puede ser útil para hacerse una idea general del mayor o menor atasco que existe en cada zona geográfica o ámbito. Estos datos se difunden sin ningún problema.

Sin embargo, la cosa cambia mucho cuando el paciente es incluido en una lista de espera para ver al médico especialista, hacerse alguna prueba diagnóstica o someterse a una operación quirúrgica.

Con carácter general, la única información que recibe es una mera comunicación verbal: «Ya le llamarán por teléfono». En ocasiones, el paciente ni siquiera tiene algún documento o justificante que demuestre el día y la hora en que ha sido incluido en dicha lista de espera.  Cuando esta situación de inseguridad es comentada con amigos y familiares, es habitual que surja la siguiente pregunta: ¿conoces a alguien en el hospital?  Lógicamente, si alguien tiene algún conocido, la tentación es contactar con él  para saber si tardarán mucho en llamarle o, dependiendo de la gravedad del caso o del grado más o menos íntimo de relación con el conocido, intentar colarse o ser atendido lo antes posible, aunque ello signifique adelantar injustamente a quienes llevan más tiempo en esa lista de espera.

El grave problema lo tienen la mayoría de los pacientes que no tienen a ningún conocido a quien llamar. Durante los meses o años de espera, muchos de esos pacientes ven agravada su enfermedad y empeorada su calidad de vida, y otros, incluso fallecen esperando esa llamada que nunca llegó a tiempo.

Esta injusta situación se solucionaría, lógicamente, si existieran medios humanos y económicos suficientes para que no existieran listas de espera. Sin embargo, en una sanidad universal, es muy difícil, por lo decir imposible, atender a tiempo a todos los pacientes.

Teniendo claro que tenemos que convivir con las listas de espera, es fundamental incrementar al máximo su transparencia para evitar o dificultar su manipulación, maquillaje o indebida alteración.

Actualmente, ni en el Estado ni en ninguna Comunidad Autónoma, el paciente puede ver, en tiempo real, el lugar que ocupa en la lista de espera para acudir al especialista, hacer una prueba diagnóstica u operarse. Esta opacidad es perfecta para colar a familiares, amigos o recomendados. Esto no es de recibo.

No se trata solo de que al paciente le digan en un momento dado: «Usted está ocupando el puesto número 40 y ya está». Esta información es insuficiente. El paciente debería tener acceso directo, en tiempo real, a esa lista, para ver cómo evoluciona la misma y comprobar el grado de prioridad o urgencia que tienen los pacientes que le preceden.

Con la tecnología existente en la actualidad, sería perfectamente posible saber, en todo momento, qué lugar se ocupa en dicha lista y cuántos pacientes están por delante y con qué prioridad. La protección de datos personales no plantea ningún problema, puesto que los pacientes no estarían identificados con nombres y apellidos, sino con un código alfanumérico.

Es evidente que la prioridad o urgencia es un criterio médico cambiante que se impone al de la antigüedad o tiempo que una persona lleve incluido en la lista. Esto lo entiende todo el mundo.

El acceso directo de los pacientes a las listas de espera generaría los siguientes beneficios:

Reducir el nivel de angustia que genera no saber absolutamente nada y estar esperando una llamada telefónica que puede no llegar nunca, o incluso, no producirse, por un error involuntaria al apuntar o marcar el número.

Incrementar el número de personas que controlan la evolución, en tiempo real, de dicha lista, lo que dificulta «colar» a pacientes que no tengan la prioridad o urgencia requerida, salvo que el médico así lo justifique en cada caso.

Es evidente que, con una mayor transparencia de las listas de espera, es más difícil que se produzcan sospechas como las que afectan ahora mismo al hospital Ramón y Cajal, ya que una alteración repentina de la prioridad de un número importante de personas hubiera llamado la atención al resto de pacientes. De existir, este maquillaje hubiera sido más fácilmente detectado y no dependería de la denuncia de uno de los médicos que trabajan en dicho hospital, lo que no siempre se produce por temor a sufrir represalias.

No hay que olvidar que está en juego uno de los derechos más importantes que tenemos las personas, el derecho a la protección de la salud. Las listas de espera deben ser transparentes para que generen credibilidad y confianza. Los pacientes incluidos en las mismas tienen derecho a saber, en tiempo real, el lugar que ocupan en las mismas y cómo evolucionan, día a día.

Esta mayor transparencia dificulta la manipulación o el maquillaje de las listas de espera para colar a familiares, amigos o conocidos o para alterar los criterios de prioridad con la finalidad de aumentar los tiempos de atención.  La transparencia es una poderosa herramienta para de control por parte de los ciudadanos. Nadie puede confiar en lo que no conoce. Y si solo lo conocen unos pocos, es muy fácil hacer trampas.

lunes, 5 de octubre de 2026

Sánchez y Feijóo ante el desorden: dos discursos para dos finales de legislatura

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo utilizaron el Foro La Toja para fijar dos diagnósticos contrapuestos del momento político. El presidente sitúa el origen del desorden en la erosión de las reglas internacionales y económicas; el líder del PP, en el deterioro institucional y la gestión interna de España.

Por Marc López. Agenda Pública.-  Foro La Toja había elegido para su edición de 2026 un lema deliberadamente internacional: "Un mundo en desorden". Pedro Sánchez decidió tomárselo literalmente. Alberto Núñez Feijóo, en cambio, comenzó prácticamente explicando por qué no pensaba hacerlo. "Con el panorama doméstico que tenemos, quizás antes de ordenar el mundo convendría echar un vistazo en casa", dijo el líder del Partido Popular. Esa diferencia contiene una parte importante de la distancia política entre los dos principales dirigentes españoles. Y, sobre todo, dos interpretaciones radicalmente distintas del momento que atraviesa España.

