"Las crisis extremas se caracterizan por su gravedad, por sus efectos letales y, no pocas veces, por las innumerables dificultades de ser gestionadas y reconducidas con los instrumentos ordinarios de la dirección política y gestión de los asuntos públicos"
Por Rafael Jiménez Asensio. Ensayo y Política blog. Introducción.- En los últimos seis años, desde la irrupción de la pandemia,
se han incrementado las situaciones de crisis extremas, debidas a un complejo y
variado haz de causas o circunstancias. Sorprende que, en un contexto tan
evidente y duro como este, tales crisis extremas aún no hayan merecido un
tratamiento o análisis desde las debilidades inherentes tanto de nuestro
peculiar modo de hacer (mala) política como del desarticulado sistema
territorial, institucional u organizativo a la hora de enfrentarse a tan complejos
fenómenos. Tampoco hemos identificado (ni paliado) los innumerables déficits de
gestión y de capacidades ejecutivas o administrativas de nuestro sector público
(estatal, autonómico y local). Menos aún se han prevenido los potenciales
efectos de tan desgarradoras crisis (que son y serán pauta común en el futuro).
Todo ello denota unos agujeros negros en la gestión pública impropios de un
Estado que es la cuarta potencia de la UE, en el que la anticipación y la buena
capacidad de gestión deberían ser sus buques insignias.
Con el fin de llevar a cabo una primera, breve e incompleta
reflexión sobre tales crisis, es necesario poner el foco en una serie de
elementos que ayudan a entender holísticamente el porqué de los reiterados
fracasos a la hora de prevenir, gestionar, resolver y rendir cuentas de esos
complejos contextos de crisis extremas, y en no pocos casos con efectos
devastadores y mayúsculos que además pone en entredicho la legitimación de las
instituciones públicas ante los ojos de una castigada ciudadanía. Es cierto que
hay lecturas para todos los gustos, que oscilan desde el catastrofismo a la
reiterada exculpación de unas responsabilidades que apenas nunca o casi nunca
se depuran de forma mínimamente convincente.
Ni que decir tiene que las crisis extremas se caracterizan
por su gravedad, por sus efectos letales y, no pocas veces, por las
innumerables dificultades de ser gestionadas y reconducidas con los
instrumentos ordinarios de la dirección política y gestión de los asuntos
públicos. Tienen, por tanto, mucho de contextos sobrevenidos, catástrofes
manifiestas o concatenación de circunstancias multifactoriales. A título
simplemente ejemplificativo, amén de la compleja realidad vivida con la crisis
Covid19 (en la que quedó manifiestamente de relieve la impotencia de la
política y las bajas capacidades de gestión de las organizaciones tradicionales
y sus sistemas burocráticos) de la que nada apenas aprendimos y menos
aplicamos, de las sucesivas crisis extremas -con distinta intensidad y efectos-
vividas en los últimos años tampoco hemos aprendido nada. Recordemos aquí de
forma incompleta las lluvias torrenciales (por ejemplo, Dana), los incendios de
sexta generación que están devastando cada vez más zonas del territorio
español, los fallos catastróficos en el sistema de gestión de infraestructuras
de transporte (Adamuz), la caída del sistema eléctrico dejando a un país
desarrollado a oscuras o, en fin, los terribles sucesos acaecidos en la ciudad
autónoma de Ceuta desde finales de julio hasta la actualidad (invasión inicial
de más de 70.000 personas, con los complejísimos problemas migratorios,
humanitarios, de seguridad, defensa o la situación de excepción que viven los
habitantes de esa ciudad desde entonces, limitados en el ejercicio de sus
derechos y en su tranquilidad existencial por la permanencia aún de un número
indeterminado de “migrantes”). Podríamos extraer más ejemplos, pero estos son
suficientes para comprender cómo las instituciones políticas y gubernamentales,
los poderes públicos, sus estructuras organizativas, los responsables y
directivos, así como las Administraciones públicas involucradas y su personal,
no han estado, por lo común y salvo excepciones, a la altura que tales
acontecimientos críticos exigían a la hora de prevenir, dirigir y gestionar
eficientemente, o garantizar la tranquilidad ciudadana a quienes en esos
delicados contextos han perdido todo (incluso la vida), parte o al menos su
confianza en las instituciones públicas Ya les adelanto que, al igual que
escribí reiteradamente durante la pandemia, el balance que sigue no da para
muchas alegrías.
Las respuestas de la política
La política ha fracasado a la hora de afrontar tales crisis
extremas. Es un juicio rotundo, pero obvio. Sin mirada estratégica ni capacidad
de articular sistemas efectivos de prevención, los diferentes gobiernos
(estatal, autonómicos y locales) están sentados en un polvorín, que el día
menos pensado estalla. A ello se suma la enfermiza polarización política,
también extrema, que ha roto todos los puentes de transacción o pacto entre la
política, echándose recíprocamente las culpas de unos a otros (Gobierno central
a los gobiernos autonómicos y estos a aquel), y sobre todo huyendo de sus
responsabilidades públicas, que nadie asume. La rendición de cuentas en España
es una mentira piadosa. No existe. Y, como se escribió en su día por el
filósofo Alain, “el poder sin control enloquece”. En ese punto estamos.