Las dos intervenciones perseguían objetivos diferentes. Sánchez trató de insertar la política española dentro de las grandes transformaciones internacionales. Feijóo quiso sacar al Gobierno de ese escenario y obligarlo a responder por su gestión doméstica. Al presidente le interesa un campo de juego amplio: Ucrania, Gaza, Ceuta, China, cambio climático, inteligencia artificial, energía, desigualdad o vivienda pueden presentarse como manifestaciones de un mismo problema, el que aparece cuando desaparecen las reglas y el poder queda en manos del más fuerte. El líder del PP llevó la discusión a otro terreno. Presupuestos, decretos leyes, deuda, inflación, vivienda, jueces y calidad institucional sustentan su argumento de que, antes de pretender gobernar el desorden mundial, España debe resolver el suyo. La Toja asistió así a una disputa por determinar cuál debe ser la pregunta política de los próximos meses.

El hilo de la intervención de Sánchez fue una idea que explica bastante bien la evolución de su discurso político: la izquierda también debe hablar de orden. Pero debe hacerlo apropiándose del concepto y modificando su significado. El orden, argumentó, consiste en establecer reglas que impidan al más poderoso imponer unilateralmente sus condiciones. Esa definición le permite pasar del derecho internacional a los derechos laborales, de Ucrania a la regulación económica o de las grandes tecnológicas a la vivienda. La lógica se mantiene: cuando faltan reglas, gana quien dispone de más poder.

El marco le resulta especialmente útil porque conecta política exterior e interior. La ruptura de las reglas internacionales explica la invasión rusa de Ucrania y la guerra en Irán. Las desigualdades globales aparecen como catalizador de los flujos migratorios hacia Europa. Una mayor dependencia energética refuerza los argumentos para acelerar la transición ecológica. Y las dificultades de acceso a la vivienda justifican una intervención pública que corrija el desequilibrio entre quienes disponen de recursos y quienes carecen de ellos. Incluso Ceuta entró en esa arquitectura discursiva: ningún muro, sostuvo Sánchez, puede contener indefinidamente la desesperación de quienes buscan una vida mejor.

Feijóo partió de otro lugar. El problema fundamental de España, según su discurso, está en el incumplimiento o deterioro de las reglas nacionales. Su aproximación a La Toja y a la estrategia popular pasa por la normalidad institucional. Presupuestos, Parlamento, Consejo de Ministros, Poder Judicial y límites al decreto ley aparecieron durante la intervención como partes de una misma acusación política: a su juicio, el Gobierno ha convertido lo excepcional en habitual y ha subordinado las instituciones a las necesidades de supervivencia del Ejecutivo.

 De ahí salió la propuesta institucional más concreta de su intervención: buscar una fórmula legal para que, después de una primera prórroga presupuestaria, la incapacidad de aprobar nuevas cuentas conduzca a la disolución de las Cortes y a elecciones. Más allá de su eventual viabilidad jurídica, la medida permite entender bien el marco político del líder del PP. La flexibilidad parlamentaria que el Gobierno asume como consecuencia de una época de fragmentación se convierte, en el relato popular, en una anomalía. Feijóo pretende que la ausencia de determinados instrumentos de gobierno funcione como prueba de agotamiento político. Esa distancia se hizo todavía más visible al llegar a la vivienda.

Sánchez ha convertido la crisis habitacional en una cuestión que pretende situar por encima de las fronteras partidistas. En La Toja llegó a definir el acceso a una vivienda como una cuestión de "pura humanidad" al reclamar apoyos para sus decretos. La elección de palabras es significativa. La discusión deja de girar únicamente alrededor de oferta, regulación, fiscalidad o seguridad jurídica y adquiere una dimensión moral y generacional. Al plantearlo así, la presión sobre el PP y Junts se traslada también a la explicación de su voto: cómo justificar el rechazo cuando el acceso a la vivienda constituye una de las principales preocupaciones de buena parte de la sociedad.

Feijóo rechazó ese desplazamiento y mantuvo el problema en el terreno económico. España ha incrementado su población en varios millones de habitantes mientras construía insuficientes viviendas, generando, según su diagnóstico, una crisis de oferta que la regulación no puede solucionar. Frente a los dos decretos del Gobierno, condensó la respuesta en una frase: "El problema de la vivienda se resuelve construyendo vivienda". La discusión queda planteada desde dos puntos de partida distintos: la protección de quienes tienen dificultades para acceder a una casa y la necesidad de aumentar la oferta, la inversión y la seguridad jurídica.

También resulta reveladora la selección de temas. Sánchez dedicó una parte sustancial de su intervención a Europa. Defendió una relación abierta pero más equilibrada con China, una mayor autonomía estratégica, un presupuesto comunitario más ambicioso y el Tratado de Amistad con Francia, cuya ratificación ha quedado atrapada en la confrontación política española. Habló además de inteligencia artificial como una cuestión de poder democrático: la tecnología, sostuvo, no es neutral y las empresas que la desarrollan no pueden determinar por sí mismas sus límites.

En el discurso de Feijóo, Europa y el mundo quedaron sobre todo como telón de fondo del argumento doméstico. La influencia exterior, sostuvo, depende primero de la credibilidad interior: calidad institucional, estabilidad democrática y fortaleza económica. Hay política exterior, pero ocupa otro lugar en la jerarquía. Sánchez recurre a Europa para explicar parte de lo que ocurre en España; Feijóo presenta el funcionamiento de España como requisito para poder desempeñar un papel relevante en Europa.

Ni siquiera comparten el tiempo político desde el que hablan. El presidente del Gobierno construye un relato de continuidad. Los acontecimientos aparentemente inconexos forman parte, en su discurso, de una transformación histórica que obliga a mantener los escudos sociales, profundizar la transición energética, regular la inteligencia artificial, intervenir en vivienda y reforzar Europa. Su argumento económico -España creciendo y creando empleo en un contexto europeo difícil- le sirve para presentar esa continuidad como prueba de resiliencia.

La intervención del líder de la oposición mira hacia una ruptura. Feijóo habló de una "encrucijada de modelos": uno que denomina populista y otro que define como reformista. A partir de ahí encadenó críticas sobre impuestos, deuda, inflación, salarios, infraestructuras y vivienda. El objetivo era situar el momento político cerca del final de un ciclo y presentar lo que venga después como una tarea de reconstrucción.

Por eso los discursos de La Toja importan más por su estructura que por cualquiera de sus propuestas aisladas. España entra en una fase en la que Gobierno y oposición ya no discuten únicamente sobre quién gestiona mejor unos problemas compartidos. Antes incluso de llegar a las soluciones, discrepan sobre el diagnóstico.

En el relato de Sánchez, España está demostrando capacidad para gobernar en una época extraordinariamente fragmentada y proteger a la sociedad frente a shocks que vienen de fuera. El riesgo que identifica es que el desorden global -militar, económico, climático o tecnológico- termine imponiendo la ley del más fuerte. El diagnóstico de Feijóo empieza dentro de las fronteras españolas: una forma de gobernar que considera institucionalmente degradada, económicamente equivocada y políticamente agotada.

Hay, aun así, una palabra que atraviesa las dos intervenciones: reglas. Sánchez las reclama frente a Rusia, los desequilibrios del mercado, las grandes compañías tecnológicas y la concentración de poder económico. Feijóo las exige en el funcionamiento del Gobierno y las concreta en presupuestos, procedimientos parlamentarios, separación de poderes y límites al uso del decreto ley. Los dos buscan ocupar el espacio de la estabilidad, aunque sitúan el origen del desorden en lugares distintos.

Ahí quedó probablemente la principal disputa de La Toja: decidir dónde está hoy el desorden que España debe resolver primero. Sánchez mira hacia un mundo en el que las viejas reglas están desapareciendo y reclama un Estado y una Europa suficientemente fuertes para proteger a los ciudadanos. Feijóo dirige la atención hacia Madrid y sostiene que cualquier ambición exterior pierde credibilidad mientras no se recomponga el funcionamiento interno del país.

Son, además, discursos pensados para momentos políticos diferentes. Sánchez intentó demostrar que todavía queda agenda por desarrollar; pronunció su intervención antes de conocer que decaerían los decretos de vivienda. Feijóo buscó instalar otra pregunta: si debe seguir siendo este Gobierno quien la desarrolle. Lo hizo, además, sabiendo que Sánchez se está planteando convocar elecciones. Esa diferencia ayuda a entender, más que cualquier cifra o reproche concreto pronunciado en La Toja, el terreno sobre el que Gobierno y oposición están planteando el tramo político que tienen por delante.

sábado, 3 de octubre de 2026

Contratar mejor o fortalecer Europa: el difícil dilema del futuro Reglamento europeo de contratación pública

"La Comisión, además, identificó como problemas persistentes la complejidad normativa, las dificultades de acceso de las empresas y la fragmentación de los sistemas de contratación electrónica"

 Por Antonio Segura. esPúblico blog. La Comisión Europea presentó el pasado 9 de septiembre de 2026 su propuesta de Reglamento sobre contratos públicos y concesiones, destinada a sustituir las tres Directivas de 2014 por una única norma directamente aplicable, una futura «Ley de Contratación Pública» europea[1]. La norma está siendo gestada en un momento ciertamente convulso y sería ingenuo pensar que no dejará huella en su articulado, que no será permeable a las preocupaciones y ocupaciones de nuestro tiempo. 

Se escribe mientras Europa descubre, con un retraso considerable, que su prosperidad descansa sobre cadenas de suministro que no controla, sobre una energía que no produce, sobre tecnologías que no fabrica y sobre una seguridad que durante décadas subcontrató. Se escribe después de una pandemia que dejó al continente compitiendo por mascarillas, después de una guerra en su frontera oriental, en medio de una rivalidad comercial que ya no disimula ni la mejor de las diplomacias y ante un socio transatlántico cuya fiabilidad ha dejado de darse por supuesta. Nadie discute que la Unión Europea deba proteger sus infraestructuras críticas, reducir dependencias peligrosas o evitar que el dinero de sus contribuyentes financie a quien cierra su propio mercado a las empresas europeas, son objetivos tan legítimos como urgentes. Sin embargo, el debate que pretendo abrir no versa sobre la legitimidad y urgencia de tales objetivos, sino sobre si la legitimidad de un objetivo garantiza la idoneidad del instrumento utilizado para alcanzarlo.

Esta reforma no nace precisamente de un sentimiento de victoria sino de un diagnóstico de fracaso, su razón de ser estriba en la ineficacia mostrada por el sistema actual en la consecución de los niveles de competencia y simplificación que se pretendían. El Tribunal de Cuentas Europeo constató en 2023[2] que la competencia en la adjudicación de contratos públicos disminuyó a lo largo de la década anterior, la proporción de procedimientos con una única oferta casi se duplicó, el número de licitadores por procedimiento se redujo casi a la mitad y la contratación transfronteriza apenas alcanzó el cinco por ciento del total. La Comisión, además, identificó como problemas persistentes la complejidad normativa, las dificultades de acceso de las empresas y la fragmentación de los sistemas de contratación electrónica. Es decir, la propia Unión Europea constata una contratación pública demasiado compleja, poco competitiva e ineficiente y pretende responder, entre otras cosas, atribuyéndole todavía más funciones como veremos a continuación.