Llenas las nóminas de la política partidista y gubernamental
de amateurs, muchos de ellos sin la preparación necesaria para asumir
responsabilidades en temas tan serios y claves como la estrategia, la
prevención, la dirección pública, la coordinación o, en fin, la gestión de
situaciones críticas (a veces tampoco para enfrentarse a la gestión ordinaria),
bastante poco pasa a veces para lo que podía suceder. No se puede nombrar, por
ejemplo, a un responsable de emergencias o de infraestructuras ferroviarias que
poco o nada saben de ello, o tener un ministro, consejero o delegado del
Gobierno incompetente. El resultado será siempre malo o catastrófico. La
provisión de puestos directivos por criterios profesionales está ninguneada por
el clientelismo, abundan por doquier en niveles de responsabilidad estómagos
agradecidos que ni en el mejor de sus sueños pueden enfrentarse a situaciones
de mínima complejidad. La huyen, pero a veces les atrapa. Vacan cuando no hay
que hacerlo o se ponen el chaleco y el mono para aparentar. La buena política
no es eso. No hay crisis extrema que se gestione a distancia o en la impostura.
Las debilidades del sistema de organización territorial del
poder
En un reciente librito (Falsos cimientos. La fragilidad de
las instituciones en España; Tirant lo Blanch, 2026) ya advertí que el sistema
de organización territorial del poder había terminado configurándose como una
suerte de adosado de comunidades autónomas con un funcionamiento autárquico,
incomunicadas entre sí y pretendidamente autosuficientes, que gestionan (o
pretenden hacerlo) ámbitos geográficos acotados, como si la realidad conociera
de fronteras artificiales, menos aun cuando lanza sus desgarradores
efectos. Es una estupidez pretender que el agua o las llamas no superen
el linde administrativo de un territorio. Cuarteado el “modelo” de gestión
territorial con esas claves solo cabe encomendarse a la suerte o los dioses
para que el desastre no vaya a más. Si a ello añadimos los surrealistas
sistemas de distribución de competencias entre el Estado y las comunidades
autónomas, los sempiternos déficits de funcionamiento de coordinación,
cooperación y colaboración entre niveles de gobierno y administraciones
públicas, el desaguisado y sus letales consecuencias ya está servido. Ese
desbarajuste competencial es campo fértil para que las responsabilidades sean
siempre del otro.
Unas estructuras organizativas obsoletas para hacer frente a
tales crisis
Si la política ofrece prestaciones tan bajas y el modelo
territorial de gestión hace aguas por todos los costados, no peor es el estado
de unas estructuras organizativas obsoletas y preñadas de clientelismo político
allá donde estén, que ofrecen disfunciones múltiples y limitaciones evidentes
para hacer frente a problemas extremos que requieren ductilidad frente a la
anquilosis, innovación ante la parálisis y adaptación continua si se quiere dar
respuesta transversal a crisis que ya apenas respetan los estrechos y
periclitados modelos organizativos departamentales o ministeriales. La pobre
respuesta de los mecanismos de coordinación tradicionales (mando único o la
perversión de la cogobernanza, barbarismo ideado para eludir responsabilidades
en estructuras de gobierno multinivel), ya de nada sirven. Los problemas
actuales han dinamitado las soluciones organizativas tradicionales hasta
convertirlas en inútiles. Y los hechos lo demuestran un día sí y otro también
en innumerables crisis que tienen su razón de ser en el complejo fenómeno del
cambio climático o, más recientemente, en el multifactorial (aunque con efectos
migratorios letales) crítico caso de la ciudad autónoma de Ceuta. En España,
los modelos organizativos por misiones o proyectos son pío deseo. Gusta más el
enfrentamiento cainita entre responsables departamentales o entre gobiernos
“enemigos”. Carnaza.
Tampoco sirve tirar la piedra y esconder la mano. El diseño
organizativo, más viejo que el crimen, de crear por doquier entidades del
sector público estatal, autonómicas y locales, ya no da más de sí. Configurado
como una suerte de arquitectura organizativa edificada para huir de los
controles tradicionales de la Administración pública y cuya finalidad principal
(nunca confesada) es dar alpiste a los amigos políticos del poder gubernamental
respectivo en términos de cargos, sinecuras, contratos públicos o favores
varios, el sistema institucional y organizativo del sector público requiere refundarse
sobre elementos radicalmente nuevos. La corrupción, como las termitas, ha
terminado apoderándose y afectando a sus cimientos. Pero no menos grave es que
el sistema de gestión haya asimismo mostrado con crudeza sus enormes
limitaciones con muy serias consecuencias incluso sobre muchas vidas humanas
(Dana, Adamuz, invasión en Ceuta).