La propuesta dice expresamente que la contratación pública no es únicamente una función administrativa, sino también una «poderosa palanca de política económica», incorporando entre sus objetivos y prioridades estratégicas la sostenibilidad ecológica y social, la innovación, la competitividad del mercado interior y la autonomía económica. A ello se añade la gran novedad, la geopolítica entra expresamente en el Derecho de la contratación pública. La propuesta contempla medidas relacionadas con infraestructuras críticas, información sensible, ciberseguridad, dependencias estratégicas, interrupciones del suministro, riesgos de influencia indebida de terceros países y, en determinados supuestos, preferencias europeas. La reforma es paradójica, pues promete menos cargas y papeleo, y promete a la vez que la compra pública sirva a la sostenibilidad, a la innovación, a la resiliencia, a la seguridad económica y a la preferencia europea. Ambas cosas son deseables, pero ambas cosas a la vez son difíciles de creer, dado que cada objetivo adicional que se incorpora al procedimiento puede exigir nuevas decisiones que justificar, documentar, ponderar y eventualmente defender ante un recurso, y todo ello añade costes de gestión. Y junto a la tensión con la simplificación, la reforma encierra otra tensión de difícil solución, la que existe entre reforzar la competencia y hacer la contratación más estratégica, ya que determinados requisitos estratégicos pueden reducir el número de operadores capaces de participar. Un requisito ambiental excesivamente específico puede excluir soluciones alternativas; una exigencia tecnológica puede favorecer a determinados operadores; determinadas condiciones de experiencia o capacidad pueden dificultar la entrada de empresas más pequeñas; y determinadas exigencias relacionadas con la seguridad o la procedencia pueden reducir legítimamente, pero también de forma significativa, el mercado disponible.

La cuestión no consiste en negar la contratación pública estratégica. No parece razonable cuestionar la incorporación de criterios sociales, ambientales, tecnológicos, innovadores o relacionados con la resiliencia, más aún en una actividad que nunca ha sido completamente neutra y respecto de la cual sería difícil sostener que deba limitarse a adquirir al menor precio. El problema es que la contratación pública puede estar comenzando a asumir tantas funciones que exista el riesgo de que termine perdiendo claridad acerca de cuál es su función principal, cuantos más objetivos políticos se depositen sobre el procedimiento de contratación, mayor será el riesgo de que el instrumento pierda simplicidad, eficacia, eficiencia, competencia y en definitiva conexión con su finalidad inmediata. Una contratación puede tener que atender simultáneamente a la eficiencia económica, la sostenibilidad ambiental, los objetivos sociales, la innovación, la inclusión, la igualdad, los derechos humanos en las cadenas de suministro, la ciberseguridad, la resiliencia, la autonomía estratégica, la seguridad del suministro, la preferencia europea o la participación de las pymes y obvio resultaría decir que el resultado puede ser políticamente intachable, pero completamente ineficiente desde el prisma estricto de la contratación pública, pues puede alejar al órgano de contratación de la pregunta que debería encontrarse en su origen: ¿Qué necesita realmente esta Administración y cuál es la mejor manera de adquirirlo?

El procedimiento de contratación es un instrumento de capacidad limitada y llevamos veinte años cargándolo con todo aquello que no sabemos resolver por otras vías. Ahora se le pide, por si fuera poco, que sostenga la base industrial europea y contenga las dependencias estratégicas del continente. El error no es que la Unión Europea reaccione al mundo que tiene delante, que es su obligación. El error sería que confundiera la reacción con la solución, depositando en el expediente de contratación una responsabilidad que corresponde a la política industrial, a la política comercial, a la política de defensa y a la política exterior, que son las que disponen de los instrumentos, la información y la legitimidad para ejercerla. Al procedimiento de contratación le corresponde algo más modesto y no menos difícil, esto es, que la Administración compre bien, limpio y a tiempo. Si además de eso ha de salvar la industria europea, contener a las potencias rivales y asegurar las cadenas de suministro del continente, es muy probable que termine sin cumplir ni lo primero ni lo segundo.

Debemos evitar los dos extremos que hoy parecen acechar al sistema, una contratación reducida a precio y procedimiento, indiferente a las consecuencias o circunstancias económicas, sociales o ambientales de nuestra sociedad, y una contratación convertida en una herramienta universal de intervención pública. Europa tiene ante sí una oportunidad única para construir un sistema de contratación pública más sencillo y competitivo y, a la vez, más estratégico, y para ello tendrá que navegar en ese necesario equilibrio entre ambos objetivos, sin perder de vista que los principios sobre los que se levantó todo el edificio europeo de la contratación pública siguen sin estar consolidados después de diez años de vigencia de las Directivas de 2014. Sin embargo, la lectura de la propuesta permite apreciar un desplazamiento del centro de gravedad hacia la dimensión estratégica de la contratación,  que corre el riesgo de convertir el contrato público en un instrumento excesivamente ambicioso para alcanzar objetivos que quizá deberían lograrse mediante otras herramientas de política pública, como subvenciones, regulación, fiscalidad, planificación, inversión pública y política industrial, entre otras.

Resulta paradójico que nos dispongamos a defender Europa de las injerencias de Rusia, cuando llevamos décadas sin conseguir defender el expediente de contratación de las injerencias de quienes nunca apostaron por la competencia sino por la indecencia. Es posible que adjudicando un contrato a una empresa española se contribuya a no ahondar en el desequilibrio de nuestra balanza comercial con China y que a la vez se engorde la balanza comercial de quienes hacen de la contratación pública el vehículo idóneo para la corrupción. Antes de jugar en el gran tablero mundial hay que superar algunas casillas bastante más pequeñas, que aquí y ahora tienen el nombre de publicidad, concurrencia, igualdad, objetividad y simplicidad. La contratación pública europea parece dispuesta a librar grandes batallas en favor de la autonomía estratégica y frente a la competencia internacional, pero quizá convenga no olvidar que algunas de esas batallas empiezan en escenarios todavía más épicos y bélicos, como el despacho de un secretario-interventor de un ayuntamiento de menos de 5.000 habitantes, un experto en geoestrategia consistorial que esquiva misiles más grandes que los de la OTAN. Porque si perdemos de vista la esencia y la práctica, si dejamos de pisar suela de zapato, habremos escrito una ley perfectamente hija de su tiempo y perfectamente inútil para responder a su función primaria.


[1] https://single-market-economy.ec.europa.eu/publications/proposal-regulation-public-contracts-and-concessions_en

[2] https://www.eca.europa.eu/en/publications/SR-2023-28

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Gestión de crisis extremas

"Las crisis extremas se caracterizan por su gravedad, por sus efectos letales y, no pocas veces, por las innumerables dificultades de ser gestionadas y reconducidas con los instrumentos ordinarios de la dirección política y gestión de los asuntos públicos"

 Por Rafael Jiménez Asensio. Ensayo y Política blog. Introducción.- En los últimos seis años, desde la irrupción de la pandemia, se han incrementado las situaciones de crisis extremas, debidas a un complejo y variado haz de causas o circunstancias. Sorprende que, en un contexto tan evidente y duro como este, tales crisis extremas aún no hayan merecido un tratamiento o análisis desde las debilidades inherentes tanto de nuestro peculiar modo de hacer (mala) política como del desarticulado sistema territorial, institucional u organizativo a la hora de enfrentarse a tan complejos fenómenos. Tampoco hemos identificado (ni paliado) los innumerables déficits de gestión y de capacidades ejecutivas o administrativas de nuestro sector público (estatal, autonómico y local). Menos aún se han prevenido los potenciales efectos de tan desgarradoras crisis (que son y serán pauta común en el futuro). Todo ello denota unos agujeros negros en la gestión pública impropios de un Estado que es la cuarta potencia de la UE, en el que la anticipación y la buena capacidad de gestión deberían ser sus buques insignias. 

Con el fin de llevar a cabo una primera, breve e incompleta reflexión sobre tales crisis, es necesario poner el foco en una serie de elementos que ayudan a entender holísticamente el porqué de los reiterados fracasos a la hora de prevenir, gestionar, resolver y rendir cuentas de esos complejos contextos de crisis extremas, y en no pocos casos con efectos devastadores y mayúsculos que además pone en entredicho la legitimación de las instituciones públicas ante los ojos de una castigada ciudadanía. Es cierto que hay lecturas para todos los gustos, que oscilan desde el catastrofismo a la reiterada exculpación de unas responsabilidades que apenas nunca o casi nunca se depuran de forma mínimamente convincente.

Ni que decir tiene que las crisis extremas se caracterizan por su gravedad, por sus efectos letales y, no pocas veces, por las innumerables dificultades de ser gestionadas y reconducidas con los instrumentos ordinarios de la dirección política y gestión de los asuntos públicos. Tienen, por tanto, mucho de contextos sobrevenidos, catástrofes manifiestas o concatenación de circunstancias multifactoriales. A título simplemente ejemplificativo, amén de la compleja realidad vivida con la crisis Covid19 (en la que quedó manifiestamente de relieve la impotencia de la política y las bajas capacidades de gestión de las organizaciones tradicionales y sus sistemas burocráticos) de la que nada apenas aprendimos y menos aplicamos, de las sucesivas crisis extremas -con distinta intensidad y efectos- vividas en los últimos años tampoco hemos aprendido nada. Recordemos aquí de forma incompleta las lluvias torrenciales (por ejemplo, Dana), los incendios de sexta generación que están devastando cada vez más zonas del territorio español, los fallos catastróficos en el sistema de gestión de infraestructuras de transporte (Adamuz), la caída del sistema eléctrico dejando a un país desarrollado a oscuras o, en fin, los terribles sucesos acaecidos en la ciudad autónoma de Ceuta desde finales de julio hasta la actualidad (invasión inicial de más de 70.000 personas, con los complejísimos problemas migratorios, humanitarios, de seguridad, defensa o la situación de excepción que viven los habitantes de esa ciudad desde entonces, limitados en el ejercicio de sus derechos y en su tranquilidad existencial por la permanencia aún de un número indeterminado de “migrantes”). Podríamos extraer más ejemplos, pero estos son suficientes para comprender cómo las instituciones políticas y gubernamentales, los poderes públicos, sus estructuras organizativas, los responsables y directivos, así como las Administraciones públicas involucradas y su personal,  no han estado, por lo común y salvo excepciones, a la altura que tales acontecimientos críticos exigían a la hora de prevenir, dirigir y gestionar eficientemente, o garantizar la tranquilidad ciudadana a quienes en esos delicados contextos han perdido todo (incluso la vida), parte o al menos su confianza en las instituciones públicas  Ya les adelanto que, al igual que escribí reiteradamente durante la pandemia, el balance que sigue no da para muchas alegrías.