El déficit de capacidades ejecutivas o administrativas
Este es un punto determinante. La Comisión Europea en 2023
lanzó el programa “Compact” para reforzar las capacidades ejecutivas de las
Administraciones de los estados de la UE. El diagnóstico, que en origen partía
de la gestión de fondos estructurales, había descubierto que buena parte de los
estados miembros tenían servicios administrativos sin las suficientes capacidades
de gestión. Si eso era así para asuntos ordinarios, no digamos nada por lo que
concierne a los supuestos de crisis extremas. España, tanto a nivel central
como territorial, lo ha acreditado con creces. La Administración del Estado
parecía tener un sistema administrativo con mejores herramientas; pero esa
imagen se ha roto en pedazos en las sucesivas crisis extremas (Covid19, grandes
catástrofes, Adamuz y, ahora, de forma muy graves y notoria, en Ceuta). Más
limitaciones ha ofrecido aún el sector público estatal, cuyo funcionamiento es
cada día peor y sometido a escándalos de corrupción y clientelismo. Su imagen
está totalmente degradada.
Muy mala o peor aún es también la capacidad administrativa
de las Administraciones territoriales, autonómicas y locales. Los gobiernos
locales, al menos, por la proximidad de las crisis y su afectación directa a
los vecinos, han movilizado más y mejor sus escasos recursos tanto políticos
(papel de los alcaldes y concejales) como técnicos y de personal, con empeño
incluso de sus propios vecinos. Pero es una lucha desigual y sin poderes
efectivos: la autonomía local en España es hoy un pío deseo. Las
Administraciones autonómicas tienen severas carencias en sus prestaciones y
capacidades ejecutivas en tiempo ordinario o en situaciones normales (las
quejas por el mal funcionamiento de los servicios públicos están cada vez más
extendidas, también en la Administración central). Si esto es así en contextos
de normalidad, no digamos nada lo que se tensa esa situación cuando se produce
una crisis extrema y sorpresiva. Sin dirección profesional, la gestión hace
aguas por todos los costados. Salvo los servicios de emergencias que tienen sus
protocolos (de mejor o peor factura), los servicios técnicos y administrativos
no saben a veces cómo enfrentarse a tales circunstancias extremas. Y no digamos
nada cuando esas tensiones o catástrofes se producen en tiempos estivales o en
períodos vacacionales. Las capacidades de respuesta de la gestión (tanto
política como administrativa) se resienten muchísimo, e incluso explican la
tardanza en adoptar medidas inmediatas con resultados a veces durísimos,
incluso en vidas humanas. Hay períodos del año, por mucha digitalización que se
predique, en los que la Administración Pública está prácticamente cerrada por
vacaciones: con las plantillas en cuadro, vacando mientras las garras de la
catástrofe atenazan a una derrotada ciudadanía. Pasó en la Dana, pasó en
algunas catástrofes estivales y ha pasado también en Ceuta. La legislación de
empleo público no está adaptada para tales eventualidades y a la necesidad de
movilizar al mayor número de efectivos propios, al margen de las ayudas
externas y con las limitadas excepciones (no siempre tales) de los casos de
defensa y policía, o retenes de bomberos.
Los fallos de prevención y sus ulteriores lamentos
A modo de coda final hay que subrayar algo obvio: la
multiplicación de crisis extremas en los últimos años nos muestra la
complejidad de los fenómenos a los que se enfrenta España, pero también nos
advierten de la enorme debilidad de los sistemas de prevención de catástrofes o
de adopción de medidas paliativas frente a situaciones que desbordan cualquier
mal vaticinio. En las catástrofes medioambientales aparece con fuerza
reincidente la desatención o abandono de medidas preventivas, con unos costes
elevadísimos; mientras que en otras situaciones críticas también emerge la
impotencia de diseñar previamente estrategias y acciones que palien los enormes
destrozos humanos y de otra naturaleza que provocan tales circunstancias. Nos
hemos hecho expertos en aprobar decretos-leyes que intentan amortiguar mediante
ayudas, subvenciones, créditos o cantos de sirena dirigidos a la aceleración de
procedimientos de gestión que apenas funcionan (porque la maquinaria burocrática
está rota) y que someten a la ciudadanía, empresas o personas afectadas a una
tensión adicional sin resultados apenas tangibles. Todo se fía a paliar efectos
adversos, lo que no se consigue, y nada a prevenir y evitar, o al menos
intentarlo, los terribles arañazos que sobre el tejido social y la naturaleza o
sus infraestructuras tales crisis extremas alcanzan. El fracaso del modelo
político y de gestión es evidente. Y frente a esto nadie responde de nada,
tampoco nadie propone nada, haciendo ver que todo se arreglará por los hados
del destino. Una política agotada, irresponsables e inútil, una Administración
sin capacidades efectivas de gestión, encerrada en su endogamia y
autocomplacencia o zona de confort, y, en fin, una ciudadanía roma en la
exigencia y defensa de sus derechos y en la censura radical a los poderes
públicos de sus desmanes, es el peor cóctel que acompaña a este país llamado
España; donde, junto a un auténtico declive de gestión, crece el sectarismo y
emerge incluso una crisis moral. Así las cosas, el futuro se tiñe de negro.