Las respuestas de la política

La política ha fracasado a la hora de afrontar tales crisis extremas. Es un juicio rotundo, pero obvio. Sin mirada estratégica ni capacidad de articular sistemas efectivos de prevención, los diferentes gobiernos (estatal, autonómicos y locales) están sentados en un polvorín, que el día menos pensado estalla. A ello se suma la enfermiza polarización política, también extrema, que ha roto todos los puentes de transacción o pacto entre la política, echándose recíprocamente las culpas de unos a otros (Gobierno central a los gobiernos autonómicos y estos a aquel), y sobre todo huyendo de sus responsabilidades públicas, que nadie asume. La rendición de cuentas en España es una mentira piadosa. No existe. Y, como se escribió en su día por el filósofo Alain, “el poder sin control enloquece”. En ese punto estamos.

Llenas las nóminas de la política partidista y gubernamental de amateurs, muchos de ellos sin la preparación necesaria para asumir responsabilidades en temas tan serios y claves como la estrategia, la prevención, la dirección pública, la coordinación o, en fin, la gestión de situaciones críticas (a veces tampoco para enfrentarse a la gestión ordinaria), bastante poco pasa a veces para lo que podía suceder. No se puede nombrar, por ejemplo, a un responsable de emergencias o de infraestructuras ferroviarias que poco o nada saben de ello, o tener un ministro, consejero o delegado del Gobierno incompetente. El resultado será siempre malo o catastrófico. La provisión de puestos directivos por criterios profesionales está ninguneada por el clientelismo, abundan por doquier en niveles de responsabilidad estómagos agradecidos que ni en el mejor de sus sueños pueden enfrentarse a situaciones de mínima complejidad. La huyen, pero a veces les atrapa. Vacan cuando no hay que hacerlo o se ponen el chaleco y el mono para aparentar. La buena política no es eso. No hay crisis extrema que se gestione a distancia o en la impostura.

Las debilidades del sistema de organización territorial del poder

En un reciente librito (Falsos cimientos. La fragilidad de las instituciones en España; Tirant lo Blanch, 2026) ya advertí que el sistema de organización territorial del poder había terminado configurándose como una suerte de adosado de comunidades autónomas con un funcionamiento autárquico, incomunicadas entre sí y pretendidamente autosuficientes, que gestionan (o pretenden hacerlo) ámbitos geográficos acotados, como si la realidad conociera de fronteras artificiales, menos aun cuando lanza sus desgarradores efectos.  Es una estupidez pretender que el agua o las llamas no superen el linde administrativo de un territorio. Cuarteado el “modelo” de gestión territorial con esas claves solo cabe encomendarse a la suerte o los dioses para que el desastre no vaya a más. Si a ello añadimos los surrealistas sistemas de distribución de competencias entre el Estado y las comunidades autónomas, los sempiternos déficits de funcionamiento de coordinación, cooperación y colaboración entre niveles de gobierno y administraciones públicas, el desaguisado y sus letales consecuencias ya está servido. Ese desbarajuste competencial es campo fértil para que las responsabilidades sean siempre del otro. 

Unas estructuras organizativas obsoletas para hacer frente a tales crisis

Si la política ofrece prestaciones tan bajas y el modelo territorial de gestión hace aguas por todos los costados, no peor es el estado de unas estructuras organizativas obsoletas y preñadas de clientelismo político allá donde estén, que ofrecen disfunciones múltiples y limitaciones evidentes para hacer frente a problemas extremos que requieren ductilidad frente a la anquilosis, innovación ante la parálisis y adaptación continua si se quiere dar respuesta transversal a crisis que ya apenas respetan los estrechos y periclitados modelos organizativos departamentales o ministeriales. La pobre respuesta de los mecanismos de coordinación tradicionales (mando único o la perversión de la cogobernanza, barbarismo ideado para eludir responsabilidades en estructuras de gobierno multinivel), ya de nada sirven. Los problemas actuales han dinamitado las soluciones organizativas tradicionales hasta convertirlas en inútiles. Y los hechos lo demuestran un día sí y otro también en innumerables crisis que tienen su razón de ser en el complejo fenómeno del cambio climático o, más recientemente, en el multifactorial (aunque con efectos migratorios letales) crítico caso de la ciudad autónoma de Ceuta. En España, los modelos organizativos por misiones o proyectos son pío deseo. Gusta más el enfrentamiento cainita entre responsables departamentales o entre gobiernos “enemigos”. Carnaza.

Tampoco sirve tirar la piedra y esconder la mano. El diseño organizativo, más viejo que el crimen, de crear por doquier entidades del sector público estatal, autonómicas y locales, ya no da más de sí. Configurado como una suerte de arquitectura organizativa edificada para huir de los controles tradicionales de la Administración pública y cuya finalidad principal (nunca confesada) es dar alpiste a los amigos políticos del poder gubernamental respectivo en términos de cargos, sinecuras, contratos públicos o favores varios, el sistema institucional y organizativo del sector público requiere refundarse sobre elementos radicalmente nuevos. La corrupción, como las termitas, ha terminado apoderándose y afectando a sus cimientos. Pero no menos grave es que el sistema de gestión haya asimismo mostrado con crudeza sus enormes limitaciones con muy serias consecuencias incluso sobre muchas vidas humanas (Dana, Adamuz, invasión en Ceuta).

El déficit de capacidades ejecutivas o administrativas

Este es un punto determinante. La Comisión Europea en 2023 lanzó el programa “Compact” para reforzar las capacidades ejecutivas de las Administraciones de los estados de la UE. El diagnóstico, que en origen partía de la gestión de fondos estructurales, había descubierto que buena parte de los estados miembros tenían servicios administrativos sin las suficientes capacidades de gestión. Si eso era así para asuntos ordinarios, no digamos nada por lo que concierne a los supuestos de crisis extremas. España, tanto a nivel central como territorial, lo ha acreditado con creces. La Administración del Estado parecía tener un sistema administrativo con mejores herramientas; pero esa imagen se ha roto en pedazos en las sucesivas crisis extremas (Covid19, grandes catástrofes, Adamuz y, ahora, de forma muy graves y notoria, en Ceuta). Más limitaciones ha ofrecido aún el sector público estatal, cuyo funcionamiento es cada día peor y sometido a escándalos de corrupción y clientelismo. Su imagen está totalmente degradada.

Muy mala o peor aún es también la capacidad administrativa de las Administraciones territoriales, autonómicas y locales. Los gobiernos locales, al menos, por la proximidad de las crisis y su afectación directa a los vecinos, han movilizado más y mejor sus escasos recursos tanto políticos (papel de los alcaldes y concejales) como técnicos y de personal, con empeño incluso de sus propios vecinos. Pero es una lucha desigual y sin poderes efectivos: la autonomía local en España es hoy un pío deseo. Las Administraciones autonómicas tienen severas carencias en sus prestaciones y capacidades ejecutivas en tiempo ordinario o en situaciones normales (las quejas por el mal funcionamiento de los servicios públicos están cada vez más extendidas, también en la Administración central). Si esto es así en contextos de normalidad, no digamos nada lo que se tensa esa situación cuando se produce una crisis extrema y sorpresiva. Sin dirección profesional, la gestión hace aguas por todos los costados. Salvo los servicios de emergencias que tienen sus protocolos (de mejor o peor factura), los servicios técnicos y administrativos no saben a veces cómo enfrentarse a tales circunstancias extremas. Y no digamos nada cuando esas tensiones o catástrofes se producen en tiempos estivales o en períodos vacacionales. Las capacidades de respuesta de la gestión (tanto política como administrativa) se resienten muchísimo, e incluso explican la tardanza en adoptar medidas inmediatas con resultados a veces durísimos, incluso en vidas humanas. Hay períodos del año, por mucha digitalización que se predique, en los que la Administración Pública está prácticamente cerrada por vacaciones: con las plantillas en cuadro, vacando mientras las garras de la catástrofe atenazan a una derrotada ciudadanía. Pasó en la Dana, pasó en algunas catástrofes estivales y ha pasado también en Ceuta. La legislación de empleo público no está adaptada para tales eventualidades y a la necesidad de movilizar al mayor número de efectivos propios, al margen de las ayudas externas y con las limitadas excepciones (no siempre tales) de los casos de defensa y policía, o retenes de bomberos.

Los fallos de prevención y sus ulteriores lamentos

A modo de coda final hay que subrayar algo obvio: la multiplicación de crisis extremas en los últimos años nos muestra la complejidad de los fenómenos a los que se enfrenta España, pero también nos advierten de la enorme debilidad de los sistemas de prevención de catástrofes o de adopción de medidas paliativas frente a situaciones que desbordan cualquier mal vaticinio. En las catástrofes medioambientales aparece con fuerza reincidente la desatención o abandono de medidas preventivas, con unos costes elevadísimos; mientras que en otras situaciones críticas también emerge la impotencia de diseñar previamente estrategias y acciones que palien los enormes destrozos humanos y de otra naturaleza que provocan tales circunstancias. Nos hemos hecho expertos en aprobar decretos-leyes que intentan amortiguar mediante ayudas, subvenciones, créditos o cantos de sirena dirigidos a la aceleración de procedimientos de gestión que apenas funcionan (porque la maquinaria burocrática está rota) y que someten a la ciudadanía, empresas o personas afectadas a una tensión adicional sin resultados apenas tangibles. Todo se fía a paliar efectos adversos, lo que no se consigue, y nada a prevenir y evitar, o al menos intentarlo, los terribles arañazos que sobre el tejido social y la naturaleza o sus infraestructuras tales crisis extremas alcanzan. El fracaso del modelo político y de gestión es evidente. Y frente a esto nadie responde de nada, tampoco nadie propone nada, haciendo ver que todo se arreglará por los hados del destino. Una política agotada, irresponsables e inútil, una Administración sin capacidades efectivas de gestión, encerrada en su endogamia y autocomplacencia o zona de confort, y, en fin, una ciudadanía roma en la exigencia y defensa de sus derechos y en la censura radical a los poderes públicos de sus desmanes, es el peor cóctel que acompaña a este país llamado España; donde, junto a un auténtico declive de gestión, crece el sectarismo y emerge incluso una crisis moral. Así las cosas, el futuro se tiñe de negro.

martes, 22 de septiembre de 2026

Carles Ramió: AI LA IA! ¿Una revuelta de robots?

 "La inteligencia artificial no representa un fin en sí misma ni una amenaza incontrolable para la Administración, sino un instrumento transformador cuya utilidad dependerá de la capacidad institucional para dirigirlo. La verdadera encrucijada del sector público no reside en decidir si adopta o no esta tecnología, sino en determinar si lo hará de manera reactiva y desordenada o de forma proactiva, ética y estratégicamente orientada"

Por Carles Ramió. esPúblico blog. El año 2019 publiqué un libro sobre la aplicación de la inteligencia artificial en la Administración pública, un tema que por aquel entonces apenas formaba parte de la agenda ni de los debates del sector público. Según la propia IA, se trató de la primera obra publicada a nivel global con este enfoque, antes únicamente habían visto la luz algunos artículos científicos e informes institucionales. Esta es una muestra de algunas debilidades de la IA: tiene peligrosas alucinaciones. 

En todo caso, durante la fase de documentación e investigación, al no ser especialista en la materia, consulté a diversos expertos en la disciplina para resolver dudas conceptuales. En estas conversaciones surgió la inevitable pregunta que ronda el imaginario colectivo: ¿Cuándo se produciría una hipotética rebelión de las máquinas? Este escenario distópico, habitual en la ciencia ficción, recibía en 2018 una respuesta unánime: la tecnología se encontraba en una fase incipiente —siendo incluso aventurado catalogarla como inteligente— y una eventual rebelión se proyectaba a un siglo vista. Poco tiempo después, la previsión se redujo a medio siglo y, en la actualidad, diversos especialistas sitúan ese horizonte hacia el año 2030, acortando el plazo de un siglo a apenas una década.

Es innegable que esta tecnología ha experimentado una evolución vertiginosa. El lanzamiento de ChatGPT por parte de OpenAI representó un hito en el procesamiento del lenguaje natural accesible masivamente, pero el seguimiento de estos sistemas evidencia que su capacidad y sofisticación han crecido de forma exponencial en apenas cuatro años. Actualmente, las principales corporaciones del sector afirman que la velocidad de avance aconseja una moratoria para prevenir riesgos existenciales para la humanidad. Este mensaje apocalíptico y coordinado por las grandes empresas tecnológicas resulta inusual y contradictorio, sugiriendo la presencia de intereses propios de difícil visibilidad. Diversos analistas consideran que se trata de un planteamiento desmesurado e incluso especulan con estrategias de posicionamiento sectorial. En cualquier caso, resulta evidente que esta aceleración exige un marco regulatorio sólido para evitar externalidades negativas.

Esta dinámica plantea cuatro reflexiones clave sobre la relación entre la inteligencia artificial y el sector público:

En primer lugar, la madurez alcanzada por la tecnología permite su integración inmediata en la gestión administrativa ordinaria. Su aplicación resulta viable tanto para optimizar la productividad mediante la automatización de trámites formales como para mejorar la prestación de servicios públicos en ámbitos clave como la salud, la educación o la atención social.

En segundo lugar, el debate en torno a la fiabilidad de la tecnología no debe derivar en actitudes neoluditas ni en la paralización de su despliegue en la Administración. El sector público no requiere utilizar modelos de frontera de alto riesgo, sino soluciones maduras, consolidadas y sujetas a supervisión humana.

En tercer lugar, los avances recientes ofrecen respuestas a problemas estructurales de la gestión pública que hasta hace poco parecían irresolubles, especialmente en el ámbito local. La IA requiere operar con volúmenes masivos de datos que no están al alcance de los pequeños y medianos municipios, dejándolos en riesgo de exclusión tecnológica. Además, cada Administración gestiona su información en plataformas estancas con formatos incompatibles, convirtiendo la interoperabilidad entre municipios en una quimera. Al consultar en su momento a los expertos, planteaban como una posibilidad lejana que diversos algoritmos pudieran actuar como intermediarios y traductores de estas bases de datos heterogéneas. Sin embargo, los acontecimientos recientes que han encendido las alarmas entre los propios desarrolladores demuestran que ese horizonte ya está aquí. Las evidencias de dispositivos de IA que, para resolver problemas complejos, son capaces de piratear a otros sistemas, hacer trampas, coordinarse como verdaderas colmenas o dividirse el trabajo mediante la especialización de tareas autónomas, prueban que la tecnología posee ya una capacidad extraordinaria para traducir, validar e interconectar estructuras de datos dispares. Paradójicamente, las mismas conductas sofisticadas que asustan en entornos experimentales constituyen el campo de trabajo más prometedor para que las administraciones gestionen con una eficacia inédita nuestro complejo sistema administrativo multinivel.

En cuarto lugar, respecto a los comportamientos imprevistos observados en los modelos de frontera más avanzados, estos no responden a una desobediencia autónoma o consciente por parte de la tecnología, sino a dinámicas experimentales donde los sistemas buscan optimizar sus resultados frente a las instrucciones dadas por los desarrolladores. Si un algoritmo decide emplear atajos, eludir restricciones, ocultar fallos o establecer estrategias de cooperación heterodoxas con otros agentes, lo hace únicamente porque su parámetro de optimización se estructuró primando el objetivo final sobre los medios. Se trata, en esencia, de una falla en la gobernanza humana, en la alineación de objetivos y en el diseño regulatorio, no de un conato de rebelión. La tecnología carece de voluntad y se limita a ejecutar funciones dentro del espacio de búsqueda permitido. Por este motivo, el sector público tiene la obligación ineludible de codificar e imbuir los valores éticos, la legalidad administrativa y los principios institucionales directamente en el diseño algorítmico. En el ámbito de la gestión pública, la maximización de la eficiencia jamás puede justificar el quebrantamiento de las garantías ciudadanas; la actuación de la inteligencia artificial debe quedar siempre encorsetada y subordinada a los valores deontológicos del servicio público.

En conclusión, la inteligencia artificial no representa un fin en sí misma ni una amenaza incontrolable para la Administración, sino un instrumento transformador cuya utilidad dependerá de la capacidad institucional para dirigirlo. La verdadera encrucijada del sector público no reside en decidir si adopta o no esta tecnología, sino en determinar si lo hará de manera reactiva y desordenada o de forma proactiva, ética y estratégicamente orientada. Mientras el debate mediático se distrae con escenarios apocalípticos de ciencia ficción, las administraciones se juegan en el presente la oportunidad histórica de erradicar la burocracia ineficiente, cerrar la brecha territorial entre municipios y construir un modelo de gobernanza verdaderamente inteligente, equitativo y transparente. Para lograrlo, resulta imprescindible abandonar tanto la fascinación ciega como el rechazo tecnófobo, asumiendo el liderazgo en la regulación, el diseño algorítmico ético y la capacitación del personal público. Solo así se garantizará que la inteligencia artificial no sustituya el juicio humano ni deshumanice la atención al ciudadano, sino que fortalezca las capacidades del Estado y consolide el valor público en beneficio del conjunto de la sociedad.